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Cuernavaca encarcelada

Sucede que ahora ni al cine podemos ir porque no hay quien se quede con las niñas, pues tienes doble y triple cerradura en cada puerta y guardas las llaves para que no salgamos —se quejó Patricia con Rubén, frente a sus papás y su hermano Pedro.
—Es que el crimen organizado nos tiene contra la pared y ha rebasado a todas las autoridades, quienes están arrinconadas y por tanto son incapaces de luchar por nuestra seguridad —explicó mamá Celia.
Pedro les dijo que Cuernavaca está inerme por falta de autoridad, que ya no había policía en las calles, que las patrullas se aparecían muy poco, además de que los motociclistas que no se sabía si eran de tránsito o de la policía, se dedicaban a extorsionar a los conductores, con la mira puesta en quien cometa el mínimo error para morderlo o infraccionarlo y llenar la cuota que exigen sus superiores o los de la Policía Ministerial, quienes sólo atienden casos de robos de autos o a casas, de doscientos mil pesos para arriba.
—La realidad está en que ya no se puede salir de la casa después de las ocho de la noche, pues con esas calles tan oscuras, sólo los delincuentes pueden circular libremente. Es cierto que pasan las camionetas con policías estatales, armados hasta los dientes, pero sólo por lugares llenos de gente, para que se vea que sí hay vigilancia —dijo don Arturo.
—Porque si se quiere ir a desayunar con la familia el domingo, se regresa a casa rezando no encontrarla vacía o con dos empistolados dentro, esperando a que llegue para poderlas desvalijar impunemente. Ya que nada los detiene de día o de noche. Ellos sí que nos tienen vigilados y conocen nuestras rutinas y movimientos a la perfección —exclamó Celia.
—Ahora los colonos son los que se tienen que defender. Se está logrando cerrar las calles con rejas, se organizan cuerpos de seguridad vecinal, se busca contratar un servicio privado de alarmas, usar timbres y luces interconectadas a las casas de los colonos para ahuyentar a los delincuentes y, sobre todo, obtener armas para defensa personal, aunque éstas estén prohibidas.  Y aún así los ladrones se las ingenian para robar en cualquier casa y llevarse lo que les dé la gana —dijo Patricia.
Don Arturo les pidió que después de las diez de la noche ya nadie le hiciera caso a los semáforos, porque, si se pone la luz roja hay que esperarse hasta que se prenda el “siga”, pues al no haber policías u otros autos, se corría el peligro de ser asaltado. “Si llega otro carro, el conductor huye por miedo a salir dañado. Como le pasó al tío Roberto, que en la esquina de Reforma con Río Mayo, lo sacaron de su auto, lo golpearon para quitarle lo que traía y se llevaron su jetta. Pero eso sí, a los exfuncionarios de la administración pasada les dan guaruras y camionetas blindadas, con cargo al erario y al pueblo, y qué”.
—El continuo tráfico de autos es la única protección que tiene el ciudadano, y como ya no se circula como antes, la policía brilla por su ausencia y las calles están completamente oscuras por un supuesto pleito entre la CFE y el Ayuntamiento, por eso la ciudad está inerme —explicó Pedro
—Recuerdo cuando Graco Ramírez y nosotros nos vestimos de blanco y por las calles clamamos por la seguridad, eso lo convirtió en adalid, y espero que no se le haya olvidado —suplicó doña Celia.
 
rafaelbenabib@hotmail.com