De nuez 'La Biblioteca'...

Hoy traigo a la memoria una crónica de la que más trascendencia ha tenido en mi vida. Tuve la dicha de ver la luz primera enfrente de la Biblioteca Pública del Estado “Profesor Miguel Salinas”, la que aprendí a respetar desde que por primera vez entré a ese enorme galerón que, para mi corta edad, se tornaba majestuoso. Más por curiosidad infantil que por requerimiento intelectual, me impactó la solemnidad del espacio y el silencio sepulcral, que, bajo la mirada de aquella anciana de minúsculos lentes, guardaban todos los que consultaban alguno de los innumerables libros. Apostada originalmente en 1886 en los altos del Teatro Porfirio Díaz, mudada después a los bajos del Palacio de Cortés, en 1932, y, tras larga penuria y saqueo de volúmenes importantes, reubicada en la esquina de Netzahualcóyotl e Hidalgo, la vetusta Biblioteca se instala por fin en el año de 1946 en el antiguo salón Renovación, ubicado en la esquina de “los nachos”, Ignacio López Rayón e Ignacio Comonfort, de esta ciudad de Cuauhnáhuac. Me viene a la memoria la figura inolvidable de don Bernabé L. de Elías, de baja estatura, grueso de abdomen, calvo y de piel blanca, muy blanca, y ojos claros, enfundado en impecable traje negro grano de pólvora, camisa blanca almidonada con corbata de moño y un ajustado chaleco que le realzaba aún más la barriga. No fue precisamente la amabilidad lo que le caracterizaba; hosco y petulante, imponía con su voz que, aunque delgada y aguda, era profundamente autoritaria. En 1958, lo sucede en el cargo de director el muy estimado profesor Gualberto Castañeda Linares, del meritito Chamilpa. Al igual que numerosas obras de arte que existen en esta ciudad, la pintura mural de la Biblioteca Central permanece ignorada por muchos, aún siendo cuernavaquenses. Sentado en pesadas sillas de madera y recargado en las mesas rectangulares que olían a esmalte de aceite; infinidad de ocasiones me pasé observando puntualmente esas pinturas que me obligaban a retroceder en el tiempo. El argumento de fondo es “La aportación que la región de Cuauhnáhuac dio a lo que se conoce como cultura mesoamericana” y fue realizada en 1958 con pinturas vinílicas por el pintor veracruzano Norberto Martínez Moreno, a quién en múltiples ocasiones hicimos rabiar los que integrábamos la palomilla, con nuestro escándalo y desorden, después de que nos ganara el aburrimiento, viéndolo deslizar el pincel por las paredes de aquel edificio. Plasmaba en vivos colores la pirámide de Teopanzolco en uno de sus grandes ceremoniales y un sacerdote opulentamente ataviado, llevando en las manos una máscara del dios Tláloc. Bajo este personaje, Martínez representó toda la técnica y el proceso de la industrialización del papel, sobresaliendo el tradicional papel amate tepozteco. En este componente del mural nos dio a conocer la importancia de la aplicación del papel en los usos ceremoniales religiosos y como material de tributo, que enviaban los tlahuicas a los aztecas. Impactó memorablemente con la recia figura del indígena moderno que devela el campo de la ignorancia, agigantada su mano hacia fuera del mural en una magistral perspectiva, y bajo la mano, una tira de papel que se desdobla y en la cara principal una leyenda que sentencia: “He aquí el papel, vehículo de ideas, principal aportación de Cuauhnáhuac a la cultura mexicana, sé tú, joven morelense, un continuador generoso de este esfuerzo creador nacional, poniendo tu cultura al servicio del pueblo”. Aportación trascendente de Cuauhnáhuac a la cultura prehispánica fue el algodón, producto que sirvió de móvil a una guerra económica de Huitzilihuitl, señor de los mexicanos, contra el señor de Cuauhnáhuac; y Martínez Moreno, en otra parte del mural, representó una escena guerrera en la que intervienen caballeros tigre y águila en contra de guerreros tlahuicas de Cuauhnáhuac. Pareciese que fue ayer cuando presenciaba estas escenas. Fatigados por el juego, se imponía cruzar la calle hasta la otra esquina para llegar a la miscelánea “La Tehuixtleca”, donde la bella dama de larga cola de cabello y ojos verdes nos despachaba detrás de ese enorme mostrador nuestro refresco favorito, un “Spur Cola” bien helado. Valía la pena, claro que si, visitar la Biblioteca Miguel Salinas. Qué estará pasando con los más de cuarenta mil volúmenes (se decía) que están dentro del inmueble y que nadie le da mantenimiento. Qué estará pasando con el mural. Qué carajos van a hacer con el edificio que cada vez más se deprecia y envejece. Preguntas que valen la pena, las autoridades correspondientes debieran contestar de inmediato. ¡Al tiempo!

victorcinta_2005@hotmail.com


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