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Se ahorca por una traición

El “Sabás” era un tipo que había llegado al penal de Atlacholoaya por  robo, y según las leyes, no tardaría mucho en salir libre, pero le tocó ingresar cuando había “autogobierno” en la cárcel y así le fue, -nos cuenta “El valedor”, reo liberado de ese Cereso hace unos años.
Cuando llegó le dieron la “bienvenida”: patadas por todo el cuerpo, puñetazos en el estómago, espalda y pecho; nada de golpes en la cara, para que los golpeadores no tuvieran problemas con los custodios.
“Sabás” apenas podía estar en pie por la golpiza, pero alcanzó a ver cómo le dieron la misma “bienvenida” a otro. Cuando los custodios les preguntaron qué les había pasado, “El Sabás” dijo que todo estaba bien, pero el segundo se “ponchó” y dijo que lo habían golpeado, ¡no lo hubiera hecho!, por la tarde le fueron a visitar los acusados y le molieron las manos a golpes, “por chismoso”.
A la mañana siguiente fueron por el “Sabás” y se lo llevaron a la “talacha”, que son los quehaceres de todos los recién llegados. Le llevaron a las letrinas, y le dieron un cepillo de dientes.
-Órale, “Sabás”, los vas a tallar bonito hasta que queden limpiecitos y relucientes, ¿eh, buey?, le ordenaron al ponerlo hincado a la base de los excusados de un color ocre por el abundante sarro, parecía que nunca los habían lavado.
Le ordenaron apurarse con una patada en el vientre y el recién llegado obedeció a punto del vómito, los talló y talló sin ver ningún brillante resultado. Por la noche, los gobernantes de la cárcel llegaron hasta él.
-Mira, mi “Sabás”, si quieres que te liberemos de la talacha, le vas a entrar con 10 mil pesitos al mes, y hasta vas a tener comida especial, nada del “perol” (el “perol” son las cacerolas en donde llevan la comida a todos los presos). Tú vienes por robo y seguro tienes el billetito guardado, así que ya sabes, o le formas o sigues en la talacha.
“Sabás” se comunicó con su esposa para ver si le podía llevar algo de dinero y tratar de llegar a un arreglo con los dueños de la cárcel. Sin embargo, su esposa le dijo que no, que ella nunca iría a verlo a la cárcel, que eso no era para ella, que prefería irse a vivir con un tipo que la seguía desde hacía unos meses.
Así lo hizo su señora, pero él no abdicó a sus ansias de excarcelación, le pidió a su abogada que vendiera su casa, así tendría el dinero suficiente para pagar su talacha, y que la licenciada pagara una fianza y reparación del daño para que él quedara en libertad.
La abogada recibió la documentación necesaria para vender la casa, pero pasaron las semanas y él no tenía noticia alguna de la venta de la casa. Preguntó y en el juzgado le informaron que la licenciada había abandonado el caso. No volvió a saber de ella. Devastado, sin esposa, sin dinero, sin casa, sin abogado defensor y sufriendo el ensañamiento de sus compañeros presos, un día buscó la soledad en su celda.
Se ahorcó con un cinturón y dejó una nota en donde pedía que no se culpara a nadie de su muerte, que amaba a su esposa a pesar de todo y le rogaba a la banda que por favor vengaran su muerte: “que le dieran piso” a esa  licenciada que le robó su casa y lo dejó desamparado.






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