Pero los candidatos no muestran una postura unificada sobre los debates. Los que van abajo en las encuestas insisten en debatir no una, sino cuatro, seis o hasta diez veces; y los que van arriba se rehúsan a hacerlo.
Me parece que las expectativas ciudadanas sobre los debates son elevadas. En una democracia y en el contexto de elecciones competitivas, los debates son el acontecimiento mediático culminante que todos los votantes esperan y atienden, porque constituyen un buen escaparate para conocer la personalidad y el temple de los candidatos, la tolerancia, el respeto al otro y la sagacidad mental.
Pero el formato que se ha pactado en México entre los propios partidos políticos y las autoridades electorales impide la confrontación de propuestas. ¿Por qué? Porque se ha acordado, por ejemplo, que los tiempos máximos de intervención de los candidatos no deberán rebasar los 2 minutos. En ese tiempo tan breve, los candidatos expresarán frases sueltas sobre algunos problemas del país, pero no profundizarán sobre ninguno. Los partidos políticos desean tener todo controlado y dejar lo menos posible a la improvisación y a las sorpresas; es decir, una vez más prevalecerán los discursos generalistas preparados con antelación y se dejará de lado el intercambio de argumentos.
Los debates en México nunca nos han dejado satisfechos, porque no se han podido abandonar los formatos rígidos. Venimos de un sistema político autoritario y apenas estamos incorporando las tradiciones deliberativas de la democracia. Los debates al estilo de los que se realizan en Estados Unidos aún son una aspiración en México. Por ello es posible afirmar que lo que ocurrirá en los debates de los candidatos a la Presidencia de la República y al Gobierno de Morelos es perfectamente predecible, y no habrá ningún “knock out”.
No debemos olvidar que, en distintos momentos y coyunturas, los candidatos de los diferentes partidos se han negado a debatir. En el año 2000, el candidato del PAN a la gubernatura de Morelos, Sergio Estrada Cajigal, no se presentó al debate que organizó la CIRT en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En el año 2006, el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, no acudió al primer debate organizado por el IFE. Ambos eran punteros en las encuestas y los cálculos en su estrategia política les indicaban que no valía la pena exponerse a un desgaste innecesario. En el caso de Sergio Estrada, la estrategia le funcionó; pero no así en el caso de Andrés Manuel López Obrador.
A los punteros, la asistencia a debates no les representa mayor ventaja; sus equipos deberán prepararlos para que brinden la imagen de líderes y estadistas, que sean capaces de responder decorosamente a la mayor ofensa que puedan lanzarles sus adversarios. El objetivo de los punteros es conservar el margen de ventaja que tienen. Los candidatos que van abajo en las encuestas están obligados a atacarlos para ganar puntos. En este tipo de acontecimientos mediáticos, la comunicación no verbal será determinante para afianzar la definición de los indecisos: las imágenes, los gestos, la inflexión de la voz. Ya decidirá el electorado en los análisis posteriores cómo aprecia el desempeño de cada candidato.
Los debates tampoco son un examen de conocimientos, sino una oportunidad para que los candidatos muestren sus cualidades personales y su estructura de pensamiento. Por ello, me atrevo a decir que los debates mexicanos se parecen más a un “casting” que a una prueba exhaustiva. ¿Quién representará mejor el papel de presidente o presidenta de la república, y de gobernador de Morelos?
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