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–Guadalupano insurgente…

Aunque suene a cantaleta o crítica sistemática, pero no exenta de razón, es necesario insistir: la estatua del Generalísimo se ve minimizada, y sin temor a exagerar, menospreciada. Sitiada e invadido el entorno de su pedestal por vendedores ambulantes y del mercado de artesanías –ni modo: tienen derecho a ganarse la vida–, la estatua mejor conocida como El Morelotes remacha la condena a la ignorancia y la negligencia de gobernantes estatales y municipales, indiferentes, por decir lo menos, a la vida y obra del forjador político de México y autor intelectual de la Nación.
Hoy domingo, que se cumplen 247 años del nacimiento de José María Teclo Morelos y Pavón, es oportuno poner el acento en un reclamo vigente: a tres años del aniversario 250 del Generalísimo, es tiempo de ir planeando el cambio de dicho monumento, otro más, a un lugar en el que a ojos de propios y extraños resalten no sólo la monumentalidad del cura rebelde ante la opresión, también el respeto y la admiración que los mexicanos sentimos por el Siervo de la Nación. Mencionado con terquedad en este espacio dominical, el reclamo es compartido por una vasta mayoría de cuernavacenses: apostar al Morelotes frente al Palacio de Cortés, y  poner al costado del edificio colonial la estatua del gobernador porfirista nacido en Chihuahua, Carlos Pacheco. Algunos ortodoxos y celosos guardianes de las rancias tradiciones del terruño aducen que ése es el lugar original y, por tanto, inamovible del manco Pacheco; que esa ubicación corresponde a la traza decimonónica y primigenia de la Cuernavaca de antaño, y hay que respetarla. Sí: criterios respetables y de toda consideración, pero…
 
MORELOS DESCONOCIDO
Hoy que se cumplen 247 años del natalicio del héroe epónimo de nuestra entidad –recordado cada año en Cuautla con tertulia y desfile–, vale recordar detalles inéditos o poco sabidos de la vida de Don José María. Para ello recurrimos a pasajes del libro Siglo de Caudillos: Biografía política de México; 1810 – 1910, de Enrique Krauze. Este trabajo se lee como novela, pero con bases historiográficas sobre la vida y obra no solamente del cura de Churumuco, Carácuaro y Nocupétaro, sino también de su colega de Dolores, Hidalgo; de Juárez y hasta de Porfirio Díaz. También biógrafo de Zapata, Krauze escribió a propósito de los primeros años de José María Teclo:
“Nació en 1765. De joven, pasó diez años en el rancho o hacienda de San Rafael Tahuejo, que tenía arrendado un tío suyo. Allí aprendió los secretos de la construcción y la ganadería, hizo algunos viajes y se ejercitó como vaquero (persiguiendo un toro se rompió la nariz, a resultas de lo cual le quedó una cicatriz). Por las noches atendía a una pasión proveniente quizá de su lado materno: era gramático autodidacta. En 1789, y justamente para aprender gramática, ingresó al Colegio de San Nicolás, cuyo rector era don Miguel Hidalgo. Años más tarde pasó al Seminario Tridentino de Valladolid, donde estudió artes, filosofía, teología moral y teología escolástica. En 1795 se gradúa de bachiller. Lentamente asciende la escala eclesiástica hasta ordenarse como presbítero, frente a una imagen de la Virgen Guadalupana y en presencia del benefactor obispo San Miguel, predecesor de Abad. Tanto como su profunda religiosidad, lo había llevado al sacerdocio la necesidad económica. Su madre —hija de un maestro de escuela— había sufrido los frecuentes abandonos del padre de Morelos, un carpintero despreocupado. Para solucionarlos, no vio más remedio que optar por la herencia que un bisabuelo de Morelos había dejado en la forma de una capellanía. Doña Juana Pavón —la madre de Morelos— vindicaría por largos años ante las autoridades eclesiásticas los derechos legítimos de su hijo a esa herencia, pero ésta sólo se haría efectiva en 1807, a ocho años de su muerte (1799), y reducida ya a una cantidad irrisoria. Nada de esto perturbó demasiado al cura Morelos. Desde el principio asumió sus deberes económicos y sacerdotales con igual responsabilidad. Al poco tiempo de ordenarse, comenzó a ejercer el sacerdocio en pueblos pobres «de mal clima y escaso provecho», como Churumuco”.
 
Agrega el citado historiador que en varios documentos consta la vocación de servicio que años después le haría desechar el título de Alteza Serenísima por el de Siervo de la Nación. En palabras propias del sacerdote insurgente y guadalupano, se clasifica así: “Soy un hombre miserable, más que todos, y mi carácter es servir al hombre de bien, levantar al caído, pagar por el que no tiene con qué y favorecer con cuanto puedo de mis arbitrios al que lo necesita, sea quien fuere”. Era, como los que ya casi no hay, un cura gestor del bienestar material y espiritual de su pueblo, pero no un santo. Según refiere otro historiador, Lucas Alamán, el Generalísimo  tuvo varios hijos con mujeres desconocidas del pueblo. Brígida Almonte fue una de ellas. Fruto de esa relación fue Juan Nepomuceno Almonte quien, años después y contra la vocación independentista de su padre, integró la comisión de conservadores que le fueron a ofrecer el trono de México a Maximiliano de Habsburgo.
 

HUMOR NEGRO
Únicamente los grandes hombres tienen sentido del humor ante la adversidad. El burlador del sitio de Cuautla fue uno de ellos. El siguiente fragmento de una carta del realista Calleja al virrey Don Juan O'Donojú y la anécdota que le sigue ejemplifica el carácter de Morelos:
“Si la constancia y actividad de los defensores de Cuautla fuese con moralidad y dirigida a una justa causa, merecería algún día un lugar distinguido en la historia. Estrechados por nuestras tropas y afligidos por la necesidad, manifiestan alegría en todos los sucesos. Entierran sus cadáveres con repiques en celebridad de su muerte gloriosa, y festejan con algazara, bailes y borrachera, el regreso de sus frecuentes salidas, cualquiera que haya sido el éxito, imponiendo pena de la vida al que hable de desgracias o rendición. Ese clérigo es un segundo Mahoma, que promete la resurrección temporal y después el paraíso con el goce de todas las pasiones a sus felices musulmanes”. Y al punto agrega Krauze que, para mantener el espíritu de los sitiados, una de las claves de aquel “Mahoma” no era precisamente musulmana, era el humor. “Su estilo propendía mucho a lo burlesco”, recrea citando nuevamente a Lucas Alamán. El propio Calleja lo comprobó en su cuartel de Cuautla, al recibir una misiva del “Mahoma”, es decir, Morelos, quien en otra carta le escribió: “Supongo que al señor Calleja le habrá venido otra generación de calzones para examinar esta valiente división, pues la que trae de enaguas no ha podido entrar en este arrabal; si así fuere, que vengan el día que quieran, y mientras yo trabajo en las oficinas, haga usted que me tiren unas bombitas, porque estoy triste sin ellas”. ¡Qué chingón!
 
POLÍTICO,  MILITAR
Y GUADALUPANO
Más allá de sus notables campañas y victorias militares, casi todas ellas fracasadas por múltiples factores, el aporte mayor de la lucha acaudillada por Morelos fue introducir en la revolución independentista un cuerpo original de argumentos ideológicos que la legitimaran y quedaron para la historia y la política nacional, como los Sentimientos de la Nación. En otra faceta de su personalidad, Morelos manifestaba sin restricciones su fervor guadalupano. Proponía  bautizar a la nueva provincia de Tecpan “Nuestra Señora de Guadalupe”, consagrar constitucionalmente el 12 de diciembre a “la patrona de nuestra libertad” y poner en el sello del Congreso de Chilpancingo el anagrama guadalupano. En suma, el creador de la Nación y futuro estado laico mexicano fue tan o más guadalupano que cualquier fervoroso peregrino a la Villa.
 
¿MORELOS TRAIDOR?
La polémica continúa abierta. Más que la tortura o la muerte, al parecer a lo que más temía Morelos, como hombre de fe, era a la excomunión y la degradación. Al parecer ese temor fue lo que obligó al Generalísimo a revelar lugares donde podría seguir la lucha y hombres que habrían de continuarla. Pero Morelos sabía también de lo inaccesible de unos y otros, así como del arrojo de subalternos y seguidores para proseguir la lucha, por lo que los datos no hicieron mella en la continuación de la gran rebeldía, como lo demostrarían Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. El 26 de noviembre de 1815, después de ser aprehendido en Puebla y puesto preso en Cuernavaca, José María Morelos refirió la localización, los recursos y las señas personales de los jefes insurgentes que continuaban alzados. El 12 de diciembre, día de la Virgen, reveló incluso los escondites de armas y demás material bélico. Pero muchos historiadores niegan que haya revelado planes de los insurgentes, basados en el hecho de que, al ser apresado, Morelos permaneció aislado durante casi tres meses, así que perdió todo contacto con sus seguidores. Sin embargo, existe testimonio de la humillante degradación, según cita otra vez Krauze a Lucas Alamán: lo vistieron con una sotana amarilla que llegaba a las rodillas, le rasparon la piel de las manos para despojarlo de la facultad de otorgar sacramentos y lo expulsaron de la Iglesia, excomulgado, despojado de cualquier derecho terrenal y divino.
Por todo lo anterior y más razones –para desgranar las cuales se nos acaba el espacio–, es que las flamantes autoridades estatales que este lunes estrenará  Morelos y las municipales, que asumirán dentro de sólo tres meses, pueden y deben acometer una acción de justicia histórica y hasta de atractivo visual y turístico: cambiar el emplazamiento del entrañable Morelotes enfrente del Museo Cuauhnáhuac y antiguo Palacio de Cortes, bajo otras y la consideración de que ahí estuvo preso el Generalísimo, rumbo a la Ciudad de México, donde fue juzgado para después ser ejecutado en Ecatepec de Morelos, Estado de México.
Si hace 197 años el Generalísimo Morelos estuvo preso de las fuerzas enemigas de la Independencia de México, hoy su monumento sigue aprisionado por los tendidos de los puestos de artesanías y garnachas, desdeñada su grandeza por funcionarios despreciables, ciegos, que no advierten la contribución de la obra del guadalupano insurgente al nacimiento de la Nación Mexicana... ME LEEN MAÑANA.
 
jmperezduran@hotmail.com


Ayer fui al cinema para ver Los Miserables de Víctor Hugo una película musical. Hoy me reencontre aquí mismo con el lugar y tiempo que condena la injusticia social de todo México, colocar la estatua del Siervo de la Nación frente al Palacio de Cortés mostrará una escena que nos parece importante, es aquí donde don José María Morelos es condenado a prisión y la verdad es que paso por muy malas experiencias, así conociendo esta parte de nuestra historia y de los seres que reciben trato miserable llenos de pesar sin poder decir todo lo que tenía en el alma, no seríamos los mismos sin El. Nací el mismo día que el Guadalupano Insurgente soy creyente de la Virgen de Guadalupe, desde el primer año de primaria en la segunda infancia me aprendí esta historia con un triste final que no se debe repetir, nos enseña valores como la solidaridad, responsabilidad y respeto a la naturaleza, lo comprobé cuando asistí a los desfiles en Cuautla para celebrar el natalicio de nuestro héroe, debemos recordar esta parte de nuestra historia y escribí un poema que solo guardo en mi memoria pero día a día se me esta borrando. Para ser Yo Gobernadora Universal hay que viajar por todo el mundo y conocer la historia original de cada lugar como la vivió la gente genuina, apoyo que se coloque al Morelotes frente al Palacio de Cortés para mostrar la escena donde se desarrollaron los acontecimientos y atraer mas gente a que conozcan nuestra ciudad de Cuernavaca, opino que somos los ciudadanos auténticos los encargados de cuidar nuestros héroes. Desde el país de rekishi es historia. Biologa Angelina Alvarez Moysen