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Cuentos dominicales

¿Por qué la hembra de la especie Mantis Religiosa le corta la cabeza al macho tras realizar el acto del amor? Porque es la única manera de evitar que inmediatamente después de terminar el acto se dé la vuelta y se ponga a roncar… Ovonio Brandbolier, ya lo sabemos, es el hombre más perezoso del condado. Una mañana su esposa le preguntó: “¿Qué vas a hacer hoy?”. “Nada” –respondió lisa y llanamente el haragán. Le indica con acrimonia la señora: “Lo mismo hiciste ayer, y antier, y anteayer”. “Sí –reconoce Ovonio-. Pero no he terminado”. (El grandísimo poltrón no completaba en toda su vida un turno de 8 horas de trabajo)… Himenia Camafría, madura señorita soltera, iba por un oscuro callejón, y le salió al paso un individuo que la amenazó con una navaja. “No se alarme –le dijo el asaltante-. Lo único que quiero de usted es su dinero”. “Dinero, dinero –repitió, mortificada, la señorita Himenia-. Todos los hombres son iguales. Lo único que les importa es el dinero”… El director de publicidad de una empresa cigarrera quiso contrarrestar los efectos de la campaña de salud en que se advierte a los fumadores que el vicio de fumar puede ser causa de muerte. Para eso se propuso hallar a alguien que después de ser fumador toda su vida gozara de buena salud. Luego de mucho buscar encontró a un hombre de 80 años que tenía aspecto saludable a pesar de que se fumaba dos cajetillas de cigarros cada día. Le preguntó: “¿Quiere participar en un comercial de televisión? Le pagaremos bien”. “Sí –respondió el tipo-. Pero el comercial tendrán que filmarlo por la noche”. “¿Por qué?” –se extrañó el otro. Explica el individuo: “Porque hasta las 7 de la tarde dejo de toser”… Casandro Malsinado tenía poca suerte. Un hado adverso lo perseguía de continuo. Cierta noche contrató los servicios de una mujer de la calle, daifa, zorra, buscona, ramera, perendeca o maturranga. En el motel ella le dijo: “Por favor, no en nuestra primera cita”… La nietecita le preguntó a su abuela: “¿Cuántos años tienes, abue?”. Respondió la señora: “60”. “¿60? –exclamó la niñita con asombro-. ¡Caramba! ¿Y empezaste desde uno?”… Le dijo un niño a otro: “Mi papá le gana a tu papá”. “¡Uh, qué chiste! –se burló el chiquillo-. ¡Mi mamá también le gana!”… La esposa de don Languidio, senescente caballero, le comentó a una amiga: “Mi marido está tomando fósforo. Pero de nada le sirve: nunca prende”… Otro señor se quejaba: “En el aspecto sexual mi matrimonio es un fracaso. Yo tomo Viagra. Mi mujer toma hierro. Y cuando yo estoy listo ella está oxidada”… Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, fue con su esposa y su suegra a Nueva York. “Yerno –le dijo la señora al tal Capronio-, me gustaría subir al Empire State”. “No lo haga, suegra –le aconsejó el majadero-. Podría ser atacada por aviones biplanos”. (¡Como el gorila King Kong en la película, le quería decir el desgraciado!)… Babalucas, por su parte, viajó a Roma con su mujer. Al regresar un amigo le preguntó: “¿Vieron al Papa?”. “Claro que no –respondió el tontiloco-. El Papa es invisible”. “Baba –le apunta su señora-: la palabra es ‘infalible’”… Dos políticos de pueblo fueron al cementerio a buscar nombres de muertos para ponerlos en el padrón electoral y simular en la próxima elección que habían votado por su partido. Llegaron a una lápida que decía: “Aquí yace Iñaki Arregorrigobarretecheurrindinagagorricochea”. Al ver lo largo de ese vascuence nombre uno de los políticos le dijo al otro: “Vamos a saltarnos a éste”. “¡Ah no! –protestó con vehemencia el compañero-. ¡Tiene tanto derecho a votar como los otros!”… Los recién casados iban a pasar su primera noche en casa de los papás de ella, para tomar el avión al día siguiente. El cuarto de la chica estaba junto a la recámara de sus papás. Y sucedió que cuando quisieron hacer ciertas cositas la cama empezó a rechinar sonoramente. Apenada, la muchacha le propuso en voz baja a su flamante maridito que mejor fueran a un hotel cercano. Tomaron, pues, una valija para poner en ella algunos efectos personales. Al cerrarla se dieron cuenta de que la maleta no cerraba bien. En su cuarto los papás oyeron que su hija decía: “Déjame sentarme en ella”. Eso los incomodó, claro. Pero luego escucharon al novio decir: “Déjame sentarme en ella ahora yo”. Al oír tal cosa el señor se levantó apresuradamente de la cama y le dijo a su mujer: “¡Eso yo tengo qué verlo!”… FIN