es evidente que en el Congreso se vuelcan las necesidades, ideas y propuestas de los ciudadanos que viven en la entidad federativa, en un ámbito eminentemente democrático. No existe la democracia a medias; o se es o no demócrata. Resulta incoherente, entonces, que en el mismo portal aparezca el texto que en el Congreso, los diputados sesionan una vez a la semana para debatir sobre los temas que se requieren en nuestra entidad, las sesiones son públicas y tú puedes entrar. Los filtros y candados que operan en las puertas de la cámara, son incontables y he sido testigo que hay sesiones en las que no es posible acceder, primero, porque se arriesga uno a ser agredido por los cadeneros, que son más peligrosos que los de un antro de postín, y, segunda, porque se cierran las puertas en una violatoria flagrante a lo dispuesto por la Constitución Política de Morelos. Cada uno de los treinta diputados fue electo mediante un proceso electoral democrático calificado y representan diferentes regiones, diversidad de especialidades e ideologías, y su opinión y actuación se ven reflejadas de forma plural con las diferentes voces e intereses que dan vida al estado. En una palabra, son nuestros representantes, de usted, de mí, de todos los ciudadanos. Viene a mi memoria cuando asistíamos por mera curiosidad, saliendo de la primaria, a la Cámara de Diputados, hermosa, sobria, respetable e imponente, que operaba en el interior del ahora Museo Regional Cuauhnáhuac. Corría el año de 1959 y me imponía la figura del diputado Vicente Peralta, del meritito Tezoyuca, alto, fornido, de gesto adusto y enorme sombrero estilo tlapehuala blanco. La de don Wulfrano Tapia, de baja estatura, tez blanca, pelo rizado, blanco, y también gesto hosco. Abuelo de mis entrañables amigos los gemelos Ballinas Tapia, alternaba su tarea de legislador con la de comerciante, en su negocio de Tepetates. Y con mucho cariño, salta a mi mente la presencia del espigado diputado Toño Pliego Noyola, cuautlense insigne, de amable sonrisa y caballero gentil a carta cabal. El 17 de abril de 1869, quedó erigido el Estado de Morelos, comprendido por los distritos de Cuernavaca Cuautla, Jonacatepec, Tetecala y Yautepec, que habían integrado el tercer distrito militar. El gobernador provisional, Pedro Baranda, ordenó convocar una Legislatura con el doble carácter de Constituyente y Constitucional, que hizo uso de sus facultades para formar la primera Constitución Estatal. La legislatura fue instalada en Yautepec, puesto que Cuautla y Cuernavaca ya peleaban el derecho de ser la capital del nuevo Estado, decidiéndose Baranda por un lugar intermedio. El primer Congreso Constituyente Constitucional se instaló en un pequeño teatro de Yautepec y emitió su primer decreto el 30 de julio de 1869, al declarar gobernador constitucional al General Francisco Leyva y lo integraban por el primer distrito don Manuel Necoechea; el ilustre cuernavaquense Cecilio A. Robelo, por el segundo; el licenciado Juan de la Portilla, por el tercero; el Gral. Ignacio de la Peña y Barragán, representando al cuarto; Francisco Celis, por el quinto, Pedro Cuadra, por el sexto y don Ignacio de la Peña Ruano, por Yautepec. Toda una pléyade de prestigiados morelenses han pasado por nuestro congreso en legislaturas que dignificaron y construyeron la modernidad política democrática de la que ahora disfrutamos; Francisco Azcárate, Francisco Muñóz Campusano, Vicente Ortega, Luis G. de la Piedra, Germán Paz y don Eugenio J. Cañas. El Poder Legislativo del estado de Morelos, desde 1869, sólo interrumpió su trabajo durante el periodo revolucionario de 1913 a 1930. Y continúo mencionando a algunos sobresalientes como don Bernardino León y Vélez, Bernabé L. de Elías, Ramón Oliveros, Agustín Muñoz de Cote, don Francisco Leyva, Domingo Diez, Estanislao Rojas, Benito Tajonar, el Profr. José Urbán y los constituyentes Juan Salazar Pérez y J. Refugio Bustamante. ¿Cuándo empezó el desmadre? Con el pluripartidismo; con la llegada de los plurinominales; con la autorización de cambiar de bancada o con la aparición de los golondrinos, quién sabe. Pero yo añoro los días aquellos de la Cámara en el Palacio de Cortés, donde, por encima de los intereses partidistas y personales, estaban los de la ciudadanía. A la fecha, creo que el Congreso ya ni existe. Entre suplentes y fracasados en sus aspiraciones electoreras, que regresaron y groseramente sacaron a patadas a los suplentes que no disfrutaron más que de dos mesadas, las iniciativas, las reformas, los foros de consulta popular y, sobre todo, el Decreto que declare Centro Histórico al centro urbano de Cuauhnáhuac están congeladas y muchos no saben ni qué carajos ni a qué van al edificio construido por el ingeniero Sánchez, frente al inolvidable cine Alameda. ¡Ojo! Que la caterva de candidatos propuestos en este proceso electoral no se diferencia en mucho al lastre instalado en sus curules, que pagamos los ciudadanos mensualmente con sueldos verdaderamente estrafalarios y resultados evidentemente lastimeros.
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