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Atril: Cuando los pueblos se descomponen

Tlalnepantla era tan pobre que en los tiempos del viejo PRI éste batallaba para hallar un candidato a alcalde. La anécdota: Fines de los setenta. El delegado del partido aplanadora convence a un lugareño de que “se sacrifique por su pueblo”. Pone algunas condiciones, acepta la candidatura a regañadientes y antes de abandonar la oficina del segundo piso del viejo edificio de La Estación pregunta: “¿Quién me va a dar para mi pasaje?”… Los siguientes veinte años fueron de tranquilidad para este pueblo de Los Altos de Morelos, en los noventa comenzó su boom del nopal y, al igual que a los demás municipios, el Gobierno del Estado le transfirió la recaudación y el uso del impuesto predial. Desde entonces fue un tanto menos pobre, y aunque sus problemas parecieron limitarse a conflictos de política doméstica, el 14 de febrero de 2001 fue noticia nacional. Al anochecer de aquel día unos cuarenta guerrilleros cubiertos de los rostros con pasamontañas aparecieron en la pequeña comunidad de Felipe Neri. El segundo comandante de la Policía Municipal, Gaspar García Contreras, proporcionó a los medios detalles del evento inusitado. Recordó que llegaron de pronto y se dirigieron a los vecinos que se encontraban en el centro de la población. Dispararon sus armas al aire y dejaron los típicos mensajes de organizaciones rebeldes así como “pintas” de las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP)-Ejército Villista Revolucionario del Pueblo (EVRP)... La noche del 13 y la madrugada del 14 de enero de 2003 agentes de las  policías Ministerial y Preventiva recuperaron a tiros el Palacio Municipal para el grupo del alcalde Elías Osorio Torres, quien posteriormente sería depuesto. En medio de los balazos, los gritos y el incendio de una patrulla cayó muerto el lugareño Gregorio Sánchez Mercado. A la sazón diputado local, el hoy senador Fidel Demédesis Hidalgo culpó Eduardo Becerra Pérez –secretario general del gobierno de Sergio Estrada– de haber sido él quien le ordenó al coordinador de la Ministerial, José Agustín Montiel López, que abriera fuego contra los vecinos que tenían tomada la Presidencia… Tlalnepantla transcurrió unos meses en “calma chicha”, rota el 15 de septiembre de 2004 en el festejo de la independencia por una turba enardecida de la Comisión de Barrios y Poblados que irrumpe en la casa del ex alcalde Torres y golpean a su hija Bárbara Osorio Rayón, una chica de 18 años. Encolerizado, fuera de control, el tumulto va por Elías, quien a esas horas de la noche del “grito” se encuentra ausente. También allanan el domicilio del presidente del PRI municipal, Ricardo Espíndola Banderas, y al ser  pocos los efectivos de la Policía Preventiva Estatal, no pueden contener a la muchedumbre… A partir de ahí el pueblo productor de nopal disfruta otra década en paz. A diferencia de otros municipios donde la violencia del crimen organizado y los embates de la delincuencia menor se han enseñoreado, ahí no parece pasar nada. Pero su seguridad es engañosa. A media mañana del 16 de mayo pasado reaparece la violencia, un comando de pistoleros asalta la tesorería municipal y mata a la tesorera Jenny Sánchez Ramos. La gente no sale aún del asombro cuando la tarde de anteayer escucha una balacera sobre la cual hay dos versiones. Una, que policías del mando único atendieron una llamada de auxilio al Centro de Control, Cómputo y Comando (C4) porque un hombre robaba en una casa en Felipe Neri. Llegaron dos patrullas, el ladrón ya había huido, los uniformados se dieron a la tarea de buscarlo y en esas estaban cuando fueron tiroteados por sujetos que se desplazaban en una camioneta de redilas. Por fortuna ninguno de los policías resultó lesionado.  La otra, que un grupo de vecinos cercó a los policías estatales para impedirles que se llevaran al presunto ratero, que los retuvieron durante algunos momentos y sólo hasta que llegaron refuerzos de policías municipales pudieron llevárselo… Algo grave, pues, está sucediendo en Tlalnepantla que lo está descomponiendo. A leguas se ve que esta vez sus problemas no son de índole política, sino de una delincuencia que le ha echado el ojo. Si los malandros son de comunidades vecinas del estado de México o locales, es la autoridad quien debe investigar para contenerlos a fin de que la tranquilidad retorne. Y el gobierno ampliar la cobertura de los programas sociales. Como ese municipio, en las dos últimas décadas otros que empezaron a descomponerse fueron atendidos demasiado tarde... ME LEEN MAÑANA.