Casi transcurrió como media hora entre la llegada al atril de Graco Ramírez y el inicio del encuentro y del árbitro, Salvador Valora, que tuvo un desempeño aceptable y a todos les cortó el micrófono cuando por segundos rebasaron el tiempo acordado. El candidato del PRD y aliados estaba esperando la llegada de sus adversarios, revisando sus notas, tomando oxígeno, y listo para atacarlos, o más bien se diría, para atacar al puntero, el del PRI, primero en las encuestas; para provocarlo en una polémica en la que se creía de antemano ganador. Ya había preparado pantallas gigantes, para que todo el estado viera que no había quien pudiera hacerlo titubear. Sin embargo, la provocación y el ataque insistente en cada una de las intervenciones no prendió. Con bastante serenidad, el candidato del PRI leyó sus propuestas. No pasó lo que se decía que iba a pasar. Los candidatos del PSD y del PAN, especialmente este último, también le atizaron algunos golpes al puntero, pero la dureza de los ataques de ambos más bien debilitaron al amarillo - por algo será-, que por cierto ahora llevaba una corbata morada, del mismo color que el de las playeras de sus brigadas: un color que es mortuorio y que se utiliza en los actos funerarios; quizá sólo una coincidencia. Luego vino el post-debate. Todos se declararon ganadores, como si los debates fueran realmente combate y no un escenario para contrastar propuestas y discutir sobre ellas. Algo de eso sí hubo, pero no lo suficiente. La obsesión de Ramírez Garrido con Carrillo Olea y las reiteradas referencias a él le hicieron desperdiciar tiempo para exponer alguna de sus propuestas, algunas desde luego interesantes, otras inviables, pero todas atendibles, que hubiera sido conveniente discutir. Los otros, sin embargo, no tenían interés más que en exponer su programa. Sin duda que el paso de Adrián Rivera por las dos cámaras del Congreso de la Unión le dio experiencia en tribuna, pero el problema radicó en querer articular sus argumentos contra el PRI a la situación del país antes del 2000, olvidando que la situación de inseguridad y de un precario desarrollo económico es responsabilidad de los gobiernos de los dos últimos sexenios. El joven Yáñez, con algunas propuestas un poco disparatadas, aunque originales, tiene madera de polemista. Los ganchos al hígado en contra del candidato de las izquierdas, que no son izquierda, como ya se aprecia, fueron oportunos y directos; algunos sin respuesta o comentario, aunque a ratos parecía que se estaba obsesionando en su contra, lo que restó un poco de legitimidad. En fin, una jornada para el anecdotario de la vida política del estado, que no afectará en mi opinión el rumbo de las tendencias y preferencias electorales, que podrían cambiar, pero no como consecuencia del tan sonado debate. No obstante, todo indica que no cambiarán y que el abanderado del PRI llegará al final como triunfador. El mes que viene, tanto a nivel nacional como local, será el más difícil. Habrá quienes quieran sembrar el encono, provocar, influir en las percepciones a través de actos mediáticos o simbólicos, como querer amparar un proyecto educativo en el dicho de un ex rector de la UNAM, que si bien tiene prestigio, no es un aval suficiente; sobre todo tratándose de la educación básica. Hay sólo otro debate en puerta, el del 10 de junio, en el que se ensañarán contra Peña Nieto, que es muy probable que sortee con éxito, una vez más, las denostaciones que ya se anuncian y que serán el pan de cada día hasta el 1 de julio. Ya veremos.
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