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Cuentos y más

“Mañana será la Marcha del Orgullo Bisexual -le informó el alcalde al jefe de tránsito-. Autorice a los organizadores el doble de tiempo, porque supongo que el desfile será en ambas direcciones”… Don Astasio, marido sin fortuna, llegó a su casa y encontró a su mujer, doña Facilisa, en immoral congress –la expresión es victoriana, y alude al consorcio adulterino- con Pepe Rone, el mozalbete repartidor de pizzas. Colgó el mitrado esposo su sombrero, su saco y su bufanda en el perchero del corredor, y fue en seguida al chifonier donde guardaba una libreta en la cual solía anotar execraciones para decirlas a su liviana cónyuge cuando la sorprendía en esos trances. Libreta en mano volvió a la recámara y le espetó a su esposa esta palabra: “¡Pichicuaraca!”. Tan raro voquible lo leyó don Astasio en “El Periquillo Sarniento”, deliciosa novela picaresca de don José Joaquín Fernández de Lizardi, llamado “El Pensador Mexicano” (1776-1827). El término se usaba en la Ciudad de México a principios del siglo diecinueve para designar a la mujer en conchabanza de carnalidad. Al oírse llamar así la pecatriz asumió una actitud de dignidad. “Te ruego, Astasio –dijo muy seria a su consorte-, que al referirte a mí no uses palabras de más de cuatro sílabas, pues las que exceden ese número no sólo son difíciles de entender, sino también de pronunciar. La que me has dicho parece trabalenguas. No me siento obligada, pues, a contestarte”. “Y yo tampoco” –dijo el repartidor de pizzas. Don Astasio reprendió al muchacho: “No intervenga usted, jovenzuelo, en las conversaciones de las personas mayores. Eso es de mala educación”. “Discúlpeme, señor –se apenó sinceramente Pepe Rone-. Me dejé llevar por la premura del momento”. “Ninguna hay –le indicó doña Facilisa-. Termina lo que empezaste; hay tiempo. Que no te distraiga esta inoportuna intervención de mi marido. Y tú, Astasio, revisa esa libreta y suprime en ella las palabras largas. Al hablar o escribir hazlo con sencillez, sin circunlocuciones, perífrasis o pronominaciones”. En silencio escuchó don Astasio aquel réspice de su mujer. Luego salió de la alcoba, no sin antes hacer una leve inclinación de cabeza para despedirse del repartidor de pizzas. Por ningún motivo iba a dejar que Pepe Rone fuera a acusarlo a él de mala educación… ¡Qué precio tan alto deben pagar los norteamericanos a cambio de ejercer la insana libertad -ilimitada casi- de comprar, tener en su casa o portar armas! La muerte de tantos niños en ese pequeño pueblo de Connecticut es doloroso ejemplo de los riesgos de mantener las tradiciones de violencia que forman parte de la historia de los Estados Unidos. ¿Hasta cuándo se dejará que siga habiendo matanzas como ésa? ¿Cuándo se pondrá freno a esa organización, la NRA, cuyos directivos y defensores deben sentir en la conciencia la muerte de tantos inocentes? ¿Cuántos muertos –niños muchos de ellos- se necesitarán para que el gobierno federal y los gobiernos locales apliquen restricciones a la venta y uso de armas, cuyos mercaderes consideran que cualquier limitación que se les imponga es un atentado contra la libertad? Ante esos sucesos, que se van repitiendo cada vez con mayor frecuencia, ¿hará Obama algo más que enjugarse una lágrima?... (¡Qué bárbaro, insensato columnista! Ojalá el Presidente de los Estados Unidos no lea esa última frase que pusiste, porque seguramente el sueño huirá de sus ojos. Si no de los dos, por lo menos de uno)… Viene ahora un cuento irreverente que las personas reverentes no deberían leer… La Madre Teresa llegó al Cielo, y el Señor la recibió en persona. “¿Tienes hambre?” –le preguntó, solícito. “La verdad, sí” –respondió, humilde, la santa. El Augusto abrió entonces una lata de atún, y con pan de centeno le hizo a la religiosa un sándwich, y otro para él. Lo mismo sucedió en los días subsecuentes. La Madre Teresa se inquietó, pues por un agujero en las nubes había alcanzado a ver que en el infierno los condenados comían diariamente caviar, faisán, perdices, trufas, pan de pulque de Saltillo y otras delicias igualmente suculentas. “Señor -le preguntó al Altísimo-. ¿Por qué en el Cielo comemos nada más atún con pan de centeno, en tanto que en el averno los réprobos disfrutan de manjares exquisitos?”. “Teresa –suspiró el Señor-. Para los pocos que somos aquí no vale la pena cocinar”… FIN.