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Dídimos, AMLO y más

El día de hoy esta inane columneja se exorna con un par de chascarrillos que tienen como tema los testes del varón, vale decir, sus dídimos, testículos o compañones. Las personas que no gusten de posar la vista en chascarrillos acerca de esa estratégica parte varonil deben limitarse a leer la reflexión política que sigue, acabada la cual se les recomienda suspender en ese mismo punto la lectura a fin de que no sufra mengua su virtud. He aquí la primera narración testicular… Un individuo acudió al doctor Ken Hosanna, célebre facultativo, y le dijo con voz llena de angustia: “Doctor: el lunes pasado amanecí con los testículos muy rojos. El martes se me pusieron azules. El miércoles adquirieron un sombrío tono grisáceo. El jueves se me pintaron de un color verdoso. Y este día, mire usted, los traigo negros”. Después de revisarlo con acuciosidad, dictaminó el doctor Hosanna: “Presenta usted, señor, un cuadro grave de metacromatismo panóptico. Tendré que cortar las dichas partes si es que no quiere usted perder la vida”. El pobre tipo se resignó a la operación. Pasaron unas semanas, y el desdichado regresó. Ahora era la parte adjunta la que se le pintaba de colores. Cortó también el médico esa parte, y le puso al paciente en su lugar un tubo plástico. No terminó ahí el problema. Volvió el infeliz sujeto con la queja de que igualmente el tubo se le coloreaba. ¿Habría que retirarlo también? El doctor Ken Hosanna se rascó la cabeza y luego arriesgó un diagnóstico distinto: “Señor: ¿no será que su esposa le está comprando calzones muy corrientes, de ésos que se despintan y manchan?”... Linda palabra es el vocablo “ínsito”. Yo lo aprendí de Roberto Orozco Melo, que a sus cualidades de talentoso escritor, consumado periodista y poeta de fina sensibilidad, añade la de haber sido un excelente alcalde de Saltillo. El adjetivo “ínsito” se aplica a lo que es connatural a algo. Recordé esa palabra a propósito de la declaración de López Obrador según la cual en el partido que se propone formar no habrá nepotismo, corrupción ni “influyentismo”. (Pongo entre comillas la palabra porque el influyentismo existe, pero el  vocablo no). Sucede, sin embargo, que por encima del reino ideal de las palabras está el rudo imperio de los hechos, y los vicios que AMLO no quiere para su partido son ínsitos a todos los partidos y –me temo- a toda organización humana. Tal circunstancia se acentúa en el caso de los partidos políticos de México, pues gozan de prerrogativas que hacen de ellos empresas con ingresos suculentos; quiero decir, ricas en dinero, y eso aumenta las posibilidades de que se desvirtúen y corrompan. “Pecunia non olet”, el dinero no huele, dijo el emperador Vespasiano cuando su hijo Tito le reprochó cobrar en Roma impuestos por el uso de las letrinas públicas. (Los rencorosos romanos se vengaron, y hasta la fecha, 2 mil años después, los excusados públicos se siguen llamando “vespasianas”). La verdad monda y lironda, sin embargo, es que el dinero sí huele, y la Morena empieza ya a oler a dinero. Está claro que López Obrador obtendrá el registro para su partido, y con él los sustanciosos fondos que acompañan a esas franquicias tan rentables, los partidos. Exagerando un poco se puede decir que hoy por hoy los únicos negocios seguros que hay en este país son los giros negros y los partidos políticos. Digo exagerando un poco porque los giros negros sí tienen algunos riesgos. El caso es que el incitante tufillo del dinero empieza ya a atraer a algunos de los que aspiran a formar parte de la nueva burocracia política que creará López Obrador. De ahí las pugnas que en varios estados han acompañado a la formación del partido lopezobradorista. Semejante a los demás partidos será el suyo, con los mismos vicios y defectos que acompañan aquí y en todas partes a la búsqueda y ejercicio del poder… Viene ahora el segundo cuento testicular… La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, dio a luz en medio de dolores indecibles. “No te quejes –le dijo el majadero-. Una patada en los éstos duele mucho más que un parto”. “¿Cómo lo sabes? –le preguntó, hosca, la mujer-. Nunca has parido”. “No –replicó Capronio-. Pero sé de muchas mujeres que después de haber tenido un hijo dicen: ‘Me gustaría tener otro’. Jamás he sabido, sin embargo, de un hombre que después de haber recibido una patada en los testículos diga: ‘Me gustaría que me dieran otra’”… FIN.