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El día de “todos contra todos”

Un “fin de semana largo” en adopción del término anglosajón del weekend large, más popularmente conocido como “puente”, para los comerciantes es un “Buen Fin”. O sea, hacer su agosto en noviembre y adelantarse a la gastadera del asueto más largo de todos, el denominado en forma por demás emblemática “Puente Guadalupe Reyes”. Y no falta el exagerado que afirme la existencia del “Puente Muertos-Candelaria”, por el muy extendido hábito de andar en busca de la forma de trabajar menos y cobrar igual o de más. El caso es que en la conmemoración del ciento dos aniversario de la Revolución Mexicana pasa lo que en los “días de guardar” de la Semana Mayor: casi todo mundo aprovecha la ocasión para el ocio etílico, la disipación antrera, y pocos son quienes respetan la tradición de la Pasión. Pero tampoco es como para rasgarse las vestiduras ni ponerse puritano, se trata solamente de que conmemoraciones cívicas y religiosas sirvan igual para promociones comerciales que para la disipación.

PARA TODOS LOS GUSTOS
De esto no se salva ni la ideología que está detrás del levantamiento de Francisco I. Madero, el 20 de noviembre de 1910; sin olvidar a los hermanos Carmen y Aquiles Serdán como las primeras víctimas, junto con los floresmagonistas de la Ciudad de México, descubierto su levantamiento por los policías del porfiriato. También en ese hecho ha sido manipulado ideológicamente por los gobiernos en turno. Los priistas respetaron como cosa sagrada el 20 de noviembre y la tradición del desfile cívico-deportivo-militar que llegó a formar parte incluso de las tradiciones familiares mexicanas. Pero con la llegada de Fox a Los Pinos, que no lo fue de los panistas de pura cepa, la conmemoración del 20 de noviembre perdió lustre, y con Calderón se llegó a recordar el inicio de la gesta revolucionaria de Puebla y no exactamente el 20 de noviembre, quizá para no hacerle el caldo gordo a Pablo Madero, el actual dirigente del PAN –opositor declarado de la candidatura a la presidencia de Ernesto Cordero, el “delfín” de Felipe– y sobrino nieto del prócer de la democracia. No hay que olvidar que, aun cuando Andrés Manuel López Obrador es un juarista de hueso colorado, en materia de la Revolución Mexicana su guía de lucha, desde los días del Partido de la Revolución Democrática –a pesar de que después fue obligado a crear su propia agrupación al margen del partido del sol azteca– son Zapata y Ricardo y Jesús Flores Magón, así como el Partido Liberal Mexicano y no tanto Madero, por ser identificado con la derecha del fin de siglo pasado, es decir, con la del panismo y el oportunismo vulgar de la dupla Sahagún-Fox. Por otra parte, hasta Peña Nieto ya le entró a la tendencia de dar su propia versión y utilización del concepto “Revolución Mexicana”, al entregar la iniciativa a su bancada y del Partido Verde para transformar la Secretaría de la Reforma Agraria en Secretaría de Desarrollo Agrario, igual que hizo El Chupacabras Salinas de Gortari cuando modificó el Artículo 27 constitucional para que los campesinos no sólo fueran usufructuarios de sus parcelas, sino propietarios. Así se abrió la puerta para que tierras comunales y ejidales fueran  susceptibles de venta y hacer los grandes negocios, desarrollos turísticos y ampliaciones de carreteras que todos conocemos en “pos del progreso”.
Pero ni se crea que este repasito del manoseo ideológico y político que se hace de la Revolución es un pecado actual. No. Sólo en los discursos presidenciales se echa en el mismo saco retórico por igual a Madero que a Carranza y a Zapata y a Villa, mientras que en la realidad entre estos personajes siempre hubo notables diferencias debido a su origen: Madero y Carranza eran herederos de familias terratenientes de Coahuila; Zapata, un pequeño propietario, caballerango y jefe de su pueblo; Villa un trabajador de haciendas y después cuatrero y al cabo genio militar, pero sin propósito ideológico ni proyecto político, salvo sus desplantes de “socialista de avanzada” que puso en práctica en su rancho de La Purísima Concepción de Canutillo, ubicado al norte de Durango y a 75 kilómetros de Parral, Chihuahua, donde El Centauro del Norte se refugió tras diez años de lucha armada.
Un historiador pragmático definiría lo anterior de la siguiente manera: Madero hizo la revolución democrática y de la no reelección para tumbar a Porfirio Díaz. Vino la contrarrevolución de Victoriano Huerta, Félix Días y el embajador gringo Henry Lane Wilson. (Vale el apunte: todavía no se les decía así, sino yankees. El “green go” o “verdes fuera” lo empezaron a utilizar los vietnamitas en los años sesenta del siglo pasado, para protestar contra la intromisión de los chicos verdes de Richard Nixon en el pequeño país asiático). Volviendo a la explicación esquemática, Huerta y muchos porfiristas asesinaron a Madero y su vicepresidente José María Pino Suárez; luego Huerta cayó víctima de sus propios excesos megalómanos, sicóticos, dipsómanos y etílicos y se fue en 1916 en el mismo Ypiranga en el que se había marchado el dictador Díaz. Eulalio González fue “el presidente de la reconciliación” y le correspondió convocar a elecciones presidenciales que fueron ganadas por Venustiano Carranza, quien mandaría asesinar a Zapata, pero aquél sería masacrado por obregonistas, a su vez Obregón fue ejecutado por un fanático y enemigos locales eliminaron a Pancho Villa en Parral. El origen de tales magnicidios se puede encontrar en la génesis misma de la Revolución maderista, según versión de la historiadora Berta Ulloa en el libro Historia General de México de El Colegio de México. En el capítulo “La lucha armada 1911-1911” y en el subtítulo “Conflictos entre revolucionarios” nos dice la especialista: “Los roces entre revolucionarios se agudizaron cuando Madero anunció, el 9 de julio de 1911, que dejaba de funcionar el Partido Antirreeleccionista porque el movimiento armado haría imposible su existencia, y que ya había nombrado un comité para que se encargara de fundar el Constitucional Progresista, que incluiría el Plan de San Luis Potosí en su plataforma. Como el pretexto para la sustitución del partido era muy discutible, estuvo a punto de consumarse totalmente la escisión entre los revolucionarios”.
Otro aspecto de las divergencias lo describe Bertha Ulloa de la siguiente manera: “La revolución contra Victoriano Huerta se empezó a dividir antes de que llegara el triunfo final, tanto por las diferencias y las rivalidades personales de los tres principales jefes: Carranza, Villa y Zapata, como por sus diferentes enfoques de los problemas nacionales e internacionales. Francisco Villa y Venustiano Carranza, que eran norteños, militaron en el maderismo y el constitucionalismo, el primero fue pobre, ejerció todas las ocupaciones posibles y tenía carácter explosivo con arrebatos de furia y de llanto; el segundo gozaba de buena posición económica, se mostraba seguro de sí mismo, sabía lo que quería, era obstinado, reacio a contraer compromisos y se crecía ante las adversidades. (Carranaza) Había llegado a los 55 años de edad y se podía admirar u odiar, pero no seguir ciegamente. Villa, como Emiliano Zapata, andaba por los 35 años, ambos eran ingenuos en política, incapaces de consolidar la lucha armada, se guiaban por sus instintos y concebían el país como una prolongación de sus regiones, especialmente Zapata…”. Añade la historiadora  que las agrias divisiones llegaron al punto del “todos contra todos”, a raíz del Tratado de Teoloyucan de agosto de 1914, una población del norte del estado de México donde se firmaron los acuerdo de cómo hacer el cese de la guerra civil y el licenciamiento de las facciones armadas, para dar paso al proceso civil de la Revolución, el  cual más tardó en armarse que en romperse, porque en realidad se trató de un “reacomodo de fuerzas”. Los zapatistas aceptaron en sus filas a varios ex jefes federales y sus contingentes armados; villistas y zapatistas había acordado colaborar en una reunión sostenida en Xochimilco, pero eso nunca ocurrió y acrecentó las divisiones entre el Centauro del Norte y el Atila del Sur, como los llamó la prensa de la época. Carranza quedó como Jefe de la Revolución, designación que de hecho tanto los del sur como los del norte se pasaban por la entrepierna y, encima, Carranza y su gobierno tuvieron que enfrentar varias sublevaciones, entre ellas, la otra intentona del sobrino de don Porfirio, Félix Díaz, quien conspiró en febrero de 1915 desde Estados Unidos con el Plan de Tierra Colorada, secundado por el gobernador de Oaxaca, José Dávila,  y Juan Andreu Almazán, quienes fueron derrotados en julio de 1916 en la capital de Oaxaca y se salvaron de ser fusilados porque huyeron hacia la sierra de Chiapas.
 
EL MITO
Entonces se concluye que la Revolución Mexicana, a decir de los estudiosos más concluyentes sobre las diferencias de los caudillos revolucionarios, es una “invención ideológica” posterior a la lucha armada. El discurso postrevolucionario hizo posible conjuntar en las piezas retóricas a los irreconciliables enemigos que en vida fueron los revolucionarios. La fabricación del mito de la Revolución Mexicana, como una consecuencia de acuerdos y etapas específicas de lucha, se queda como la visión idílica de los libros de texto. Y las diferencias continúan, nada más que como dijo Álvaro Obregón cuando trató de meter al huacal a los últimos militares que pretendían levantarse contra su mandato: “A los generales ya no se les mata a balazos, sino con cañonazos de 50 mil pesos”. La historia de fondo de la Revolución Mexicana y los desplantes de sus protagonistas está llena de pasajes oscuros, crímenes, traiciones y un largo etcétera. Pero en estos tres días sólo es el pretexto para que los comerciantes apliquen descuentos, los burócratas tomen su fin de semana largo y para que esta columna dominguera tuviera tema, recordando un poco aquella gesta heroica de “todos contra todos”… ME LEEN EL MARTES.
 
jmperezduran@hotmail.com