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Cuentos del domingo...

Un sujeto de nombre Herculano Pitorreal fue dotado con mucha generosidad por la naturaleza. En el baño de vapor lo vio un hombrecito que mostraba menguados atributos de entrepierna. El tímido señor felicitó a Pitorreal. Le dijo en tono admirativo: “Lo envidio con sana envidia, amigo mío. A usted le sobra lo que a mí me falta’’. “Dígame una cosa –preguntó el otro bajando la voz-. Lo suyo ¿le funciona?’’. “En cuanto a eso no tengo queja alguna -respondió el gurrumino-. Jamás me ha hecho quedar mal’’. Al oír esa declaración el hombre le propuso tímidamente al señorcito: “¿Cambiamos?’’... En la penumbra de la sala cinematográfica se escuchó una voz de mujer que decía muy indignada: “¡No me importa que se llame Napoleón! ¡Precisamente por eso debe usted meter la mano en su pecho, no en el mío!’’... La señorita Peripalda compró un loro en la calle. Al llegar a su casa se consternó al darse cuenta de que el perico era maldiciente: de inmediato el pajarraco se soltó diciendo contumelias e improperios. La piadosa catequista consultó el caso con el buen Padre Arsilio, y éste le dijo: “Tengo una periquita que se pasa el día rezando. Llevemos ahora mismo con ella a este infame loro. Seguramente con el ejemplo de mi piadosa ave se le quitará lo majadero”. En efecto, tomaron al perico y lo llevaron con la cotorrita, que precisamente en ese momento estaba rezando con profunda devoción. “¡Hola, preciosa! -le dijo el ruin perico tan pronto lo metieron en la jaula-. ¿Follamos?”. Al oír aquello la periquita alzó los ojos al cielo y exclamó: “¡Gracias, San Antoñito! ¡Por fin me hiciste el milagro que en mis oraciones te pedía!”... Una gallina iba caminando por la carretera. Llegó una aplanadora y le pasó por encima. Se levantó la gallina, se sacudió las plumas y dijo luego con admiración: “¡Esos son gallos, no ingaderas!”... Un padre de familia sospechó que su hijo adolescente estaba obsesionado con el sexo, y lo llevó con un psiquiatra. “Doctor –le dijo al analista-. Creo que mi hijo sufre una obsesión sexual. Quiero que lo examine’’. El facultativo se volvió hacia el mozalbete y le dijo: “Responde a esta pregunta, joven: ¿qué es una cosa que el Papa tiene, pero no usa?’’. “Su nombre original’’ –respondió al punto el muchacho. “Ahora dime -continuó el siquiatra-. ¿Qué es lo primero que se les agranda a las mujeres cuando se casan?’’. “También el nombre” –contestó sin vacilar el jovenzuelo. El analista entonces le dijo al genitor: “Su hijo está perfectamente bien, señor. No tiene ninguna obsesión sexual’’. “Gracias, doctor -contestó el hombre-. Pero mañana vendré a que me trate a mí. No contesté bien ninguna de las dos preguntas’’... Era el octavo round ,y Kid Grogo no había tirado aún ni un solo golpe. “¿Qué te pasa? -le dijo su manager, furioso-. ¡Estamos aquí para que ganes la pelea, no el Premio Nobel de la Paz!’’... Se celebraba un importante congreso de feministas. Algunas viajaron por ferrocarril a la ciudad donde tendría lugar la convención. En el tren recibieron una noticia sumamente grata: toda la tripulación del convoy estaba formada exclusivamente por mujeres. Maquinista, conductora, garroteras, inspectora, agente de publicaciones; todas eran mujeres. “¡Fantástico! -exclamó con entusiasmo una de las pasajeras-. ¡Para celebrar este nuevo triunfo de la mujer pidamos a la maquinista que haga sonar el pito de la locomotora!’’. “Lo siento -le dijo la conductora-. En este tren no se permite ningún pito’’... Don Chinguetas y su esposa doña Macalota hacían un viaje por Holanda. El guía les relató la historia del niño que tapó con su dedo el agujero que se había hecho en un dique, y con eso evitó que la pared cediera. Así salvó a los habitantes de la aldea de perecer ahogados. Esa noche, en el hotel, el señor despertó en medio de la noche al sentir que algo extraño estaba sucediendo. En efecto, se dio cuenta de que su esposa tenía una tremenda pesadilla. De inmediato la despertó. Ella le dijo: “Qué bueno que me despertaste, Chin. Estaba soñando diques. En uno de ellos vi llena de angustia un agujero. Para impedir que el dique fuera a reventar tapé el agujero con mi dedo, como hizo el niño holandés”. “Todo fue un mal sueño, mi amor -la tranquilizó él-. Anda, vuelve a dormir. Y, por favor, ya quítame el dedo de ahí donde lo tienes”... FIN