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El bien y el mal...

En las noches de bodas siempre hay una sorpresa. No fue pequeña la de Dulciflor cuando al empezar la noche nupcial su flamante marido Pirino, jefe de los bomberos voluntarios de Barfola, Texas, le anunció que la celebración de sus actos connubiales estaría regida por campanadas como las que regulan las acciones de los apagafuegos. Le dijo: “Gritaré: ‘¡Una campanada!’, y te quitarás la ropa. Gritaré: ‘¡Dos campanadas!’, y te acostarás en la cama. Finalmente gritaré: ‘¡Tres campanadas!’, y empezaremos a hacer el amor”. Se cumplió eso, en efecto. Gritó Pirino: “¡Una campanada!”, y Dulciflor se desnudó. Gritó Pirino: “¡Dos campanadas!”, y la novia se tendió en el lecho con voluptuosidad. “¡Tres campanadas!” –gritó el recién casado. Y así diciendo se dispuso a consumar el matrimonio. Pero en ese momento gritó Dulciflor también a voz en cuello: “¡Cuatro campanadas!”. “¿Cuatro campanadas?” –preguntó Pirino, confundido-. ¿Qué significa eso?”. Contestó Dulciflor: “Quiere decir: ‘Poca manguera para tanto fuego”… Imagino un diálogo entre el Creador y nuestros primeros padres (¿quiénes irán a ser los últimos?). Yahvé, con voz tonante, les pregunta a Adán y Eva: “¿Por qué comieron el fruto del Árbol del Bien y del Mal?”. Responde la mujer, que ya desde entonces tenía todas las respuestas: “Porque nos lo prohibiste”. En efecto, la mejor incitación para hacer algo es prohibirlo. (¡No lean esta columnejilla!). Cuando se prohibió el alcohol en los Estados Unidos muchos ciudadanos que jamás habían  bebido ni una cerveza de zarzaparrilla se hicieron catarrines. Cosa buena es que a nadie se le haya ocurrido nunca prohibir el acto de fumar. Si alguien hubiera impuesto esa prohibición les juro que en este momento yo, que nunca en mi vida he fumado, estaría escribiendo esto con un cigarro colgándome del labio al estilo Humphrey Bogart. Menos gente fuma ahora que antes porque se conocieron los efectos mortales que trae consigo el vicio de fumar, y porque mediante adecuadas campañas de salud pública se hizo que los fumadores conocieran el riesgo a que se exponen y el peligro que representan para quienes los rodean. No hubo prohibición: hubo educación. La nueva legislación en los estados de Washington y Colorado, por la cual se permite el uso de la mariguana para propósitos recreativos –no esa hipocresía solapada de permitir usarla supuestamente para fines terapéuticos-, pone otra vez en evidencia la inutilidad de la guerra contra el tráfico de drogas, guerra que nunca se podrá ganar. Más tarde que temprano nuestros vecinos deberán cambiar las leyes federales para ponerlas en acuerdo con las nuevas disposiciones sobre la materia aprobadas por varios estados en uso de su soberanía y en atención al reclamo de sus ciudadanos. En el fondo, esto es cuestión de libertad: el que quiera joderse que se joda, pero que no se gasten vidas y recursos en la inútil tarea de evitárselo. La guerra que aquí emprendió Calderón no es nuestra guerra: es la guerra de los americanos. Ellos ponen los motos –de mota, mariguana-, y nosotros los muertos. Exhorto a los gobiernos del mundo a dialogar sobre la despenalización del uso de algunas drogas, entre ellas la mariguana. Eso pondría fin a un tráfico que de otro modo nunca cesará. Los cuantiosos recursos que se destinan a combatirlo estarían mejor empleados en educar a las personas sobre los riesgos que entraña el consumo de esas sustancias. Con la mayor buena fe hago esa exhortación. Si las naciones no me escuchan, en su salud lo hallarán… Un sujeto llamado Erotino Pitorreal se presentó ante el famoso psiquiatra Sigmund Headpeeper y le dijo: “Vengo a verlo, doctor, por consejo de un amigo; aunque pienso que no tengo en verdad ningún problema”. Inquirió el analista: “¿Por qué entonces su amigo le sugirió venir?”. Respondió el otro: “Porque le hago el amor a mi esposa dos veces cada día”. “Eso no es inusual –dijo el siquiatra-. Muchos hombres hacen eso, al menos durante la primera semana del matrimonio”. “Es cierto –admitió el tipo-, pero también le hago el amor dos veces diarias a la sirvienta, a una vecina, a mi secretaria, a una antigua novia y a la pianista del bar a donde voy”. “Tiene razón su amigo –se preocupó el psiquiatra-. Creo que el suyo es un caso de erotomanía. Eso sí es un problema. ¡Dos veces diarias, y con tantas mujeres! Debe usted tomar el asunto en sus manos”. “Lo tomo, doctor –aseguró el sujeto-. También dos veces diarias”… FIN.