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El carterooo…

En realidad, era emocionante ir al correo a comprar las estampillas para colocárselas al sobre donde guardábamos nuestros dibujos, cartas, poemas o fotografías que enviábamos al suplemento infantil “Lucero” del diario “El Universal”, que leíamos invariablemente todos los domingos. Y verlas publicadas en el periódico realmente nos conmovía a partir de nuestra niñez, que transcurría sin mayor sobresalto en Cuauhnáhuac. Pared con pared con la vecindad donde estaba la sastrería “Paris Londres” del inolvidable Polito Quezada, cortador de los buenos y mejor réferi de lucha libre en la desaparecida Arena Isabel, se encontraba la casona donde daba servicio el Correo de la ciudad de Cuauhnáhuac, sobre el callejón empinado en el lindero sur del Palacio de Gobierno que, sin pavimentar, permanentemente tenía escurrimientos de aguas negras manadas de las viviendas, lo que nos obligaba a caminar sobre las escaleras resbaladizas y peligrosas de las áreas que servían de banquetas. No se había llevado a cabo la absurda remodelación del jardín de los héroes y la calle tenía un flujo vehicular intenso para la época; alrededor de la plaza, a más de que la zona se sentía abandonada porque el edificio que albergaría los poderes del estado, estaba tapiado e inconcluso, circunstancia observada por muchos años por aquello de los caprichos políticos. Asistir al Correo en esos años, décadas de los 60 y 70, era emotivo por la solemnidad con la que se manejaban todas las operaciones en ese edificio. Desde comprar una estampilla hasta cobrar un giro postal o revisar los apartados postales para ver qué correspondencia nos había llegado, obligaba al orden y a la disciplina. Evidentemente, el Internet y la autopista de la comunicación no nos había secuestrado nuestras tradiciones y costumbres y la globalización era un tema por demás desconocido para los economistas. Don Ignacio Macedo Vences fungía como administrador del Correo y lo hacía con mística y honestidad probada. La inolvidable Esperancita Garduño Bello estaba encargada de una de las ventanillas más importantes, la de los giros monetarios. El pagador de estos documentos era don Víctor Franco y en los casilleros de los apartados postales estaba don Ruperto Bajonero Rodríguez. A bordo de tremendas bicicletas equipadas con faro, dinamo, cambio de velocidades y placa de tránsito, los carteros hacían su recorrido por ésta ciudad de no más de cien mil habitantes, siendo identificados plenamente por todos los que hacíamos nuestra vida cotidiana en esta bella población. El jefe de los carteros, era el recordado y siempre amable, don Anastasio Rendón Morales, al frente de un incansable equipo formado por don Antonio Quiróz Pérez, Pablo Rendón Morales, Pablo Rendón Gómez y Mario Salas Pulido, y por si fuera poco otro inolvidable, don Efraín Ríos Santamaría, quién además era referí también de las luchas, de los buenos, de aquellos acostumbrados a las mentadas de madre y la rechifla. Ya formado el Sindicato Nacional de Trabajadores del Servicio Postal Mexicano, su líder en Morelos era el hoy Licenciado José de Jesús Rosales Orihuela, quién tiene el antecedente de haber parado por primera vez el tráfico vehicular con escritorios y demás enceres, fuera de la oficina de correos, ante las exigencias de sus representados por incrementar su salario, situación que por poco le cuesta la cárcel, pues atentaba contra las propiedades federales (que en aquel entonces estaba muy penado). Distinguido y noble quehacer el del cartero, que el pasado lunes 12 de noviembre celebró su día. La imagen de aquel hombre con uniforme beige, gorra militar y enorme maleta rellena de mucha papelería y gran peso (que hacía que el cuerpo se le encorvara), estará presente en nuestras mentes por siempre. Vaya nuestra felicitación a todos los sobrevivientes y nuestro recuerdo a los que se han ido. Cómo olvidar aquel intenso chiflido a la puerta de nuestro hogar y el grito largo, muy largo, de: “el carterooooooo”, que nos anudaba el estómago, pues muchos esperábamos noticias buenas y otros en ocasiones muy malas, o la contestación de alguna novia, que indudablemente empezaba la carta perfumada con la tan anotada frase: “mi amor: espero que al recibir esta carta te encuentres bien de salud”...¡mucha crónica en Cuauhnáhuac!