Cinco de Mayo

Nada más atinado que el parte de novedades que el General Zaragoza envió al Ministro de la Guerra vía telegrama, donde le pide que informe al Señor Presidente “que las armas nacionales se han cubierto de Gloria”.  El 5 de mayo fue un momento definitivo en muestra historia, pues no sólo refrendó el espíritu indómito de un pueblo que se crece ante las adversidades, sino que borró el trago amargo que los mexicanos teníamos desde la fatídica derrota frente a los norteamericanos, en 1847.  La defensa mexicana fue excepcional. Pues un ejército mandado por brillantes militares, pero desgastado por una cruenta guerra civil, con los uniformes raídos, con cañones que eran piezas de museo y fusiles ingleses que databan de Waterloo, derrotaron a los primeros soldados del mundo.  Los franceses eran veteranos de Magenta, Crimea y Solferino, que contaban con el mejor equipo y entrenamiento de la época. En esas coincidencias de la historia, los franceses fueron derrotados en el aniversario luctuoso de Napoleón I, y con los fusiles que lo vencieron en Waterloo, no en vano era la primera ocasión en 30 años que un corneta del Ejército Francés tocaba retirada.  Entre los militares brillantes que acompañaron al genial Zaragoza, se encontraban Miguel Negrete, Felipe Berriozábal, los tres Juanes de la sierra y pésele a quien le pese, quien fue probablemente la mejor espada de la República en la lucha contra la Intervención  y el Imperio: Porfirio Díaz.
El 5 de mayo fue un hecho de armas que aunque pretendió ser minimizado por los vencidos, tuvo incluso repercusiones de talla internacional, pues evitó la posible unión de las tropas de Napoleón III con los confederados norteamericanos que en esos momentos luchaban contra Lincoln. A México esta victoria no sólo le dio la certidumbre de que se podía vencer al invasor, sino que retrasó la caída de la Ciudad de México un año, y obligó a los franceses a aumentar su contingente de 6 mil hombres a más de 30 mil.  Muchos reveses y años de sacrificio sucedieron el 5 de mayo, pero fue el espíritu de aquella victoria lo que mantuvo viva la llama de la Independencia y que permitió el triunfo en Querétaro, en 1867, fue también la chispa que mostró al mundo la tenacidad, la legalidad, y la estatura de Juárez y de todo un pueblo en armas, hace unos días, José Emilio Pacheco escribió que México se inspiró en Francia y Estados Unidos para su alcanzar su independencia, y que estas potencias le pagaron con desprecios e invasiones, sin embargo, el sacrificio y la victoria del 5 de mayo dieron cuenta que México no se dio por vencido, y que luchó hasta restaurar su soberanía y su independencia.
Hoy más que nunca, es imprescindible recordar la gesta de Puebla, no como una efeméride, o como el feriado más celebrado por los mexicanos al norte de la frontera, sino como una lección de vida, de cómo México, aun en momentos más negros y de más incertidumbre que los actuales, ha logrado salir adelante, de cómo los mejores hombres y mujeres saben estar presentes al momento de su cita con el destino y con la historia, y también de cómo cuando nos unimos todos por un bien supremo y común, en este caso México, la victoria y la gloria también nos asisten.
No pretenden estas líneas ser un discurso patriótico, aunque nuestros héroes merecen mil, pretenden dejar constancia de que quienes concurrieron a la Batalla de Puebla fueron mexicanos de carne y hueso, hombres comunes, como los que habitan nuestros campos y ciudades, mexicanos con vidas cotidianas, con problemas, con alegrías, con tristezas, con familias, sin embargo, al vencer a las águilas napoleónicas, no sólo escribieron nuestra más grande historia bélica, sino que dejaron constancia de que al final, son más los mexicanos que valen la pena, que son más los de bien que aquellos que no son dignos de esta tierra.
 
opinion@diariodemorelos.com


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