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–La fiesta de la carne…

El pasado y el presente fin de semana son de carnaval. Del sábado 2 al martes 5 fue el carnaval de Jiutepec y del viernes 8 al lunes 11 son los de Tlayacapan, Yautepec y  Tepoztlán. Pero hay más: el martes 19 otro carnaval en Atlatlahuacan, el llamado de las “Negras y los Tatas”.
“Carnaval” quiere decir “fiesta de la carne”; es darle gusto al gusto, antes del inicio de los ayunos de la carne y de todo (se supone, sobre todo “no comer prójimo”), de la Cuaresma, pues, la cual nos prepara para la Semana Santa, celebración de duelo que se ha convertido en sinónimo de disipación, el agringado “spring break”, el puro relajo. Para otro sector de la población católica, practicante o no, son auténticos días de guardar, de reflexión y acercamiento espiritual. En otra visión, digamos histórica y cultural, los carnavales y  la Semana Mayor integran un conjunto de prácticas y creencias heredadas de las culturas judeo-cristiana e hispánica que, en sincretismo con las múltiples y variadas festividades mesoamericanas, forman buena parte de nuestra  identidad como mexicanos.  
Para que no todo sea descanso ni solamente relajamiento, hacemos una breve remembranza de conmemoraciones o rememoraciones de este periodo en la parte de las tradiciones de pueblos y barrios de Morelos. Para ello hay que irse un poco al origen de la estructura de dichas celebraciones, algunas de las cuales son fijas y otras móviles; entre estas últimas, las más significativas.
Las “fiestas de la carne”, carnestolendas o carnavales son las festividades que se hacen antes de la Cuaresma, en febrero. Pero no se crea que carnaval sólo hay en Tepoztlán, Yautepec y Jiutepec. Otras localidades con fiestas de la carne: Atlatlahucan, Emiliano Zapata, Jojutla, Temixco, Tlatizapán, Tlayacapan y Totolapan.
La multitudinaria escenificación de la Pasión de Jesús en Iztapalapa, Distrito Federal, tiene su equivalente en el pueblo de Ocotepec, municipio de Cuernavaca. También se escenifica en Zacualpan de Amilpas, Alpuyeca y Zacatepec, como asimismo se rememoran el segundo viernes de Cuaresma en Cuautla y Miacatlán, el tercero en Tepalcingo y el quinto viernes cuaresmal en Axochiapan y Yecapixtla. No hay que olvidar que “cuaresma” hace alusión a los cuarenta años del pueblo hebreo antes de llegar a la tierra prometida y a los cuarenta días de Jesús en el desierto.
Sobre la Semana Santa en Cuernavaca, de mediados de los años setenta se recuerdan las procesiones de Catedral al Calvario los días Jueves Santo con encapuchados, hombres cargando atados de cactus espinosos sobre la espalda desnuda, otros aprisionados con cadenas y unos más flagelándose con reatas mojadas. Restringida a algunos pueblos y barrios del país, la Pasión vivida con la crudeza que los penitentes ponen para expiar los pecados y como parte de un ritual de compartir y vivir el dolor del Crucificado son prácticas que ya no se ha hacen en las grandes ciudades. (Taxco es una excepción.)

ORÍGENES DEL CHINELO
Esencia del Carnaval es el chinelo, símbolo de Morelos por antonomasia. Ya quedó establecido y aceptado que el chinelo tuvo su origen en Atlatlahucan, cuando a finales del siglo XIX este pueblo pertenecía al municipio de Tlayacapan, por lo cual se le adjudica a su nacimiento. En 1927 fue creado el Ayuntamiento de Atlatlahucan, pero el origen del chinelo quedó registrado en su antigua cabecera municipal. Hoy, Atlatlahucan gestiona la adjudicación de Pueblo Mágico con otras y la base de la paternidad del chinelo, una designación oficial que como es sabido le significaría recursos federales para mejoras materiales. Ojalá lo consiga. El traje del chinelo de los dos municipios mencionados es sencillo, austero, blanca la túnica con bordes en azul e igualmente simples la máscara del gachupín o moro y el sombrero. En cambio, los trajes elaborados en Jiutepec y Tepoztlán compiten cada año en colorido y exuberancia, adornadas las túnicas con paisajes de chaquira, plumas y lentejuelas, y ostentoso el enorme gorro que luce figuras de guerreros, dioses del panteón azteca e imágenes de los volcanes. Plumas y collares de perlas multicolores completan la extravagancia del atuendo. La música de las bandas también difiere. En los dos pueblos, cuna del chinelo, el conjunto de músicos es austero y sus melodías sobrias, lo cual no les quita su sentido paródico y burlesco, mientras los compases de las bandas de Tepoztlán y Jiutepec son bullangueras, con un ritmo acelerado y el baile más enjundioso. La fiesta de la carne en su esplendor. Unos y otros constituyen la atracción de visitantes nacionales y extranjeros. Familias enteras de emigrantes morelenses, radicados en Estados Unidos, vienen al Carnaval para participar en el “brinco del chinelo”; se ponen sus bien resguardados trajes o estrenan uno nuevo que pagaron durante todo el año y se suman a las carnestolendas que no sólo es fiesta corporal y sensual, también identidad, arraigo.

MITOTES Y MITOTEROS
Como los de Veracruz, Mazatlán y Río de Janeiro, los carnavales de Morelos son parte de la identidad popular  y aquí una manifestación de nuestra mexicanidad. Los pueblos prehispánicos eran de por sí “mitoteros”: mitotia es una palabra náhuatl que quiere decir “fiesta”. El calendario mesoamericano se compone de trece meses de veinte días cada uno y en el inicio y final de cada veintena celebraban al dios respectivo de ese conjunto de días. No se trataba de celebrar por celebrar; sobre todo agradecían a los dioses los alimentos, la pesca, la caza, los cultivos, los dones para la vida. No había el sentido de culpa o pecado que trajeron los españoles, pues cada persona era un macehual, que significa “el merecido del sacrificio de los dioses”, y por lo tanto había un sentido de permanente festividad  y agradecimiento. Nada más hay dos fechas simbólicas que se mezclaron de elementos mesoamericanos e hispanos: el 3 de mayo y el 29 de septiembre. La primera fecha, de la Santa Cruz y de los albañiles, en las celebraciones indígenas era el inicio de la temporada “húmeda”, o sea, del inicio de la preparación de la parcela para la siembra. La segunda fecha, la de San Miguel Arcángel, es el comienzo de la temporada “seca” y levantamiento de las cosechas de maíz. La cruz de pericón, con la que en la creencia católica se ahuyenta de los hogares al diablo que deja suelto cada año San Miguel, en la antigüedad prehispánica eran coronas de flores colocadas en la mitad de la milpa, como ofrenda a Tláloc. Las elotadas que aún celebramos a la orilla de la parcela –cuando tenemos por suerte amigos en alguna comunidad campesina– es la misma celebración de la primera cosecha que hacían los ancestros indígenas.
Con todo y el arrasamiento que significó la Conquista, persisten expresiones auténticas de los mitotes. Por ejemplo, la Danza de los Tecuanes y la de Los Flecheros. La primera recuerda a los guerreros mexicas ocelote o jaguar, y la segunda, al tlatoani Motecuhzoma, cuyo nombre significa, precisamente, El Flechador del Cielo.
Otro es el caso de las fiestas o adoraciones prehispánicas que se encubrieron con ritos cristianos. Confundido por los frailes gachupines con el Diablo, el dios Tezcatlipoca, que en náhuatl quiere El humo en el espejo, tenía centros ceremoniales desde antes de los mexicas en Morelos (Mazatepec y Tepalcingo), y en Chalma, del estado de México. Esos centros sacros prehispánicos siguen siendo a la fecha lugares de peregrinación, con advocaciones de santos cristianos y cristos que sustituyeron a los Tezcatlipocas de dichos emplazamientos. La Guadalupana relevó en el Tepeyac a Tonatzin, también llamada Tlaltecuhtli, la Madre Tierra. Chalma y la Basílica de Guadalupe son dos de los santuarios con mayor número de peregrinos.
Otro tipo de representaciones o danzas con las que se manifiesta el júbilo de los macehuales son las danzas de máscaras, una de las cuales todavía se escenifica en Tepoztlán para celebrar el 8  de septiembre al Tepozteco y al dios Dos Conejo, conocido en náhuatl como Ome Tochtli  –que no nada más es la línea de autobuses–; este último, una de las divinidades del pulque, también llamado por los conocedores nehutle y “caldo de oso”. En la Colonia, el Tepozteco se convierte en protector de la Virgen María. Los señores de Yautepec, Cuernavaca y Tlayacapan le reprochan su conversión al catolicismo y por tal motivo lo atacan, pero al final aceptan a la Virgen como su madre.
Otro tipo de mitote o fiesta está en la escenificación de mitos, como la salida de Quetzalcóatl de la ciudad sagrada de Tula, que es representada en Xochicalco y Amatlán de Quetzalcóatl, y de la misma manera el Reto del Tepozteco, basado en la leyenda del héroe que salvó a su pueblo de los gigantes y otros peligros. Hay más danzas prehispánicas que aluden escenas de la vida cotidiana y actividades productivas, como las de los Vaqueros, Sembradores y Macheteros, entre otras.
…Pero llegaron los españoles con su carga de ideas y costumbres medievales a imponer los llamados autos sacramentales. Se trata de representaciones de escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, para que los indígenas olviden el culto a sus dioses y los cambien por personajes del culto cristiano. Existió incluso el llamado teatro mariano y misionero, con el mismo propósito evangelizador. Las representaciones se hacían en las capillas abiertas de los monasterios y templos que construyeron los frailes de todas las órdenes religiosas y que en Morelos están comprendidos dentro de la Ruta de los Conventos. Las danzas que en tiempos de los aztecas se conocían como “chichimecas contra toltecas”, en la Colonia evolucionaron hacia las de “moros y cristianos”, en las que los “moros” o árabes eran los indígenas no bautizados y los que ya eran católicos.
Se puede ver, entonces, que en la Semana Santa no todo es disipación. Prevalecen motivos y elementos suficientes de nuestra historia e identidad para reflexionar sobre las cosas del “más allá” de la vida y dar un significado de festivo agradecimiento a estos días santos… ME LEEN MAÑANA.

jmperezduran@hotmail.com


Leyendo el relato detallado pensé en el baile de disfraces cuerpo a cuerpo brincando como hacen los chinelos, al ritmo de la tambora y la trompeta muy intenso acaloradamente sin parar de danzar la melodía famosa, el carnaval llegó a su máximo esplendor en todo el pueblo hay una gran fiesta en un ambiente  ardiente, se ha trabajado durante todo el año para el evento, pensando en la temporada de turismo, del incremento de la economía desde el punto de vista de los pueblos mágicos con la preparación del desfile a lo largo de las calles, de los trajes de colores llamativos, gorros, ornamentos y máscaras, las comidas y bebidas típicas, fue así como acumularon riquezas desde el pasado hasta el presente, sudando todos trabajando esperando a los turistas que vienen a pasar sus vacaciones de Semana Santa. Yo Gobernadora Universal con un antifaz recuerda el carnaval como una tradición que constituye el patrimonio de nuestra identidad como morelenses y mexicanos, apoyados en las fiestas tenemos que preparar más el recurso humano de mayores a jóvenes,  "Bienvenidos los turistas que nos dejan sus divisas! Desde el país de KANKOU es turismo. Bióloga Angelina Alvarez Moysen