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De política y cosas peores: ‘Madame’...

Fea palabra es “madrota”, lo reconozco desde ahora. Con ese vocablo malsonante es designada la mujer que regentea un prostíbulo. Hay eufemismos para nombrar a quien ejerce tal mester. García Márquez, por ejemplo, recogió uno: “mamasanta”. Polly Adler, la madrota más célebre de los años cincuenta en Nueva York, dice en su agradable libro “A house is not a home” que el término más adecuado para las de su oficio es “madame”. La historia moderna, sin embargo, registra un hecho acaecido en la reunión de la Liga de las Naciones, en Ginebra, el 21 de marzo de 1927. Se discutía el asunto de la trata de blancas en Europa -ya se ve que ese tema no es ninguna novedad-, y hubo necesidad de hallar una palabra para nombrar en los documentos oficiales a la mujer que administraba una casa de lenocinio. Los franceses tenían una, tenancière, que quiere decir ama o patrona de una casa, sea pensión, hotel  o mancebía. El problema empezó cuando en la versión inglesa apareció ese término como “madame”. El delegado de Francia puso el grito en el cielo, pues “madame” es el título que los franceses dan a la mujer casada. ¿De modo que todas las esposas francesas iban a aparecer de la noche a la mañana convertidas en madrotas? El representante británico alegó que la voz “madame” era de facto una palabra inglesa, y que seguramente el comité no encontraría otra que con la misma claridad designara a esas mujeres. En México la madrota de más fama que ha existido en sin lugar a dudas Graciela Olmos, llamada La Bandida. Ni las Poquianchis pueden disputarle ese título de honor. Su reinado fue largo: abarcó desde Calles hasta López Mateos. Todos los presidentes de su tiempo la conocieron y le dieron protección, excepción hecha de Lázaro Cárdenas, que la trató de acuerdo con la ley. Ella se vengó del Tata componiendo corridos en los cuales lo denostaba y zahería. Uno de ellos se llamaba “Yo te conocí pepita antes que fueras melón”. Porque es de saberse que La Bandida era compositora inspiradísima. A ella le debemos, entre muchas otras canciones, el corrido del Siete Leguas y el romántico bolero La Enramada. Otro corrido, muy bello, se lo compuso al que fue “su hombre”, el general revolucionario Benjamín Argumedo, cuyo apodo era El Bandido, de ahí el mote que llevó siempre esta mujer. Hace unos días, buscando datos sobre La Bandida para un programa de nuestra emisora cultural, Radio Concierto, hallé un interesante libro con sus memorias escrito por Eduardo Muñuzuri. De ahí saco el sabroso texto que sigue, y la más sabrosa disculpa que ofrece el autor por incluirlo en su obra: “... Le preguntamos (a La Bandida) si conoció a Fidel Castro cuando estaba exiliado en México. ‘Sí, vino como cuatro veces. No gastaba nada, y me cayó mal porque es maricón. Andaba tras unos muchachitos... Creo que a Cuba la está llevando a la ruina’...”. Y la disculpa del autor del libro: “En cuanto al contenido ominoso del párrafo apuntado, y siendo personalmente un ferviente admirador de Castro, muchos partidarios suyos me han criticado el no haber omitido la funesta y dudosa aseveración de La Bandida, en consideración a que hiere el sentimiento popular hacia una gran figura histórica actual. Lo único que puedo decir en mi descargo es que, aun admitiendo su dicho, ya quisiera yo veinte jotos más -uno en cada patria- que sean capaces de hacer una Cuba libre de cada país amerindio...”. Lo dije ayer y lo repito ahora: a veces las disculpas resultan peores que las culpas.  Mejor termino esta extraña Plaza de Almas relatando un par de anécdotas de La Bandida que el mismo Muñuzuri recogió. Le dijeron que María Félix iba a hacer una película con su vida, y le preguntaron si pensaba que La Doña la representaría bien. “Claro que sí -respondió ella-. Es colega”. En otra ocasión un visitante ocupó la silla que acababa de dejar libre otro individuo que estuvo sentado en ella largo tiempo. Se levantó al punto el hombre y se quejó: “Dejó la silla muy caliente”. Le dijo La Bandida: “¿Y qué esperabas, pendejo? También en el fundillo hay vida”... FIN