Siguenos en
    Redes Sociales

Cuentos dominicales

El cliente del restorán le pidió al mesero: “Quiero unos huevos divorciados”. El hombre apuntó la orden y fue a la cocina. Pasó un buen rato, y el camarero no aparecía. Finalmente llegó. Traía un plato de huevos revueltos. “Oiga –le reclamó el parroquiano-. Los huevos que me trae usted son revueltos. Yo se los pedí divorciados”. “Así venían, señor –responde el mesero, imperturbable-. Seguramente en el camino se reconciliaron”… Lord Feebledick llegó a su finca de campo luego de terminada la cacería de la zorra. Venía de mal humor, pues sucedió que la perra de su vecino, lord Highrump, estaba en celo, y en la carrera la perra fue adelante, tras ella iban los perros, jadeando desalados, y hasta atrás corría la zorra. El disgusto de lord Feebledick se agrandó considerablemente cuando al entrar en la alcobra vio a su mujer, lady Loosebloomers, en ilícito consorcio de carnalidad con Wellh Ung, el pelirrojo mozallón encargado de la cría de los faisanes. Montó en cólera milord –su esposa solía decirle con acritud: “Ya nada más en eso y en tus caballos montas”-, y bufó airado: “¡Miserables! ¡Pero me la van a pagar!”. Suplicó, humilde, el mancebo: “De la manera más atenta le ruego, señor, que le pase la cuenta a milady, pues yo soy de condición económica bastante débil”. “Ésa es la única condición que tiene débil –acotó lady Loosebloomers-, pero lo exime de pagar las costas de este asunto. Además debes saber, marido, que su pobre madre está impedida, y su hermana carece de dote. El muchacho está ahorrando para poder casarla. Lo que hace conmigo, y que tú acabas de presenciar inopinadamente, no lo hace por lujuria, ni menos aún por falta de respeto a tu persona, sino como un trabajo extra que le permita allegarse algo de dinero a fin de mejorar su posición”. “Ya veo –se tranquilizó lord Feebledick-. Se trata de un asunto laboral, y no carnal. Leí el último libro de mister Bernard Shaw, y en él dice que las clases acomodadas debemos acudir en auxilio de los sectores marginados para aliviar en algo su aflictiva condición. Creo que ésta es una magnífica ocasión para poner en práctica sus ideas sociales, aunque tú sabes que yo tiendo más bien al conservadurismo”. Replicó lady Loosebloomers: “Nunca es tarde cuando se trata de componer un poco el mundo. Te felicito, esposo, por tu magnanimidad. Y usted, joven montero, agradezca la buena disposición de mi marido”. “De corazón le doy las gracias –declaró el mancebo-, y me perdonarán si aprovecho la ocasión para pedir un aumento de sueldo. Con eso de la guerra de los Boers se han encarecido considerablemente los artículos de primera necesidad, especialmente el whisky y la cerveza. Suplico su comprensión al respecto”. Repuso lord Feebledick: “Dejemos ese tema para cuando esté usted vestido, joven. Todo dependerá de su desempeño”. Inquirió el mocetón: “¿En esto o en lo de los faisanes?”. “En lo de los faisanes, claro –precisó milord-. Esto es, digamos, un side-line del cual no puedo hacerme cargo. Trate usted el asunto con mi esposa”. “Lo trataremos cuando esté usted desvestido –le dijo lady Loosebloomers al muchacho-. Por ahora terminemos lo que comenzamos. No es bueno dejar las cosas inconclusas”. Lord Feebledick juzgó que su presencia ahí ya no era necesaria, y se dirigió al salón fumador  a revisar su colección de sellos de correo. Encendió un cigarrillo egipcio y aspiró morosamente el humo. Mientras seguía con la mirada las volutas que en el aire formaban figuras caprichosas y luego se desvanecían, milord recordó la profunda verdad contenida en la frase que sirvió de nombre a una de las celebradas obras de Shakespeare: All’s well that ends well. Es bueno todo lo que acaba bien… Aquellos casados no tenían familia, y ansiaban vehementemente un hijo. Una amiga de la esposa había estado en la misma situación, y luego realizó su anhelo de ser madre. Le recomendó a la muchacha que fuera a ver a su doctor. Fue, en efecto. Terminada la consulta la esposa tomó el teléfono y llamó a su marido. “¡Mi vida! –le anunció con alegría-. ¡Dice el médico que es muy posible que tengamos un hijo!”. “¡Fantástico! –exclamó él lleno de alegría-. ¡Por favor, ponme al doctor en el teléfono!”. “Espera un poco –le pide la muchacha-. Deja que acabe de vestirse”… FIN