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Babalucas, Serafín, Querubino y más

La mamá de Babalucas le preguntó a su hijo: “Esa muchacha con la que te quieres casar, ¿es buena?”. “Muy buena, ‘amá -aseguró el badulaque-. A todos les cobra 2 mil pesos, y a mí nada más mil”... Serafín y Querubino, dos ángeles del cielo, iban volando por el éter. Le dice uno al otro: “El observatorio anuncia nubes para hoy en la tarde”. “¡Qué bueno! –se alegró el otro-. Ya no veo la hora de sentarme un rato”... Pepito le propuso a Rosilita: “Enséñame tu destino, y yo te enseñaré el mío”. Preguntó muy intrigada la pequeña: “¿Qué es el destino?”. Y respondió Pepito: “¿Qué no lees los periódicos? Cuando una mujer y un hombre se van a casar, el periódico dice que van a unir sus destinos. Enséñame el tuyo y yo te enseñaré el mío”... Lord Feebledick volvió a su casa después de la cacería de la zorra y encontró a su mujer, lady Loosebloomers, en pecaminoso ayuntamiento de copulación con Wellh Ung, el membrudo jayán encargado de la montería. (Y bien que montaba el mocetón.) “¡Ah, bellaco! -rebufó milord, esgrimiendo la fusta que llevaba-. ¡Te voy a enseñar!”. Lo detuvo lady Loosebloomers, que en trances como ése dio muestras siempre de gran presencia de ánimo. “Repórtate, Feebledick –le dijo-. El que podría enseñarte algo a ti es él”... El mensaje de toma de posesión de Enrique Peña Nieto causó buena impresión. Quienes lo califican de iletrado deben haberse sorprendido por la forma en que dijo su discurso, por la prestancia que mostró. Presidentes hemos tenido, claro, que hicieron salida de jaca andaluza y llegada de mula manchega. Recuerdo particularmente a José López Portillo. Después de aquel desastre que fue Echeverría, la oratoria de quien lo sucedió sosegó como por arte de magia el ánimo de la República y devolvió a los mexicanos la confianza. Tres años duró ese sentimiento. Empresario de Monterrey hubo que en público dio gracias a Dios por tener un Presidente como don José. Después vino el desplome -¡ah, cuántos desplomes han venido!-, y López Portillo se entregó al desmadre. Fue un reyezuelo cuyos desplantes y frivolidades, más allá del mero anecdotario personal, hicieron grave daño a la Nación. No creo que eso se pueda repetir. Los presidentes de hoy no pueden ya volver a ser como los del pasado. Más bien han empezado a ser como los del futuro. Enrique Peña Nieto no es lo que sus enemigos dicen, un títere movido por oscuras fuerzas tras el trono. Por principio de cuentas, ya no hay trono: las fuerzas sociales emergentes hacen ahora imposible su existencia. Yo veo en el mexiquense a un político que, a pesar de su juventud, ha madurado ya. Una temprana muestra de eso fue el Gabinete que nombró, y que ha sido bien visto aún por quienes no lo ven con buenos ojos. En cuanto a las protestas de los protestantes por profesión, esos que esperan ser golpeados con la esperanza de golpear, no cabe hacerles demasiado caso. Peña Nieto llega a su cargo fortalecido por una elección clara y, bien podría decirse, contundente. Yo espero de él un buen gobierno, hábil, conciliador, incluyente y capaz de modernizar a este país, atado todavía a dogmas que por ser tan pretéritos no tienen porvenir. Esperemos, lo mismo en el sentido de aguardar como en el de no renunciar a la esperanza… La luciérnaga hembra dejó por fin que la luciérnaga macho le hiciera el amor. En el momento en que éste consumó la unión, cayó un rayo. Se iluminó todo el cielo y se escuchó un horrísono fragor. “¡Caramba! –exclamó con asombro la luciérnaga hembra-. ¡Sí que traías ganas!”... El joven ejecutivo llegó agotado al bar. Le preguntó un amigo: “¿Qué te sucedió?”. Respondió el yuppie: “No funcionó  el internet, y tuve que entretenerme con mi secretaria”... Por fin, la aburrida pareja que estaba de visita se despidió. Les dijo el señor de la casa: “¿Se van tan pronto? ¡Pero si apenas llegaron hace 4 horas, 32 minutos y 55 segundos!’’... El cuento que ahora sigue fue prohibido tanto por la Liga de la Decencia como por la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Las personas que sufran males de pudicia deben abstenerse de leerlo... Libidiano, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le comentó a Afrodisio, un amigo tan salaz como él: “Cierta noche bebí tanto que le di a una muchacha un beso en el ombligo”. “¡Uh! -replica Afrodisio con desdén-. ¡Yo he bebido mucho más!”. (No le entendí)... FIN.
 
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