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Afrodisio, Don Astacio y más...

Nadie debe leer la badomía que abre hoy el telón de esta desfachatada columneja. Afrodisio Pitongo, galán proclive a la concupiscencia de la carne, celebró el R. Ayuntamiento con una meserita a la que conoció en la pizzería “El optimismo de Leopardi”. Tanta vehemencia puso el amador en ese irregular concúbito que la parte alusiva a su erotismo se le irritó bastante. Caminando penosamente Pitongo se dirigió a la cocina, y ahí metió la mellada herramienta en un recipiente con agua. Pensó que esa ablución, lavatorio, remojo o peniluvio le calmaría el acerbo dolor que lo aquejaba. No se percató Afrodisio de que la chica lo había seguido hasta la cocina. “¡Ah! –exclamó la mesera al ver lo que Pitongo estaba haciendo-. ¡No sabía que eso era de refill!”. (Nota: Otro cuento como éste y la Pía Sociedad de Sociedades Pías expedirá decreto de anatema contra el escribidor)… El papá de Susiflor le dijo: “Anoche te trajo a la casa tu novio Libidio. Era ya tarde, y estuvieron un buen rato en la sala ¿verdad?”. “Sí, papi –admitió la muchacha-. ¿Te molestó el ruido?”. “No –respondió el genitor-. Lo que me molestó fue el silencio”… Dos peluqueros rivales pusieron sendos letreros en sus peluquerías. El primero anunciaba: “Cortes de pelo: 15 pesos”. Decía el otro: “Reparamos cortes de pelo de 15 pesos”… Simpliciano, muchacho tan ingenuo que creía que el sexo oral era el platicadito, casó con Pirulina, joven mujer que en materia de sexualidad se sabía de la A a la Z, con inclusión de la che y la elle, letras que la Academia llama dígrafos y que acomoda donde Dios le da a entender, porque no sabe bien qué hacer con ellas. Los novios fueron en automóvil a Guadalajara a pasar su luna de miel. (Ahí pasé yo la mía, si me es permitida esa feliz evocación. Luego de un año regresé a la hermosísima ciudad. Entonces sí salí a la calle, y pude conocer sus bellezas inefables). A punto de llegar ya a Guadalajara Simpliciano se tomó una libertad que jamás se había tomado: le puso una mano en la rodilla a Pirulina. “Por Dios, Simpli –sonrió la sabidora novia-. Ya estamos casados. Puedes llegar más lejos”. Al oír eso el cándido mancebo siguió manejando hasta  la Ciudad de México… Don Astasio volvió a su casa del trabajo y encontró a su esposa Facilisa en la recámara desgastando el colchón con un desconocido. Colgó el mitrado marido en una percha su sombrero, su saco y la bufanda que usaba aun en los días de máximo calor, y fue al chifonier donde guardaba una libreta azul en la cual solía anotar inris para decirlos a su mujer en tales ocasiones. Regresó a la alcoba conyugal y le espetó a la pecatriz esta palabra: “¡Chai!”. El sujeto que estaba con doña Facilisa se encrespó. Le dijo a don Astasio: “Por favor, caballero: no aplique usted adjetivos denostosos a su esposa, que aparte del defecto de ser fácil de cuerpo no tiene ningún otro que se le pueda reprochar”. “Perdóneme que lo contradiga –replicó don Astasio-, pero tampoco sabe cocinar, y desafina mucho cuando canta el Ciribiribin”. Contestó el otro: “No he probado nada hecho por la mano de la señora –digo, de comer-, y tampoco la he oído interpretar esa canción. Me abstengo por lo tanto de opinar. Vuelvo a pedirle, sin embargo, que modere su vocabulario al dirigirse a la compañera de su vida”. “Déjalo –le dijo doña Facilisa al tipo-. Mi esposo tiene derecho a desahogarse”. “Está bien –concedió el insolente cuchufante-. A lo que no tiene derecho es a interrumpir a las personas cuando están haciendo algo que requiere de concentración. Usted es tenedor de libros, señor mío. ¿Acaso he ido yo a interrumpirlo cuando está cuadrando las columnas del debe y el haber?”. Humildemente don Astasio reconoció que no. “Entonces –le dijo el individuo-, permítanos a su mujer y a mí acabar lo que empezamos, y tenga la bondad de retirarse hasta que la señora le dé aviso de que hemos terminado ya”. Don Astasio salió muy apenado de la habitación. Cerró la puerta tras de sí, y fue a anotar en su libreta (azul) los improperios que le diría al amasio de su mujer en caso de que fuera a su oficina a interrumpirlo cuando estuviera cuadrando las columnas del debe y el haber… FIN.