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Pone “Gabo” fin a la “Crónica de una muerte anunciada”

México, 17 Abr (Notimex).- Con el deceso del escritor colombiano Gabriel García Márquez, ocurrido hoy, el llamado “Padre del realismo mágico” puso fin a la mayor de sus historias, la que condensa su faceta de agudo periodista, que hizo del relato su mejor herramienta; el laureado novelista que dejó entrañables personajes de y para el imaginario latinoamericano, pero también la del entrañable ser humano, con el don de hacer buenos amigos.

Gabriel García Márquez nació el 6 de marzo de 1927, en Aracataca, Colombia, una aldea perdida en el Caribe colombiano que, se ha dicho, “renace una y mil veces bajo el nombre de Macondo gracias a la extraordinaria capacidad fabuladora de su creador”.

Allí creció al lado de sus abuelos maternos, quienes influyeron en su futuro literario con sus historias, fábulas y leyendas, creando un mundo que lo formó y en el que acaso siempre vivió.

Su primer acercamiento a las letras lo tuvo al encontrar un libro viejo y maltrecho de “Las mil y una noches”, comenzando así una intensa y prolífica relación con la literatura, que pareció abandonar en 2004, cuando fue publicado el libro “Memorias de mis putas tristes”, y cuando él mismo decía ya no escribir porque al parecer ya no se concentraba lo suficiente.

Según sus biógrafos, sus primeros estudios los hizo en el Colegio Montessori de Aracataca, también fue interno del Colegio San José en Barranquilla y del Liceo Nacional de Zipaquirá, época en la que comenzó a escribir sonetos y poemas.

Luego estudió Derecho, pero la publicación de algunos de sus cuentos en diarios colombianos lo llevaron a decidirse por el periodismo primero y por la literatura después; actividades que le valieron grandes reconocimientos y una presencia universal en las letras de habla hispana.

Allá por el año de 1955, García Márquez fue corresponsal del diario “El espectador”; luego estaría en Ginebra, París, Roma, Checoslovaquia, Polonia, Rusia y Ucrania, al tiempo que escribía “El coronel no tiene quien le escriba”.

Cuentan que en París, Francia, tuvo que recoger botellas, revistas y periódicos para ganarse unos cuantos francos que le permitieran subsistir.

De acuerdo con una biografía publicada por la BBC, en ocasión de alguno de sus aniversarios, tras su paso por Europa, García Márquez radicó un tiempo en Caracas, Venezuela; se casó con su novia Mercedes Barcha y en Bogotá contribuyó en la formación de la agencia cubana Prensa Latina.

También se iría a vivir a Nueva York y finalmente a México, país que lo acogió como suyo y al que el “Gabo” adoptó como su segunda patria. Se dice que fue aquí donde escribió “Cien años de soledad” (1967), considerada su obra maestra, pasaporte al Nobel y a la universalidad.

Sobre su obra, el propio literato llegó a declarar que el parteaguas de su carrera fue la revista “Mito”, bajo la dirección de Jorge Gaitán Durán (1924-1962), en la que publicó un capítulo de “La hojarasca”, el “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” (1955) y “El coronel no tiene quien le escriba” (1961).

En esa época, desarrolló a la par trabajo periodístico y literario, entre el cual se cuentan una recopilación de artículos periodísticos: “Textos costeños” (1981) y “Entre cachacos” (1983), y reportajes novelados como “Relato de un náufrago” (1970) y “Noticia de un secuestro” (1996).

García Márquez también expresó su gusto por el cine, como guionista de varias películas, entre las más recordadas figuran, “El gallo de oro” (1963-64), basado en el cuento homónimo de Juan Rulfo (1918-1986), trabajo que realizó al lado de Carlos Fuentes (1928-2012), y gracias al cual entabló una estrecha amistad con el autor de “La región más transparente”.

La consagración como escritor de García Márquez se dio con la publicación de “Cien años de soledad”, una de las novelas más importantes de la literatura universal del siglo XX, la más leída y admirada de su colección.

Esta obra provocó, en palabras de Mario Vargas Llosa, “un terremoto literario en América Latina. La crítica reconoció en ella una obra maestra y el público refren¬dó este juicio agotando desde entonces, sistemáticamente, las reediciones, que, en algún momento, alcanzaron el ritmo asom¬broso de una por semana”, da cuenta un texto publicado en la página web “literatura.us”.

Para el escritor y crítico literario Gerald Martin, esta pieza “es un punto de referencia para casi todo el mundo; una novela sobre el desarrollo, sobre el cambio, sobre la conversión de las tecnologías rudimentarias”, cita el portal “nci.tv”.

En el prólogo de la biografía “Gabriel García Márquez, una vida”, Martin agrega que éste, no sólo es un libro mágico, sino que además plantea una transacción permanente entre un mundo tradicional y un mundo moderno, presente en la América Latina actual.

Por eso, para el periodista colombiano Santiago Gamboa, García Márquez “es un colombiano que, con su talento literario, convirtió un rincón del mundo en un territorio universal, que hoy le pertenece a todos los lectores del planeta, a los de hoy y a los que vendrán”.

A partir del lanzamiento de “Cien años de soledad”, Gabo, como es conocido por sus colegas, ejerció una gran influencia en la literatura de habla hispana; escritores como los colombianos Mario Mendoza, Jorge Franco y Juan Gabriel Vásquez reconocen que el trabajo del literato repercutió en su vocación, pues aprendieron de él a trabajar duro, con voluntad, dedicación y amor por la literatura, según ha publicado el portal “elcolombiano.com”.

“’Cien años de soledad’ es uno de los libros que me vienen a la mente cuando pienso por qué decidí dedicarme a escribir. Y eso no es poco”, ha dicho Gabriel Vásquez.

Para la década de 1970, García Márquez publicó diversas obras también celebradas, como el libro de cuentos “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” (1972) y la novela “El otoño del patriarca” (1975), que aborda el tema de la dictadura.

Posteriormente, se dieron a conocer “Crónica de una muerte anunciada” (1981), “El amor en los tiempos del cólera” (1985), la crónica política “La aventura de Miguel Littin” (1986) y “El general en su laberinto” (1989).

Con sus obras, el escritor grabó en la historia de la literatura y del ser humano imágenes imborrables, como señaló Óscar Pantoja, guionista de la novela gráfica “Gabo, memorias de una vida mágica”, para el sitio “tiempo.infonews.com”.

La calidad de sus libros y su memorable trayectoria le valieron reconocimientos como el Premio Nacional de Literatura en Colombia, en 1965; el Internacional de Novela “Rómulo Gallegos” (1972), y desde luego el Nobel de Literatura 1982.

Sobre este acontecimiento Juan Rulfo opinó que por primera vez en muchos años se había dado un premio de literatura justo.

Después de este galardón, García Márquez se posicionó como figura rectora de la cultura nacional, latinoamericana y mundial.

En 1994 crea la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que hoy preside Jaime Abello. Allí ofrece talleres de periodismo como en su momento ofreció los de cine en La Habana.

De él y su obra se ha escrito casi tanto como él publicó, uno de los libros más interesantes es “Gabo, Periodista”, una coedición del Conaculta, la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Fondo de Cultura Económica (FCE), que reúne lo mejor de su obra periodística, con un conjunto de textos que hablan de ella y de su influencia en el que siempre consideró “el mejor oficio del mundo”.

En él se da cuenta de que la pasión del “Gabo” siempre fue fiel a la actividad periodística que desde su trinchera literaria también ejerció.

“Soy un periodista, fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco. Pero esos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista”, declaró alguna vez para Radio Caracol.

Vale la pena quedarse además con la definición que de él hiciera la escritora Olga Behar, para quien el autor podía ser considerado “un patrimonio ético, literario y cultural de la humanidad, pero, sobre todo, un maestro para enseñar a cultivar las amistades”.

Ya lo decía el mexicano Carlos Fuentes, “una amistad como la suya, es para siempre”, tan imperecedera como la obra que ha legado.

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