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Burlando la muerte

El nevero pasaba luego de la hora de la comida. Los primeros calores de julio reclamaban algo fresco, y más en agosto, cuando los perros con la lengua de corbata correteaban a las perritas en celo, coronada la disputa por el espectáculo que escandalizaba a las viejas beatas y divertía a los chamacos precoces. Cargaba sobre los hombros un bote de madera y calzaba botas mineras, de suela de llanta. (Bromeaba: “marca Goodrich Euskadi, para morir iguales”.) Su voz traspasaba los muros, llegaba al interior de las casas y el solo pregón de “¡nieve de lechi!” nos hacía agua la boca. Por años lo escuchamos los de la pandilla de la cuadra próxima a la plaza de toros, al cabo convertida en hotel de cinco estrellas: el típico niño gordo a quien dábamos carrilla (o sea, bullying); el chavito fresa cuya compañía condicionábamos a que nos saludara a su hermana la güerita, y el hijo de la mamá más mocha del barrio que lo metió al seminario, pero desertó porque su verdadera vocación no era la de sacerdote, sino ser padre de más de cuatro. Hasta que un día no oímos al nevero. Extrañamos su presencia, pero sobre todo la nieve de leche, dulce, cremosa, servida en cazuelitas de harina y canela, de veinte centavos con dos bolas y diez con una. Por la noche nos enteramos: el nevero estaba muerto. Algunos fuimos a la velación, con permiso de los papás, y a otros que no se lo dieron, se escaparon. El nevero, de quien nunca supimos su nombre, yacía sobre la mesa colocada en el medio de la única estancia que era a la vez sala, dormitorio y cocina. Tenía cerrados los ojos y vestía el overol de mezclilla con que siempre lo vimos. Asomadas las puntas gastadas, las botas de minero parecían esperarlo debajo la cama. Cuatro cirios rodeaban el cuerpo, y en la entrada de la vivienda paupérrima una canastita acumulaba las monedas 0-720, de plata tintineante que depositaban los amigos del nevero para comprar el ataúd. No sin antes gorrear un cafecito “sin piquete” (el chorrito de alcohol del 99 sólo para los adultos), los chavitos nos retiramos por ahí de la medianoche. Se podía, estábamos de vacaciones y la levantada no era tempranera. Al otro día seguimos extrañando al nevero gritón. Nos habíamos acostumbrado a su paso puntual y a sus ocurrencias hilarantes. Fue hasta una semana después que el chisme corrió por el barrio. Contaron que ya de madrugada la viuda y un compadre del difunto se quedaron solos, velando el cuerpo. Agotados por el cansancio, a punto de vencerlos el sueño, la viuda creyó ver que su marido abría los ojos. Pero no era su imaginación. De pronto, el nevero se incorporó, observó las velotas encendidas, y al ver a su mujer y su compadre abrazados, aterrados, pensó que le ponían los cuernos. Soltó una retahíla de maldiciones y exigió su bote para empezar a hacer la nieve. No estaba muerto. “Fue un ataque de catalepsia”, diagnosticó el médico. En el barrio le pusimos “El Aparecido”, y cuando nos portábamos mal, las mamás nos decían que se nos iba a aparecer “El Aparecido”. Pero no conseguían asustarnos. La nieve de lechi superaba nuestro miedo... (So pretexto de los días de muertos, que disculpen los  tres lectores este cuento corto del atrilero)… ME LEEN EL DOMINGO.

perez.duran@diariodemorelos.com
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