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XV años

En el lejano año de 1977, un servidor ingresó a la Asociación de Árbitros Profesionales dependiente de la FEMEXFUT. A los 21 años recién cumplidos era el silbante más joven y compartía el aula, el vestuario y la cancha con compañeros que, en algunos casos, me doblaban sobradamente la edad.
Con muchos de ellos concreté una buena amistad y no pocos me invitaron a ser su compadre. Yo aceptaba de buen grado, con la irresponsabilidad que emana de la juventud y de esa manera, me llené de ahijados a los que nunca he vuelto a ver y que seguramente pensarán que soy “hojaldra”.
El caso es que uno de mis compadres, el cual es francamente impresentable, me invitó a la fiesta de XV años de su hija. El ágape se desarrollaría allá por el rumbo de Neza y bueno, trajeado, rasurado, peinado, calzón limpio y barro exprimido, me lancé en mi “vochito” por esos caminos de Dios.
Pocas veces he visto una multitud tan variopinta como la de esa ocasión. El surrealismo en todo su esplendor. Bellas damiselas en la flor de la edad, ataviadas con vestidos que parecían pasteles. Jóvenes enfundados en trajes de cadetes, alquilados para la ocasión y que sudaban como tapa de olla a la hora de ejecutar los complicados pasos de baile. El padrino y su traje negro, brilloso de tantas puestas, que a la menor provocación, hacía uso, (y abuso), de la palabra; en fin, una verdadera joya.
Al preguntar a la esposa del anfitrión donde podía tomar algo de beber, me contestó solícita: “Como no, joven, las cervezas están en el lavadero”.
Evoco esa maravillosa tradición que tiene por objeto, ya sea en una fiesta naca o muy pirrúrris, presentar en sociedad a la niña que se va haciendo mujer y para recordar, en el ámbito futbolístico, que el popular cuadro de Cruz Azul está por celebrar el aniversario quince sin ser campeón.
En todos estos años, la “Máquina” ha sido un protagonista importante del torneo, siendo un invitado frecuente a la Liguilla y participando en finales; pero se ha quedado a un pasito del título.
Para esta edición de la “Fiesta grande” enfrentará, coincidentalmente, al último cuadro al que venció en una gran final: Los “Esmeraldas” del León, y hace renacer la esperanza en sus seguidores que se cuentan por legión.
Precisamente en esa final, tuve el privilegio de fungir como árbitro central y fue un partido inolvidable.
Recuerdo el bello inmueble leonés tapizado de verde, el juego empatado en tiempo reglamentario, al alargue para definir al ganador, el penal cometido por David Ángel Comizzo, el rostro ensangrentado de Carlos Hermosillo al patear el penal que les daría la corona, en la modalidad de “gol de oro”; en fin, todo un espectáculo.
Me gustaría que, así como la hija de mi compadre, Cruz Azul tuviera este año una hermosa fiesta de cumpleaños.
 
apbcarter_1@hotmail.com


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