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Cheek to cheek

“Bailar es lo mejor que un hombre y una mujer pueden hacer con los zapatos puestos”. Muy pegadito, cheek to cheek, como diría Irving Berlin, bailaba Libidiano con una linda y avispada chica de nombre Rosibel. En el deliquio de la danza el urente galán le dijo a la muchacha en tono de arrebato: “¡Rosibel! ¡Cuando bailo contigo siento que el corazón se me sale!”. “¡Caramba! –respondió ella con fingido asombro-. ¡No sabía que tuvieras el corazón tan abajo!”… Una muchacha de tacón dorado abordó en la calle a un individuo y le propuso ir a pasar un agradable rato en cierto hotel que servía para esos menesteres fornicarios, el Hotel Ucho. “Iré –aceptó el tipo-, pero sólo si me haces el amor como mi esposa”. “¿Cómo te lo hace?” –se interesó la daifa. Respondió con laconismo el hombre: “Gratis”…

El general Francisco Coss es uno de los personajes de la Revolución más queridos y recordados en Coahuila. El pueblo guarda la memoria de su hazaña: jinete en su caballo se arrojó gallardo y solo contra las fuerzas que asaltaron a su ciudad, Saltillo; lazó el cañón con que los atacantes diezmaban a los defensores y se lo llevó arrastrando a cabeza de silla entre las balas de los enemigos y los vítores entusiasmados de su gente. Hombre del campo, al terminar la lucha volvió a sus trabajos de la tierra, honrado y pobre como cuando marchó al combate. Conservó siempre su libertad, y un claro sentido de las cosas. Lázaro Cárdenas, presidente, lo invitó al reparto de las tierras en la comarca lagunera. La Laguna era un emporio. La gente que llegó ahí sin otro capital que el de sus brazos convirtió el erial en un paraíso de riqueza que compartían los dueños de los algodonales y quienes con ellos trabajaban. El Padre Nazas –así era llamado el río que, como el Nilo, fecundaba cada año con su limo aquel desierto- recibía como tributo anual un río de champaña vertido en su corriente con señorial desprendimiento por esos hombres que, salidos de la pobreza, habían hecho fortuna con su esfuerzo.

Vino el reparto agrario, y el Presidente Cárdenas quitó sus tierras a aquellos propietarios para entregarlas a los campesinos. Invitó a don Pancho Coss, revolucionario, a presenciar el acto en que la Revolución hacía justicia a los desposeídos. Al final de la ceremonia don Lázaro le preguntó qué opinaba acerca del reparto. El general Coss, como pesando sus palabras, rascó la tierra con el extremo del fuete que llevaba siempre, y luego respondió, pausado: “Mire usted, señor Presidente. A mí me gusta levantar al caído, pero sin tumbar al que ya se levantó”. El anhelo de la tierra, ideal revolucionario, dio lugar al ejido. Dichas las cosas lisa y llanamente, aquello fue un fracaso. Los sitios de producción se convirtieron en sitios de corrupción. El Banco Ejidal, o Banjidal, llegó a ser conocido como Bandidal. Los campesinos quedaron reducidos a la condición de menores de edad o incapaces sujetos a tutela que sólo servían para que se mantuviera en el poder del partido oficial, el PRI. Pese a atinadas reformas que se han hecho los ejidatarios siguen aún en esa situación de sometimiento, y no gozan de los derechos que un ciudadano debe tener, entre ellos el derecho de propiedad. Son mexicanos de segunda, sujetos todavía a una organización anacrónica, obsoleta, calcada en su tiempo de la Rusia soviética y que no tiene ya razón de ser. Los ejidatarios están atados a la tierra, como los siervos de la gleba medievales o como los peones acasillados que pintó la leyenda negra de las haciendas mexicanas. Liberar plenamente a los campesinos de esa servidumbre sería el primer paso para lograr que el campo mexicano produzca más. Y ya no sigo, porque estoy muy encaboronado… La novia de Babalucas le confesó con franqueza, mirándolo a los ojos: “Estoy viendo a otro hombre”. “No –replicó el badulaque-. Soy el mismo”… Al final de un pleito judicial el abogado de don Algón le anunció jubiloso: “¡Triunfó la justicia!”. Exclamó el ejecutivo con enojo: “¡Apele inmediatamente!”… Le contó Susiflor a Dulcilí: “Tengo ya 5 años de relaciones con mi novio, y le sigo gustando como soy”. Pregunta Dulcilí: “¿Cómo?”. Responde, mohína, Susiflor: “Soltera”… Don Languidio, senescente caballero, se quejó injustamente de un conocido refresco. Relató con molestia: “Ese famoso 7-Up no sirve para nada. Me tomé siete, y ni una sola vez se levantó”. (No le entendí)… FIN

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