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Cuentos y m谩s...

Don Algón, salaz ejecutivo, le dijo a la curvilínea rubia que le había pedido empleo: “Está usted contratada, señorita Rosibel. Desde hoy es usted mi secretaria. Ahora dígame: ¿no le gustaría optar esta misma noche a su primer aumento de sueldo?’’... El desdichado gorrión llegó a su nido hecho una desgracia,  herido, lacerado y con las plumas en desorden. La gorrioncita le preguntó asustada: “¿Qué te pasó, Canorio?’’. “¡Ni te cuento! –respondió tembloroso el pajarillo-. ¡Sin darme cuenta me metí en un torneo de badminton!’’… Astatrasio Garrajarra, ebrio con su itinerario, seguía celebrando el Año Nuevo. Iba cae que no cae por el medio de la calle. Un gendarme le dijo con voz conminativa: “¡Oiga, amigo! ¡Camine por la acera!’’. “¡Estás loco, caborón! -farfulló el temulento-. ¡Ni que fuera alambrista!’’... Doña Pelagia, mamá de Babalucas, preparó cuidadosamente la fiesta del día último del año. A más de la cena dispuso gorritos, serpentinas, pitos, todo lo necesario para que reinara la alegría. Hizo un encargo a Babalucas. “Ve y compra una buena cantidad de confeti -le dijo-. Te subes al segundo piso, y cuando lleguen los invitados se los arrojas desde el balcón’’. Fue el tonto roque a hacer la compra, y luego se colocó donde su mamá le dijo en espera de la llegada de los invitados. Se presentaron ellos, en grupo, y Babalucas hizo lo que su mamá le había ordenado: todo lo dejó caer sobre los asistentes. Doña Pelagia se consternó al ver aquello. “Ay, Baba” –reprendió a su retoño-. ¡Te dije confeti, no espagueti!’’... La maestra le preguntó a Pepito: “¿Cómo se llama tu nuevo hermanito?’’. “No sé –respondió el chiquillo-. Cuando habla no se le entiende ni madre’’... Ominosio Malsinado, hombre de mala suerte, viajaba en avioneta. De pronto el único motor de la pequeña nave empezó a fallar. “No se preocupe’ -tranquilizó el piloto a su pasajero al tiempo que se ponía una especie de mochila-. No hay ningún problema”. “¡Cómo que no hay problema! –gimió don Ominosio con angustia-. ¡Ya se detuvo la hélice! ¿Y no es un paracaídas eso que se está usted poniendo?’’. “Le digo que no se preocupe -repitió el piloto al tiempo que se disponía a saltar-. Voy por un mecánico. Él arreglará el problema’’... La National Rifle Association constituye una vergüenza para los Estados Unidos. Sus directivos dicen que defienden un principio de libertad. Mienten: defienden un negocio. Nadie gasta tanto dinero para proteger un supuesto derecho constitucional cuya irrestricta aplicación es causa de miles de muertes cada año. El principal ejecutivo de esa nefasta asociación, un hombre llamado Wayne La Pierre, llegó al último extremo de la imbecilidad cuando propuso, después de la matanza de niños en Connectituc, que los maestros y maestras de las escuelas se armen para defenderse y defender a sus alumnos ante el ataque de un asesino. ¿Qué armas pueden esgrimir esos ciudadanos pacíficos ante la agresión de un demente que lleva consigo un arsenal como los que usa el ejército en las guerras, y cuya compra se puede hacer con menos dificultad que la de un medicamento de farmacia? México es también víctima de la NRA. Al tráfico de armas en Estados Unidos se añade nuestra propia corrupción, y la proliferación de armas es una de las causas principales de la violencia que sufrimos. Temida y temible, la NRA representa una nueva forma de macartismo: nadie puede oponerse a su política sin ser objeto de insanas campañas de hostilización que contradicen los verdaderos principios en que se fundó la nación americana. Es hora ya de que se impongan controles a la venta y uso de armas en los Estados Unidos. Si no se atiende a la brevedad posible mi enérgica demanda, en su salud lo hallarán… El manager de un equipo de beisbol le informó al dueño de la organización: “Me acaban de llegar dos nuevos pitchers. Les estoy dando entrenamiento, pues los dos tienen un defecto: uno lanza muchas pelotas bajas; el otro tira casi puras bolas altas’’. Pregunta el dueño: “¿Y cuál de los dos promete más?’’. Responde el manager: “El Jirafo’’. “¿El Jirafo?’’ -repitió el propietario extrañado por aquel raro apodo. “Sí, -dice el manager-. El de las bolas altas’’... Un paciente del doctor Duerf  le dijo al célebre psiquiatra: “Doctor, su tratamiento no ha dado resultado. Todas las noches sigo soñando que me persigue un toro’’. “Entonces no hay más remedio, amigo -respondió filosóficamente el analista-. Tendrá usted que aprender a torear’’...  El severo genitor amonestó a su hija: “Me enteré de que posaste desnuda para una revista pornográfica’’. “Sí, papi -admitió la muchacha-. Pero no te preocupes: en el estudio del fotógrafo había calefacción’’... FIN.

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