Don Manuel y la Santa Cruz

Quién vive en Cuernavaca, seguramente en algún momento de su vida disfrutó de las quesadillas rellenas de moronga, riñones, carnitas, corazones y menudencias que sobriamente preparan en ése lugar desde hace más de 40 años. Un abrazo Lorena, y a seguirle con la chamba, él ya está seguramente con Dios. El 3 de mayo pasado debió haberse celebrado el día de la Santa Cruz, que es el día de la fiesta tradicional de los albañiles y los últimos 20 años de los arquitectos. Los alarifes acostumbran colocar en lo alto de la fachada de la obra en construcción, una cruz de madera adornada con flores y papel de china, previamente bendecida por un sacerdote. La fiesta de la Santa Cruz es motivo de jolgorio para los albañiles y éstos festejan con cohetes, música, baile y platillos típicos, con los familiares y amigos, allí en la construcción donde estén trabajando. Por razones realmente ignoradas, Juan XXIII, uno de los papas más conservadores de la iglesia católica, suprime del calendario litúrgico ésta celebración, sin embargo, dado el fervor religioso de los albañiles, el episcopado mexicano hizo las gestiones pertinentes para que en México continuara vigente la conmemoración de la Santa Cruz. Esta tradición fue impulsada por el fraile franciscano flamenco Pedro de Mura o de Gante quien está entre los grandes misioneros que evangelizaron el continente americano. Fue un hermano lego que sobresalió como apóstol de los mexicanos desde 1523, defensor de ese pueblo conquistado y gran enamorado de la cultura indígena. Artesano y albañil experimentado funda un centro de enseñanza de numerosas artesanías para los indígenas y de ahí su relación con los maestros de la cuchara. De la escuela en México de fray Pedro de Gante egresaron además de misioneros, los primeros artífices: alarifes, pintores, canteros, carpinteros. Con ellos se edifican los primeros templos, a veces capillas sencillas con techos de enramada; otras, iglesias solemnes, como la de san José de los naturales, de la ciudad de México, a cuya sombra la entonces iglesia de san Francisco parecía humilde y pequeña, narraba un misionero contemporáneo. De madrugada, el día 3 de mayo, bajo los acordes de las tradicionales mañanitas entonadas por desafinada banda de música, se coloca en la parte más alta de la estructura, la cruz de madera decorada, arrojándose al aire cohetones estruendosos. En el transcurso de la mañana se colocan sobre polines y caballetes los tablones que habrán de servir de mesas y asientos, cubiertos con blanquísimos manteles de las esposas de los albañiles. Se llenan los bidones con cervezas y se les agrega hielo finamente picado para que estén como muertas a la hora del festín. Cuando se está realizando la misa, ya huele a barbacoa, carnitas, moronga, carne tártara, pata y un sin fin de botanas dentro de las cuales no puede faltar el chicharrón de puerco y el guacamole, acompañado todo con tortillas que a mano ya están echando las damas. Es el día en que conviven entre abrazos y buenos deseos el dueño de la obra, el arquitecto, los oficiales albañiles y hasta los humildes peones. Por lo menos ésa tarde todos van a ser carnales; no va a haber diferencias sociales, se permiten igualdades. -‘ire, ‘inche arqui, yo a usté lo quiero un ‘ingo-. -Y yo a ti “maistro”, me cai que sí-. -Pus sólo que sea por eso mi arqui-. Irreversiblemente la santa cruz viene al día siguiente de la fiesta; sólo la cura un “teconal” o una “piedra”. Como siempre giran alrededor de nuestra memoria nombres de albañiles que tuvimos la oportunidad de tratar y laborar con ellos. El inolvidable Chon Chávez, allá en Tlaltenango, donde también vivió Pedro Dorantes; Gerardo Méndez y los hermanos Meneses en San Jerónimo; el maestro Margarita, en San Antón, y Eligio, el de Xoxocotla. Aunque la novela de Vicente Leñero “Los Albañiles”, que en 1963 ganó el Premio Biblioteca Breve, es analítica y está construida sobre un tema policial, lo cierto es que describe en medio de un carnaval sinfín con mucha puntualidad, la vida y costumbres de los albañiles. Desde sus orígenes y su quehacer cotidiano, hasta sus festividades y penas, como aquella estupenda crónica de la celebración del tres de mayo, sin diferencias de clases, en igualdad obligada y en penosa convivencia con todos. Y vaya nuestro recuerdo y admiración para el maestro Luis Duque, en Ahuatepec; el maestro Alanís, por el barrio del Melchor Ocampo; mi cuaderno de doble raya Pedro Mariaca, de Santa Catarina,, a quien le aprendí todas y cada una de las genialidades de la albañilería. Don Luis Álvarez, en la Carolina; Elpidio Esquivel, en Chulavista; Valentín Ocampo Contreras y el maestro Beteta, en Ahuatepec, y claro, don Esteban Romero, de Chamilpa, compañero de trabajo inigualable en la constructora del arquitecto Federico Sheaffer “Fisch”. Y aunque sé que faltan muchos que paulatinamente me irán recordando los cuernavacenses, remato con los contratistas don Miguel Cruz Contreras y don Elías Domínguez, también del querido pueblo de Chamilpa. ¡Más mezcla maistro o le remojo los tabiques!

victorcinta_2005@hotmail.com


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