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Atributo Varonil, Echeverria, cuentos y más

Leovigildo Chairaloca, joven galán recién casado, notó un día que su atributo varonil estaba creciendo. (El relato continúa al final)… Luis Echeverría Álvarez dedicó una buena parte de su sexenio a adular a la juventud. Hizo eso porque el 68 le pesaba. Surgió entonces una generación de políticos a quienes se llamó los Gerber, por la marca de alimentos para bebé. Con ellos se formó una “efebocracia” que por fortuna desapareció junto con su creador. Grillitos cantores que no llegaban a la treintena de años ocuparon puestos elevados sin otro mérito que el de tener pocos almanaques. Esa adulación abarcó a todos los jóvenes. En aquel tiempo era yo director de una preparatoria, el glorioso Ateneo Fuente, de Saltillo, y fui invitado a ir a Los Pinos con un grupo de mis estudiantes. El Presidente nos recibió a la hora fijada, las 7 de la tarde. Después de un breve intercambio de saludos nos pidió que nos quedáramos a cenar con él. La cena –echeverrista cena, austera y parca- se sirvió a la una de la mañana, luego de que Echeverría acabó de despachar. En el ínterin una especie de secretario, armado con libreta y lápiz, me preguntó qué le íbamos a pedir al Presidente. Yo no sabía que debíamos pedirle algo. Tímidamente me atreví a decir que mi escuela necesitaba un autobús. En efecto, cada año llevábamos a grupos de muchachas y muchachos, escogidos mediante concurso, a las temporadas de ópera y conciertos en Monterrey; a las grandes exposiciones –como aquella, inolvidable, del Museo del Prado- en la Ciudad de México, y al Festival Cervantino, después de hacerlos leer, completos, el Quijote, las Novelas Ejemplares y los Entremeses. El autobús en que hacíamos los viajes era incómodo, y muy viejo ya. “¿Qué más van a pedirle al Presidente?” –preguntó el secretario después de anotar lo del camión. No supe qué decir. “¿Por qué no pide un laboratorio de idiomas?” –sugirió. “Está bien –acepté-. Un laboratorio de idiomas”. Apuntó el funcionario, y dijo luego: “Supongo que equipamiento deportivo tampoco les vendría mal”. Y antes de que yo pudiera contestar escribió en su libreta: “Equipamiento deportivo”. Otras variadas solicitaciones anotó también, sugeridas todas por él. Al final de la cena el Presidente de la Sociedad de Alumnos leyó la lista de peticiones ante su homólogo, el Presidente de la República. Todas fueron obsequiadas de inmediato, y aun quedó flotando en el ambiente la generalizada sensación de que habíamos pedido muy poquito. ¡Ah, cómo aduló Echeverría a la juventud de mi Patria! Si bien por razones completamente distintas, Enrique Peña Nieto necesita igualmente congraciarse con los jóvenes. Desde luego su estigma está muy lejos de ser como el de Echeverría. Lo suyo fue un mero incidente de campaña -el de la Ibero- que alguno de sus colaboradores manejó muy mal y que intereses muy interesados se encargaron luego de magnificar. A eso se añadieron los desórdenes del día primero de diciembre, con las obligadas acusaciones de represión y falta de justicia. Es evidente, sin embargo, que la juventud no está con Peña Nieto, pese a que él mismo es tan joven. ¿Cómo ganársela? Claro está que no con el elemental procedimiento echeverrista de la adulación y de la dádiva. Si yo fuera asesor presidencial respondería: “Con la creación de empleos”. La inquietud que se observa entre los jóvenes, no sólo en México sino también en otros países más desarrollados, es resultado de su incertidumbre ante el futuro. (Mis inquietudes, en cambio, derivan del pasado). Si Peña Nieto crea oportunidades para los jóvenes podrá llegar a una reconciliación con ellos y –sobre todo- preservarlos de los muchos y muy variados males que originan el desempleo y la desocupación… Cuando Leovigildo Chairaloca, joven galán recién casado, notó que el emblema de su varonía estaba creciendo, atribuyó ese fenómeno al ejercicio cotidiano a que últimamente había sometido a dicha parte, y no le dio importancia. Sucedió, empero, que el crecimiento continuó –llegó a ser de una pulgada cada día-, de modo que en compañía de su mujercita el joven Chairaloca fue a consultar al doctor Ken Hosanna, famoso especialista en patologías penianas. Después de examinar con detenimiento a su paciente el médico dictaminó: “Lo único que puedo hacer en este caso es cortar”. Preguntó de inmediato la esposa de Leovigildo: “¿Cuánto tiempo deberá usar muletas mi marido?”. “¿Muletas? –se sorprendió el facultativo-. ¿Por qué piensa usted que después de esta operación su marido deberá usar muletas?”. “Bueno –explicó la muchacha-, supongo que lo que va a cortarle usted es un tramo de las piernas, para alargárselas ¿no?”… FIN.
 
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