su espléndida opulencia demostraba que cuando Dios da, da a manos llenas, dicho sea sin segunda intención. Pues bien: sucedió que cierto día la chica Chiquitibum llegó a la consulta de un médico famoso. “Doctor –le dijo preocupada–, quiero que me examine usted, pues me sucede algo muy raro”. “¿Qué le pasa?” –preguntó el galeno. Respondió la tetónica muchacha: “¿Verdad, doctor, que cuando una mujer se quita el brassiére lo normal es que su busto baje un poco?”. “Bueno, sí –vaciló el facultativo–. Usted sabe, la ley de la gravedad. En algunos casos, la ley de la grave edad”. “Pues a mí me sucede todo lo contrario” –declaró la chica. “¿Cómo? –dijo el médico sin entender–. ¿Qué le sucede?”. “Doctor –replicó la muchacha–, yo me quito el brassiére y mi busto en vez de bajar sube. Se eleva. Asciende. Se levanta. Se alza. Va hacia arriba”. “No es posible” –dijo el facultativo. “Sí, doctor –insistió ella–. Mire”. Así diciendo, la preciosa chica procedió a quitarse la blusa y el brassiére. Y en efecto: ante el asombro y la estupefacción del boquiabierto médico el busto de la muchacha, en vez de bajar, subió. Se elevó. Ascendió. Se levantó. Se alzó. Fue hacia arriba. “Dígame, doctor –suplicó la chica Chiquitibum-. ¿Qué será esto?”. “Mire, señorita –balbuceó, confuso, el médico–. No sé qué sea. Pero es contagioso ¿eh?”… Más de un televidente debe haberse contagiado un poco al ver cómo al principio del debate entre los candidatos a la Presidencia apareció, inesperada, una guapísima modelo de busto megalómano –la chica es argentina– cuyas pletóricas turgencias amenazaban desbordar el sugestivo escote del ceñidísimo vestido que lucía. La presencia en ese debate de la bella mujer, que muchos señores hubiesen deseado se prolongara más –la presencia, digo, no la mujer, que ya no podía prolongarse más–, dio lugar a múltiples chocarrerías y numerosas críticas. La muchacha, de sobra está decirlo, no tiene culpa alguna de lo sucedido, y yo deseo que los efímeros 19 segundos que estuvo en la pantalla se conviertan en muchas horas de jugosos contratos como edecán, para deleite y gozo del masculino género. El IFE, sin embargo, se vio muy mal a raíz de lo que sucedió. Es otro gran perdedor en el debate. Nos presentó ante el concierto de las naciones civilizadas –entiendo que son dos– como un pueblo subdesarrollado que para interesarse en un acto de política necesita de estímulos visuales semejantes a los que se ofrecen en el box, la lucha libre o el teatro de revista. En el pecado llevará la penitencia ese Instituto: haga ya lo que haga, el IFE presidido por Leonardo Valdés no será recordado por su actuación en los procesos electorales, ni por sus reformas o propuestas de ley: lo más mencionado de su gestión será esta modelo del Playboy luciendo en el debate su opíparo tetamen y su ajustadísimo vestido. ¿Quién la llevó ahí, y con ese atuendo? Sólo a un naco –si me es permitida esa burda expresión peyorativa– pudo habérsele ocurrido exhibir así a esa muchacha. Esto que digo no es ni por asomo cosa de moralina; es simplemente señalar que hay un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar. Si no se entiende así esta cuestión, entonces, por aquello de la equidad de género, el IFE tendrá que contratar para el debate en Guadalajara a un musculoso stripper que, cubierto sólo por brevísima tanga que oculte apenas las eminencias de sus credenciales masculinas, presente la urna a los candidatos para fijar su turno de participación. Más de la mitad de los electores son mujeres. ¿Se les privará de algo que sí se dio a los hombres? Democracia, señores consejeros, e imparcialidad. La ley de la materia los obliga a ser equitativos. Tienen ustedes la palabra… FIN.
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