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…Pués ya se rompió el vidrio

El sábado cuando tomó posesión Peña Nieto, en el DF miles protestaron pacíficamente en contra del arranque de un gobierno del PRI, partido cuyo historial representa una amenaza de retroceso en las libertades democráticas.
La mayoría de los manifestantes tuvo un comportamiento irreprochable. Sin embargo, decenas de ellos hicieron que la protesta derivara en un vandalismo contra agentes, empresas y espacios públicos como no se había visto en la historia de la capital del país.
Esta actitud salvaje fue respondida sin protocolos policiacos. Los uniformados dispararon balas de goma (novedad en México) y realizaron detenciones arbitrarias. Hubo heridos en ambos bandos, más graves del lado de los manifestantes.
El gobierno izquierdista del DF detuvo a más de cien presuntos involucrados y terminó consignando a prisión a 69. Con base en videos-web, testimonios y declaraciones de ONG, no todos los que están en la cárcel son responsables de la violencia ni todos los responsables de la violencia están en la cárcel.
La exploración de por qué sucedió esto conduce hasta el templete desde donde habitualmente se expresa sin restricciones Andrés Manuel López Obrador.
Desde la protesta que encabezó en 2006 contra el resultado de las elecciones ha presumido que su movimiento “no ha roto ni un vidrio”. No lo había roto… hasta el sábado pasado.
Los grupos anarquistas que actuaron ese día y quienes los apoyan –CNTE, Panchos Villas, Atencos, #132, SME– están articulados en torno al discurso de López Obrador: van a todas sus marchas y repiten acríticamente lo que él dice. Morenaje (rama juvenil de Morena) promovió y participó en la Convención Nacional Contra la Imposición de Peña Nieto, en la que se reunieron cientos de organizaciones, la mayoría antisistema y antielecciones.
 Es cierto que Andrés Manuel nunca ha hecho un llamado a la violencia, pero tampoco ha condenado y en cambio sí ha justificado los cada vez más frecuentes actos violentos de sus simpatizantes.
La entendible rabia juvenil por la falta de empleo y educación en un sistema fracasado, que se suma al regreso del claramente autoritario PRI, es pólvora cuya mecha enciende López Obrador: en la vía democrática hay puro fraude, las instituciones son corruptas, el que no piensa como él es un vendido, los partidos de oposición están cooptados, los medios mienten, el país está secuestrado por treinta mafiosos.
Él habla desde el cómodo templete, recibiendo cientos de millones de pesos del Estado en financiamiento (por algo le urge registrar a Morena como partido) y miles de spots.
Los jóvenes radicales no tienen templete ni financiamiento oficial y cuando rebasan los límites de la no-violencia, su líder no les reclama ni los sanciona públicamente. Al contrario, los arropa, les dice víctimas. Se tapa un ojo y con el otro sólo ve la paja del ajeno.
AMLO habla gasolina pura para grupos radicales que han proclamado cancelada la vía electoral. Él lo sabe. No puede ignorarlo. Sus vínculos con ellos son evidentes. El les da discurso, ellos ponen las piedras. Ahí está su responsabilidad.