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Atril: Cuando los “grillos” se desilusionaron

Tras los asesinatos del catedrático Alejandro Chao Barona y su esposa Sara Alejandro Rebolledo, el lunes 5 de mayo, los críticos del Gobierno de la Nueva Visión festinaron una “ruptura de relaciones” entre el gobernador Graco Ramírez y la Universidad Autónoma de Morelos (UAEM). Las horas siguientes al doble homicidio fueron de protagonismo ramplón por parte de actores políticos, sedicentes o auténticos, ajenos a nuestra máxima casa de estudios que aprovecharon la ocasión para poner el dedo donde más le duele a la sociedad, la inseguridad pública, añeja, reconocidos los remanentes que vienen de al menos dos décadas atrás pero no por ello menos dolorosa para las víctimas de la delincuencia. El rector Alejandro Vera Jiménez hizo lo que le demandaba la solidaridad con la comunidad universitaria, exigiendo que fuera aclarado el caso de las muertes violentas del catedrático y su mujer. Rechazó que la investigación fuera “resuelta” con el típico “chivo expiatorio”, y en sólo 24 horas la respuesta de la autoridad fue la detención de los asesinos, indudables, confesado por ellos mismos por qué y cómo perpetraron el ataque mortal. Se desilusionaron entonces los “grillos” que presumieron el rompimiento de la relación institucional, presentes sí las expresiones discordantes que son parte de la naturaleza del hombre y la universalidad del pensamiento compuesta por entes pensantes y consecuentemente críticos. Puesto el paréntesis de un mes diez días por las actividades cíclicas de la Universidad, el  mismo Vera privilegió la relación Graco-UAEM, enfatizado en el segundo informe de aquél el respeto a la autonomía universitaria y el apoyo presupuestal de parte del Gobernador. ¿Cuál rompimiento, pues? Con los altibajos propios de personas que piensan, históricamente la relación gobierno-universidad ha sido de unidad en el objetivo común del bienestar común. La historia enseña, y la que sigue ilustra esta verdad: En 1964, a pocos días de que Adolfo López Mateos dejara la Presidencia de la República el gobernador Emilio Rivapalacio Morales le dijo al alcalde de Cuernavaca, Valentín López, que irían a la ciudad de México para despedirse del político mexiquense. Ya fuera porque el Gobernador y el Presidente Municipal se habían puesto de acuerdo o porque a Valentín se le prendó el foco, el caso fue que una vez en Palacio Nacional éste le sugirió a López Mateos que donara a Morelos el predio del Heroico Militar, o sea,  la obra negra del edificio principal de lo que después sería el campus Chamilpa de la Universidad. López Mateos accedió, y al instante le ordenó a Valentín que pidiera elaborar el acuerdo de donación, lo mecanografeó una de las secretarias de la Presidencia que conocía de memoria la redacción de este tipo de documentos y sólo se atoró momentáneamente para preguntarle a Valentín cuánta era la extensión, contestando la cifra que primero se le ocurrió: un millón de metros cuadrados. El acuerdo fue publicado en la siguiente edición del Diario Oficial de la Federación. Morelos ya tenía un terreno para su Universidad... pero ahí no termina la anécdota. Sucedió que semanas después de que López Mateos le había entregado la Presidencia a Gustavo Díaz Ordaz le telefoneó a Valentín diciéndole que quería conocer lo que había donado. Fueron Valentín y don Emilio a esperarlo a los límites con el Distrito Federal, debiendo soportar el trayecto a Cuernavaca en el convertible deportivo que, fiel a su costumbre, el ya ex Presidente condujo a más de ciento cuarenta kilómetros por hora. Cuando por fin llegaron a Chamilpa (atoradas las prendas masculinas en el cogote por el susto) don Adolfo observó las columnas, la escalinata y la loza de la obra negra infestada de yerba en la que pastaban unas vacas. Callado, pensativo, volteó la mirada al valle de Cuernavaca. Guardó silencio otros instantes y de pronto exclamó: “¡Son ustedes un par de pendejos! ¿Por qué no me dijeron cómo estaba esto, que aquí no había nada? Les habría dado algún dinero para que empezaran la obra”. Pasados unos días don Adolfo le volvió a telefonear a Valentín: “Habla con Emilio y dile que vayan a ver a José Espinosa Iglesias. Lleven un certificado de entero. Les va a entregar un dinero para la Universidad”. Así lo hicieron. Espinosa era el dueño del Banco Nacional de Comercio y manejaba los recursos de una fundación norteamericana que donó diez millones de pesos para empezar la construcción de las instalaciones de Chamilpa… ME LEEN MAÑANA.