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Don Alfonso Reyes…

Qué enorme personaje traigo al contenido de esta crónica, que escogió a Cuauhnáhuac como su morada y produjo lo mejor de su obra en este primaveral y maravilloso valle tlahuica. En el trajinar de mi adolescencia, llena de privaciones e implantado por mi prima Mirtha Hermila, como mensajero en el vetusto hotel Marik Plaza, tuve la oportunidad de conocer a aquel hombre de mediana estatura, complexión robusta, edad avanzada, calvo, barba y bigote encanecidos y una mirada profunda y enigmática, Don Alfonso Reyes Ochoa. Ignorante de quien se trataba, le pregunté a mi familiar quién era, respondiéndome: “Es un maravilloso escritor y poeta, algún día lo vas a conocer en su obra”, aunque a mi corta edad le encontraba parecido al presidente Churchill. De su biografía tan sólo les menciono que nació en Monterrey, Nuevo León, un 17 de mayo de 1889 y falleció en 1959. Rescato una serie de compilaciones del escritor Braulio Hornedo, realizadas para la revista cultural La Siega, que me parecen las más interesantes de la vida de don Alfonso. Decía en su diario, fechado en Cuernavaca el 15 de octubre de 1948:
 “Ya estoy aquí en la tarea que Dios me dio”. ¿Tiene sentido distinguir entre la vida y la obra de Alfonso Reyes? ¿Acaso él mismo no lo dejó claramente establecido al final de su “Constancia poética” (Tomo X de sus Obras Completas)?: “Quiero que la literatura sea una cabal explicitación, y, por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras”. Es tan abundante, compleja y variada la obra de Alfonso Reyes que inevitablemente intimida hasta a los más valientes lectores. La primera vez que abordamos el intento de leerlo nos preguntamos por dónde empezar los veintiséis gruesos volúmenes donde se agrupan las 13,404 páginas que componen la edición de sus “Obras Completas” en el Fondo de Cultura Económica, y nos confirman ese acierto de Octavio Paz, al señalar que los libros de Alfonso Reyes no sólo son una obra, sino toda una literatura. Ensayo, narrativa, crítica, teoría e historia literaria; filosofía, divulgación de la ciencia, memorias, dramaturgia y poesía son algunos de los caudalosos afluentes que desembocan en la mar de la “literatura Alfonsina”. Reyes descubre Cuernavaca en 1947 a la “breve distancia de un suspiro” de la ciudad de México, buscando un lugar aislado para trabajar y un clima y altura más adecuados para la dolencia cardiaca que padece desde 1944. Encuentra en Cuernavaca “la tibieza vegetal donde se hamaca el ser en filosófica mesura”. Y estas pausas de libertad y esparcimiento creador le permiten tomar distancia de los ajetreos burocráticos derivados de sus múltiples responsabilidades como presidente de El Colegio de México, miembro de número y fundador de El Colegio Nacional y miembro numerario en la Academia Mexicana de la Lengua. Se hospeda las primeras ocasiones en el Hotel Chulavista y posteriormente se aficiona más al Hotel Marik Plaza, en el centro de la ciudad de Cuauhnáhuac y allí tiene un cuarto favorito, desde donde contempla las formaciones rocosas tepoztecas como “indostánicas pagodas” o monumentales escenografías de “óperas wagnerianas”. Años más tarde, adquiere una residencia por el rumbo precisamente de Chulavista donde pasa sus últimos años. A finales de 1948, Alfonso Reyes escribe en sus cada vez más frecuentes estancias en el Marik una colección de sonetos a manera de divertimento “prosaico, burlesco y sentimental, ocio o entretenimiento al margen de la Ilíada”. Recrea entre humorista y erudito en hermosos e ingeniosos sonetos, algunos de los personajes de la saga griega, pero instalándolos en Cuernavaca. Publica esta primera versión de lo que será su “Homero en Cuernavaca” al año siguiente en 1949 en la revista Ábside. El prólogo esclarecedor y además breve está firmado en Cuernavaca durante el mes de noviembre de 1949, y con un estado de ánimo entusiasta anota en su diario: “Vuelvo a Cuernavaca, donde acabé la IX Rapsodia de la Ilíada y estoy en anotación general, puntas y ribetes, corrección de copias en limpio… Llegué a las 4 pasado meridiano. La tarde templadita y cielo sin mancha. ¡A trabajar en Homero!... Acabé mi faena a las 12 y media de la noche. De entusiasmo he perdido el sueño…”  De la infinidad de personajes que han determinado como su morada la ciudad de Cuernavaca, Reyes es sin duda uno de los más importantes y trascendentes. Su amistad con Jorge Luis Borges lo vuelve por ende internacional. Narra Hornedo: Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges cultivaron una amistad perdurable a lo largo de poco más de treinta años de su vida. Desde el primer periodo de Reyes como embajador de México en Argentina en 1927, hasta los últimos días de su residencia en la tierra en diciembre de 1959, la última carta fechada de Borges a Reyes es del 17 de noviembre de 1959, don Alfonso murió diez días después, al amanecer del 27. Borges escribió este homenaje poema, tras la partida y a la memoria de su maestro y amigo. De esta manera universaliza a nuestra ciudad. Acoto unos versos: “Si (como los imperios de la laca / y del ébano enseñan) / la memoria labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria / otro México y otra Cuernavaca”. Y remato con un soneto del bellísimo poema dedicado a Cuauhnáhuac, escrito por don Alfonso Reyes: “A Cuernavaca voy, dulce retiro / cuando, por veleidad o desaliento / cedo al afán de interrumpir el cuento / y dar a mi relato algún respiro”.

victorcinta_2005@hotmail.com