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Cuentos de Babalucas y m谩s

Babalucas invitó a salir a una muchacha. Al día siguiente un amigo le preguntó: “¿Cómo te fue con esa chica?”. “Muy mal -respondió tristemente el tontiloco-. Me salió dormilona”. “¿Dormilona?” -se extrañó el amigo-. “Sí -explica Babalucas-. A eso de las 11 de la noche me preguntó que a qué horas nos íbamos a acostar”... Un señor estaba en el lecho de su última agonía. De la cocina le llegó un aromático perfume de cafecito recién hecho. El infeliz llamó a su hijo, y con voz apenas audible le pidió: “Dile a tu madre que me traiga una tacita de café. Será el último que beba en mi vida”. Fue el muchacho, y regresó a poco: “Dice mamá que el café es para el velorio”... Afrodisio, el novio de Susiflor, se puso muy romántico en el cine. Le preguntó a su novia: “¿De quién son esos ojitos tan hermosos?”. “Tuyos” -respondió tímidamente Susiflor. “¿Y esa naricita tan linda?”. “Tuya”. “¿Y esa boquita preciosa?”. “Tuya”. “¿Y ese cuello de gacela?”. “Tuyo”. “¿Y esos hombros divinos?”. “Tuyos”. “¿Y esa cintura de palmera?”. “Tuya”. La enumeración de los encantos de su dulcinea había puesto al tal Afrodisio en urente estado de pasión. Eso lo llevó a preguntar con impudicia: “Y estas pompis tan lindas ¿de quién son?”. A esa pregunta Susiflor no respondió. “¿De quién son estas pompis?” -insistió Afrodisio subiendo más la voz. Susiflor guardó silencio. “¿De quién son estas pompis?” –repitió el lúbrico galán con voz más fuerte aún. Entonces se oyó gritar a un individuo: “¡Enciendan la luz, que aquí andan perdidas unas pompis y la dueña no aparece!”… ¿Existieron los Reyes Magos? Quién lo sabe. En la Catedral de Colonia vi las urnas donde según la leyenda se guardan los sagrados restos de Melchor, Gaspar y Baltasar. Esa leyenda viene de San Beda, un hagiógrafo que habló de los tres sabios venidos del Oriente. Sus nombres, claro, son invento. No cabe duda, sin embargo –los astrónomos lo han determinado-, de que por el tiempo del nacimiento de Jesús surgió un cometa o cosa parecida que suscitó el asombro e interés de los magos o sabios de aquel tiempo, y que posiblemente originó el relato de los tres poderosos personajes que acudieron al portal de Belén y dejaron ahí sus dones de oro, incienso y mirra. Posiblemente lo de los magos es un mito. Pero la leyenda ha calado muy hondo en la conciencia popular, y ayer la fiesta de Reyes fue celebrada con júbilo en muchos sitios del planeta. En la Ciudad de México esa festividad es entrañable, sobre todo para los niños, y reviste la animación y colorido que suelen tener todas las fiestas mexicanas, incluida la del Día de Muertos. No hablemos de antiguos mitos, pues, sino de realidades actuales, y reconozcamos una vez más que con frecuencia el mito –que no necesariamente quiere decir mentira- tiene más fuerza que la verdad histórica. Conservemos fiestas como la de ayer, pues para bien o para mal la globalización viene arrasando con la identidad de los pueblos. Llegará el día en que no existirá prácticamente ninguna diferencia entre una nación y otra. Afortunadamente yo no veré ese día –a mí me gustan las diferencias-, pero en tanto llega disfrutemos de estas fiestas que no sólo nos alegran, sino que en cierto modo nos definen… Un individuo fue al Seguro y pidió ver al siquiatra. Andaba siempre muy nervioso, le dijo; no podía dormir. Después de examinarlo le indicó el analista: “No tiene usted nada. Lo único que necesita es hacer el amor de vez en cuando para aliviar la tensión que ahora siente”. Así aconsejado el tipo fue a una casa de mala nota y requirió los servicios de una de las coimas que en aquella manfla o burdel hacían comercio con su cuerpo. Acabado el trance amatorio el individuo dio las gracias y se dispuso a retirarse. “Oiga usted -reclamó la mesalina-. No me ha pagado”. “Que te pague el Seguro –replicó el sujeto-. Yo vine aquí por prescripción médica”... Rosibel y Susiflor fueron de vacaciones a Cancún. En la playa vieron a un hombre joven alto, fornido, de ancha espalda y musculosas piernas. “¡Mira qué cuero! -exclamó Susiflor llena de admiración-. ¡Lo que podría yo hacer con ése!”. Rosibel menea la cabeza, y dice con escepticismo: “No sé, no sé. Una vez conocí a un tipo que tenía cochera para dos automóviles, y lo único que guardaba en ella era una bicicletilla”... FIN.
 
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