–Pobreza y miseria en el Tamoanchan...

Dicho esto no por comparación nostálgica, sino a partir de una realidad impuesta  a través de los años mediante la urbanización y cambios de modelos económicos, entre otros fenómenos perniciosos largos de repetir. Lo cierto es que la geografía física y humana de la entidad morelense ha cambiado, y no siempre para bien. Si analizamos esa transformación del siglo XIX al XX y lo poco que va del actual, tenemos que la fisonomía del territorio responde a momentos claves en la vida nacional y que, de la misma manera, han cambiado el aspecto de todas las ciudades del país. En mayor o menor grado, la planificación de la urbanización se ha cumplido, y para el caso de Morelos, sin duda padece y seguirá careciendo de orden en su expansión.
De acuerdo con las etapas históricas de México, se advierte la forma en que la estructura económica determina el tipo de vida de los pueblos. Conquista y Colonia, por ejemplo, trajeron las haciendas cañeras, en las cuales la población indígena se convirtió en la principal mano de obra. Vino la Independencia, la convulsión de la nación mexicana en busca de su consolidación en tiempos de Santa Anna, las invasiones norteamericanas y la francesa, la Guerra de Reforma y el primer imperio, pero las condiciones de vida del grueso de la población continuaron a nivel similar o peor que durante el vasallaje feudal europeo. Hasta aquí, sin embargo, la geografía física y humana de Morelos sólo tuvo que adaptarse a las extensiones de plantíos de caña. Del siglo XVI al XIX, la hacienda fue el centro de poder económico, social y hasta político; por encima, incluso, de las sedes de los gobiernos distrital y municipal. Pueblos y ciudades mantuvieron tasas de crecimiento poblacional relativamente bajas, la sociedad era eminentemente rural y agrícola. Pero las cosas empezaron a cambiar con el paso de la manufactura artesanal de los derivados de la caña, hecha en trapiches movidos con fuerza animal o acaso hidráulica, a la introducción de calderas y máquinas movidas a vapor.
LA OLIGARQUÍA CAÑERA
La revolución industrial en el Morelos de mediados del siglo XIX hizo posible el crecimiento exponencial de los ingresos de los hacendados, hasta convertirlos en la casta oligárquica que después se convirtió en clase política. La primera “maquinización” a escala todavía modesta se dio entre 1860 y 1890; la segunda, más fuerte en inversiones y grandes maquinarias, fue de 1890 a 1910, incluyendo la aparición del ferrocarril en Morelos. Fue en este primer período de expansión de las haciendas que surgió la creación del Estado Libre y Soberano de Morelos, decidido el primer gobernador, Francisco Leyva, a mantenerse alejado del conflicto entre las clases agrarias. Como representante de un estado liberal en lo político y en lo económico, Leyva recibió instrucciones de su jefe, el presidente de la república Benito Juárez, de que no se metiera en broncas entre hacendados y comunidades campesinas e indígenas, pese a lo cual no debía “ponerse de tapete” de los ricachones, quienes formaban parte del grupo de ricos conservadores, junto con los jerarcas del clero y militares ortodoxos. Así que Leyva optó por “nadar de muertito”, y aunque apoyó la industrialización cañera, los hacendados no olvidaron su oposición inicial a la  expansión a costa de las parcelas de los pueblos. De ahí que los pueblos campesinos vieron con desesperación cómo las haciendas ocupaban cada día nuevas extensiones de tierra, además de sufrir la explotación de la mano de obra y el abuso de las deudas impagables en las tiendas de raya. Al morir Juárez, en 1872, el primero en apuntarse para sucederlo fue Porfirio Díaz, pero le comió el mandado el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Miguel Lerdo de Tejada, quien estuvo tranquilo hasta 1876, año en que Díaz lo derrocó, eliminó a la última resistencia lerdista en Veracruz con aquel “mátenlos en caliente” y se preparó para sostenerse en el poder los próximos 34 años.
Sobra decir que los hacendados-gobernadores, es decir, los representantes de la clase oligárquica y explotadora, estuvieron bastante bien arropados en los mandatos de don Porfirio. Fueron seis: Carlos Pacheco Villalobos (cuya estatua, insistimos, debe permutar lugar con el Morelotes, arrumbado con todo y su gloria entre puestos de ropa, garnachas y artesanías); Carlos Quaglia Zimbrón, Jesús Herlindo Preciado, Manuel Alarcón y Pablo Escandón Barrón. Este último llegó por imposición y fraude de los “científicos porfiristas”, y a partir de noviembre de 1910, otra historia se empezó a escribir. Iniciaba el derrumbe de los hacendados-gobernadores.
A mayor demanda de producto, de producción mecanizada y más despojos de tierras, vino la Revolución contra tal sistema de explotación y desigualdad. Posteriormente se dio el reparto agrario, que duró hasta 1950. En la década de los sesenta  tuvo  lugar lo que podríamos ubicar como la “segunda industrialización” de esta entidad, cuando se instalaron fábricas como Nissan Mexicana, la planta ensambladora de coches nipones, al cabo  convertida en la insignia de la fundación del parque la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (CIVAC). ¿Cuánto no ha cambiado  nuestra  entidad desde entonces?
 
GOBERNADORES-HACENDADOS
Y VICEVERSA
La conversión de hacendados en políticos se inscribió bajo el período que abarca la restauración de la República, en 1867; el ascenso de Porfirio Díaz al poder, en 1876, y la conclusión del porfirismo, en 1911. En sus primeros años, el gobierno de Benito Juárez intentó fortalecer  el aparato de Estado y el poder presidencial, ambos bajo el dominio de los liberales, para lo cual consolidó la tendencia a la centralización, para acotar los poderes de facto que ejercían caciques, terratenientes, la jerarquía eclesiástica y muchos generales del ejército. Fue así que las condiciones de la industria y la política local generaron la simbiosis de hacendados en gobernadores y viceversa, verbigracia, el caso del gobernador Jesús Herlindo Preciado (por razones comprensibles, insistía en poner sólo la “H” de su segundo nombre), quien estuvo al frente de la administración estatal de 1885 a 1888 y quien se ganó la confianza y simpatía de prácticamente todas las clases sociales de aquellos días, con más de los hacendados, debido a que don Herlindo intensificó la expansión de las haciendas, pues a él correspondió el proceso de industrialización a gran escala de las fábricas de azúcar y aguardiente de las haciendas. Aunque Preciado no llegó a comprarse él solito una hacienda, contribuyó como socio de la de Temilpa al crecimiento de la misma, que inició como escuela agrícola del gobierno, subsidiada y controlada por su gobierno. El socio fuerte de tal operación fue el también gobernador Manuel Alarcón, quien, finalmente, se quedó con Temilpa y le invirtió fuerte en maquinaria, para aumentar la producción...

NO ES LO MISMO POBREZA
QUE MISERIA
Todo lo anterior nos lleva a la conclusión de que ni el liberalismo político-económico de la época de Juárez ni el neoliberalismo de Carlos Salinas trajeron justicia social. En el primer caso, la cúspide del liberalismo político fue el positivismo progresista del porfiriato, cuyas contradicciones de represión a las libertades y el desarrollismo a costa de vida y recursos naturales tuvo salida con la Revolución de 1910-1919. En el segundo caso, el neoliberalismo estrenado por Miguel de la Madrid tuvo su clímax con su sucesor, y su correspondiente respuesta fue el levantamiento neozapatista de Chiapas, en enero de 1994.
Además de haberse borrado el rostro rural de Morelos y buena parte de sus idílicos parajes, el paisaje morelense derivó en un urbanismo desordenado, al igual que muchas zonas de México. Hay regiones vastas de auténtica marginación y miseria. Se puede decir que, hasta principios del siglo XX, en Morelos y buena parte del país hubo, en efecto, pobreza, pero no miseria. En la primera condición, la gente tiene asegurados los elementos básicos para subsistir; en la segunda, viven al día y muchos mexicanos no tienen ni para comer. Es la eufemísticamente llamada “extrema pobreza”. La miseria resulta cuando unos cuantos ricos se hacen más ricos, cuando un país pobre como es México tiene al hombre  más rico del mundo, vuelta entonces la llamada “distribución equitativa de la riqueza” sólo un concepto, y no una realidad.
Son las condiciones o el “caldo de cultivo” para que los jóvenes marginados, sin posibilidades de estudio ni de trabajo, sean absorbidos por el espejismo del dinero fácil que propicia la delincuencia organizada. Bombardeados por mensajes de los medios electrónicos que describen “paraísos artificiales” a los que sólo un magnífico ingreso puede acceder, los jóvenes sin alternativas son presa fácil del reclutamiento del crimen. Con el cambio del paisaje territorial se ha transformado, también, el paradigma del éxito. Antes ser abogado, ingeniero, médico o licenciado era una aspiración de los jóvenes de la mayoría de las familias. Al cancelarse las oportunidades de trabajo, debido a la contracción de la oferta por erradas políticas económicas, los chavos y ya no tanto egresados de esas y otras profesiones se convierten en desempleados “de lujo” o en subempleados obligados por la necesidad a manejar taxis, a vender cursos de inglés o aceptar jornadas largas de trabajo y salarios insultantes, por bajos, en tiendas departamentales. Y las mujeres, a laborar en zapaterías o en mostradores de todo tipo de comercios para completar el gasto familiar, y peor si son madres solteras o el marido aporta poco o nada a la manutención familiar. Las circunstancias de la gran mayoría de la gente no son las favorables como para presumir aquello de  “vivir mejor”, como mienten los spots presidenciales. La miseria abunda y sigue aumentado... ME LEEN MAÑANA.
 
perez.duran@diariodemorelos.com
jmperezduran@hotmail.com


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