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Atril - Estas ruinas que ves

Probablemente el nuestro es el centro histórico más abandonado de las ciudades mexicanas, una verdadera vergüenza. Nunca como ahora lo habían infestado la mugre, el deterioro de calles y fachadas, el desorden en múltiples sentidos. Contadas las excepciones del mejoramiento urbano en  Hidalgo, Comonfort y otros espacios del entorno de la Plaza de Armas, Cuernavaca ofrece al turismo un panorama de descuido. Peor aún: restaurarla costaría varios cientos de millones de pesos que no hay en la tesorería del Ayuntamiento, imposible de realizar con recursos municipales y la avaricia de particulares la repavimentación de los miles de metros cuadrados de calles y avenidas infestadas de baches, pintar los frentes de establecimientos comerciales, substituir las telarañas del cableado eléctrico, construir guarniciones de banquetas, ordenar el comercio ambulante y semifijo, poner fin en tres palabras, a la desidia en la casa de los cuernavacenses que años de falta de mantenimiento la encaminan a convertirse en ruinas. Invitados funcionarios del Ayuntamiento por una de las agrupaciones de comerciantes del centro histórico a que constataran sólo una pequeña parte de la apatía, el tour nocturno del viernes no generará soluciones, solamente sirvió para el protagonismo de los convocantes. Una triste realidad. Y con otra: aparte del clima y la vegetación envidiables que todavía conservamos, muy poco podemos ofrecer al turista. La vida en Cuernavaca es tan o más cara que en ciudades consideradas, precisamente, como vida cara. Tijuana o Cancún, donde el ingreso de los trabajadores es mayor que los de aquí. Desde muchos años atrás en la aún Ciudad de la Eterna Primavera los precios de servicios y productos han rayado en el abuso. Se siente apenas pisa uno el De Efe o Puebla, para no ir más lejos, y se sorprenden los de Cuernavaca  que por primera vez visitan Guadalajara, Monterrey o El Bajío. En cuestión de precios Zacatecas es una delicia (40 o hasta 50% menores las tarifas hoteleras y restauranteras), y más bajas que acá en destinos turísticos del Pacífico (Acapulco o Puerto Escondido), del Caribe (Playa del Carmen) y Progreso, donde el mar esmeralda caribeño adquiere un tono apistachado. Aquí el abuso se volvió costumbre; el clima semicálido, la abundancia de árboles y flores, la tranquilidad y la cercanía con la Ciudad de México atrajeron a capitalinos adinerados y a extranjeros multimillonarios. La construcción de la carretera federal, en los treinta, y dos décadas después la apertura de la autopista encarecieron la tierra. Vendida por ejidatarios (o despojada, como fue el caso de Tabachines) brotaron como hongos las quintas finsemaneras, entonces de mil metros para arriba. La fama mundial de nuestras bellezas naturales levantó residencias fastuosas. Lázaro Cárdenas tuvo la suya en Palmira, Manuel Ávila Camacho se agenció varios cientos de miles de metros arriba a la derecha y en la avenida que lleva este nombre subsiste la casota de Luis Echeverría. A fines de los cincuenta Barbara Hutton, la excéntrica heredera de la cadena de tiendas Woolworth, se mandó hacer en Parres la mansión estilo japonés al cabo convertida en hotel. Pero si los fuereños traían dinero, la vida se volvió cada vez más cara para los lugareños, los restauranteros y los vendedores de inmuebles agarraron parejo, el comercio del centro vio a todos con ojos de billete y la cultura del abuso sentó sus reales. Ausente la autoridad en cosas de precios, los prestadores de servicios y vendedores de productos acabaron por ganarse la animadversión popular. Por eso a la gente hasta le da gusto que los metan en cintura, aunque ello ocurra muy de cuando en cuando, ocasionalmente sancionados por la Procuraduría Federal del Consumidor negocios del sector turístico por no exhibir tarifas y cartas de precios, eventualmente clausurados por inspectores  municipales  negocios del giro rojo que operan sin licencias de funcionamiento. Iniciados en la primera semana de este mes los trabajos de rehabilitación de la calle Ricardo Linares por parte del Gobierno Estatal, están bien, pero una golondrina no hace verano. Falta más, mucho más. Habría que darle el mismo tratamiento al boulevard Juárez, al tramo central de la avenida Morelos, a Obregón, a las cuestas de Salazar y Gutenberg, No Reelección, Degollado, Matamoros y todas las arterias que integran el núcleo histórico. Sí, pero cuándo. ¿Hasta que la ciudad comience a caerse en pedazos?.. ME LEEN MAÑANA.