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Celerino, Churchill y más...

Celerino Pitoflash era el amante más rápido de la comarca. Las muchachas a quienes cortejaba ni siquiera tenían tiempo de decirle: “No soy de ese clase de chicas”, porque cuando empezaban a decirle eso ya lo eran. Sucedió, sin embargo, que Pitoflash se enamoró súbitamente de una linda joven, e ipso facto fue a pedir su mano. Le dijo el papá de la muchacha: “Tienen ustedes muy poco tiempo de conocerse. Entiendo que sólo se han tratado una semana. Creo que deberían esperar un poco”. Replicó Pitoflash: “Con todo respeto, señor, permítame informarle que ella ya está esperando”... Esto que parece un chiste es en realidad una anécdota verdadera de sir Winston Churchill. Estaba en la Cámara de los Comunes pronunciando uno de sus vehementes discursos cuando un edecán se acercó a él y le entregó la tarjetita que alguien le enviaba. Molesto por esa interrupción sir Winston se caló sus gafas de media luna y leyó la tarjeta. Decía: “Trae usted la bragueta abierta’’.  Sir Winston, sin turbarse, se quitó los anteojos, los dobló con parsimonia, los guardó y luego dijo con toda calma a su auditorio: “Acabo de recibir un mensaje, enviado no sé si por un amigo que quiere advertirme o por un enemigo que quiere avergonzarme. Sea amigo o enemigo, para su tranquilidad le recuerdo este antiguo refrán: ‘Pájaro dormido no sale de su nido’’’. Y muy quitado de la pena siguió diciendo su discurso... Llorosa y compungida, la muchacha le informó a su novio que estaba un poquitito embarazada. “¡Pero Florilí! -se asustó el boquirrubio galán-. ¡Yo pensé que habías tomado alguna precaución!’’. Explicó ella: “No me cuidé porque ya tuve antes una experiencia semejante, y pensé que había quedado inmunizada’’... Y cuando despertamos el subcomandante Marcos todavía estaba ahí. Las manifestaciones que hicieron los indígenas de Chiapas el pasado día 21 son prueba de que persisten las condiciones que motivaron el levantamiento del primero de enero del ‘94. Pacíficas y silenciosas fueron esas demostraciones en las que participaron millares de hombres, mujeres y niños, y por lo mismo, más impresionantes y conmovedoras. Merecedor también de consideración es el escueto mensaje del subcomandante. Independientemente de su tono melodramático, efectista, contiene una exigencia que no se puede soslayar: la de justicia, democracia y libertad. Los mexicanos, es cierto, gozamos de un amplio margen de libertades. En el renglón del ejercicio democrático hemos avanzado mucho, siquiera sea cayendo y levantando. Pero en lo que hace a la justicia estamos trágicamente atrasados. Las carencias que sufren los pobres de México no han sido remediadas, y apenas han tenido algún alivio con programas paternalistas del Estado cuyas dádivas ni siquiera alcanzan a paliar las difíciles condiciones de vida de los marginados. Paciente y abnegado es nuestro pueblo, pero ni su paciencia ni su abnegación son infinitas, y puede llegar el momento en que su irritación provoque una movilización cuyas consecuencias ni siquiera podemos ahora imaginar. Hemos visto episodios de vandalismo urbano, y cotidianamente padecemos los efectos de la violencia criminal. Me pregunto si acaso la situación que prevalece es advertencia de males aún mayores. Sin palabras los pueblos indígenas de Chiapas nos están recordando la injusticia que prevalece en México. No desoigamos su silencio, ni pensemos que su demostración es anecdótica, y que tranquilamente la podemos olvidar. Si hacemos eso, cuando despertemos un estallido social estará aquí… El riquísimo petrolero texano llamó a su no menos rico amigo y le dijo que fuera a su casa, pues quería mostrarle algo muy especial. Y sí que era muy especial aquello: el petrolero se había comprado el ataúd en que lo sepultarían a su muerte. Era de oro sólido, con aplicaciones de diamantes, rubíes y esmeraldas. “¿Cuánto te costó?’’ -le preguntó el amigo. “Cinco millones de dólares’’ -respondió muy orgulloso el petrolero. “¡Cómo eres indejo! -le reprochó el amigo-. ¡Por uno o dos millones más podrías haberte hecho enterrar en un yate!’’... Llamaron a la puerta, y el niño le dijo a su mamá: “Es el casero, que viene por la renta”. Respondió la señora: “Dile que ya voy, y ofrécele una silla para que se siente mientras me arreglo un poco”. Regresa el niño: “Dice el casero que ya le debes 11 meses, y que una silla no es suficiente; que tendrás que ofrecerle una cama”... FIN.

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