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Antonio López de Santa Anna

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, se dirigió a la azafata del jet y le dijo con voz  llena de escándalo: “¡Señorita! ¡En el último asiento del avión una pareja está haciendo el amor! ¡Yo pensé que esta línea aérea era una aerolínea decente!”. La muchacha se apresuró a ir a la parte trasera de la cabina. En efecto: un hombre y una mujer estaban ahí haciendo el foqui-foqui. (Así se dice en la frontera norte para nombrar al concúbito carnal). La sobrecargo dijo a los folladores: “En este momento deben ustedes enderezar el respaldo de su asiento, plegar la mesita delantera, mantener abierta la persiana de la ventanilla y abstenerse de usar equipos electrónicos. También deben dejar de hacer el amor”. “Señorita –replicó el individuo sin suspender sus erótico meneos-, usted dijo al principio: “Éste es un vuelo de no fumar’. En ningún momento dijo: ‘Éste es un vuelo de no follar’”… Rica, riquísima es la herbolaria mexicana. Basta darse una vuelta por el Mercado Sonora, en la Ciudad de México, para darse cuenta de que en este maravilloso país nuestro hay hierbas para curar todos los males. (No hay hierba alguna, sin embargo, que sirva para curar los males que pueden derivar del exceso de bienes). Una de las hierbitas más usadas es la ruda, tanto que hasta hay un dicho popular que dice: “Más conocido que la ruda”. Diversos empleos tiene, algunos de los cuales no puedo mencionar aquí. Es más: casi no me atrevo a mencionar su nombre completo: “ruda cabruna”, también llamada cabronera. Sirve entre otras cosas para aliviar las jaquecas. Toda esta farragosa prefación me sirve para recordar lo que le sucedió a don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia. Cierto día le dijo a un compañero de oficina: “Me duele mucho la cabeza”. Le sugirió el amigo: “¿Por qué no recurres a la ruda?”. “¡Huy no! –se alarmó el pobre cuculmeque-. ¡Con mi esposa me va a doler todavía más!”… Tercera llamada, tercera. Hoy domingo presentaré en Guadalajara mi más reciente libro: “Antonio López de Santa Anna, ese espléndido bribón”. En la presentación haré el relato de algunas de las más grandes pillerías del villano mayor de nuestra historia; pero también diré cosas que si bien no lo reivindicarán demostrarán que no estuvo solo en sus inmensas bribonadas. Contaré también anécdotas que no he contado nunca de mi vida de escritor, y por primera vez haré un anuncio que seguramente habrá de interesar a mis cuatro lectores.  Tú eres uno de ellos. Te espero a la una de la tarde en el Salón Dos de la Feria Internacional del Libro. Comulgaremos en la amistad y en el amor que compartimos por los libros. Firmaré el tuyo y nos retrataremos juntos. ¡Ahí nos vemos!... Dale Parriba es un gran motivador. A él se debe el best seller llamado “Hacia la cumbre de la montaña por la escala del triunfo con la llave del éxito en alas de águila llegando a la meta con pensamiento positivo como el mejor vendedor del mundo y el tercer ojo en la sopa de pollo para ganar amigos e influir sobre la gente”. Uno de los maestros de su Escuela de Superación le dijo un día: “No vayas a pensar que me gusta el chismorreo, el comadreo y el cotilleo, ni tampoco las habladurías, parlerías o chinchorrerías, pero debo decirte que uno de tus estudiantes, el apodado Pitoloco…”. “Un momento –lo detuvo con imperioso ademán Dale Parriba-. Antes de que me digas cualquier cosa voy a aplicarte mi famosa fórmula, el Triple Filtro de Dale Parriba. Deberás contestar tres preguntas. La primera: lo que me vas a decir ¿es la verdad? ¿Lo has visto con tus propios ojos?”. “Bueno –vaciló el otro-, yo no lo he visto, pero…”. “Respuesta negativa, entonces –dictaminó el motivador-. Segunda pregunta: lo que me vas a decir ¿contribuirá en alguna manera a mi felicidad, o a la del estudiante Pitoloco?”. “No –respondió el otro, esta vez sin dudar-. Antes bien será motivo de infelicidad para ambos”. “Segunda respuesta negativa –dijo Dale-. Finalmente: lo que me vas a decir ¿hará que el mundo en que vivimos sea mejor?”. “No lo creo –contestó el otro-. Más bien revelará lo malo que hay en él”. “Tercera respuesta negativa –concluyó el célebre motivador-. Como ves, no puedo dar oídos a lo que me vas a decir, pues no pasó mi Triple Filtro. Discúlpame por no escucharte”. Y así diciendo el gran motivador se alejó con aire digno. Por eso Dale Parriba nunca se enteró de que el estudiante apodado Pitoloco se estaba tirando a su mujer… FIN