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Morrow, embajador generoso

Casa Mañana. Imagen del hogar de los embajadores Morrow, tras décadas de abandono.

El embajador Dwight W. Morrow y su esposa, Elizabeth, se enamoraron de Cuernavaca en cuanto la visitaron por primera vez.

Nombrado embajador de EU. en México por el presidente Calvin Coolidge, en 1927, desde su llegada se caracterizó por “su afán de comprender la cultura y tradiciones mexicanas”. Es cierto, venía con todas las indicaciones de restaurar las maltrechas relaciones entre su país y el nuestro y trabajó arduamente para lograrlo. En su primera visita a Cuernavaca, les encantó la calle Arteaga, conocida como Tepetates, y decidieron vivir en un tramo de la misma porque, aseguraba el embajador, “es la única calle en México donde debe uno vivir”. Y en cuanto adquirió un predio en la parte poniente de la calle, le encomendó al maestro de obras Pancho Rebollo la construcción de su casa. Pensaba el embajador que estaría lista en un par de meses, pero viendo que la construcción se alargaba día a día, optó por preguntarle a don Pancho, cada semana, cuándo estaría lista, a lo que don Pancho le respondía: “Mañana, señor embajador, mañana”. Así que él y su esposa, Elizabeth, decidieron bautizarla como Casa Mañana. Aún se aprecia la placa “Casa Mañana, por Pancho, el arquitecto, 1928”, a la entrada de conocido restaurante del centro de Cuernavaca. Finalmente, la pudieron estrenar siete meses después de iniciada su construcción.
Fue la propia doña Elizabeth Morrow quien escribiera en sus memorias publicadas como ‘Casa Mañana’: “Nuestra calle en Cuernavaca comienza en una iglesia color de rosa y termina en una puesta de sol también color de rosa, sobre una montaña, al otro lado de la barranca que rodea la ciudad… Esta vista es nuestro tesoro, una joya engarzada al final de una larga hilera de casas pequeñas… Al dar vuelta desde la avenida Morelos, la principal avenida de la ciudad y entrar a una angosta calle empedrada llamada Arteaga, los ojos se van tras una línea continua de casas de adobe destartaladas que suben hasta la Iglesia de Tepetates, la cual cierra el camino. Durante el verano de 1928 pasamos un fin de semana con Sir Esmond Orey, el ministro británico en México, en su casa de Cuernavaca. Nunca olvidaré la primera vista de su pequeño patio, techado por una enorme bugambilia, una fuente de azulejos en el centro y enormes macetas de geranios dondequiera. Había un jardín más allá, con naranjos, donde una mariposa blanca del tamaño de un murciélago volaba sobre paredes cubiertas de plúmbago azul pálido”. Aquí termina la cita de la Sra. Elizabeth Morrow.
Lo que no dice la Sra. Morrow es que los frescos de Diego Rivera, pintados hoy en el Palacio de Cortés, fueron un regalo de su esposo, el embajador, a la ciudad de Cuernavaca. Costaron en aquel tiempo 30 mil pesos. También donó 5 mil pesos para la reconstrucción del Templo de Tepetates, y otra importante cantidad para el arreglo de los techos del Palacio de Cortés. El matrimonio Morrow se convirtió rápidamente en vecinos y benefactores de Cuernavaca, tanto que, en agosto de 1930, varios vecinos de la ciudad solicitan al H. Ayuntamiento y a la Legislatura que se nombre al embajador Morrow “Vecino Predilecto” de Cuernavaca y mandan troquelar una medalla que le fue impuesta como reconocimiento de la ciudad, por el gobernador constitucional que era mi padre, don Vicente Estrada Cajigal. A partir de los arreglos que gracias a Morrow se hicieron al Palacio de Cortés se convirtió ya en el Palacio de Gobierno. Poco antes, en mayo del mismo año, mi padre, que luego de una época política turbulenta toma posesión de un gobierno empobrecido (las arcas del estado contenían 37 pesos), agradece el apoyo de Mr. Morrow. Dicho sea de paso, el embajador llegó a México con la misión de limar asperezas en las relaciones de EU con México y su generosidad, simpatía y carisma hicieron el resto.
En 1930, el embajador decide regresar a EU para lanzar su candidatura como senador por Nueva Jersey pero, antes de dejar México, viene con su esposa a Cuernavaca para despedirse de sus vecinos con un cargamento de juguetes para repartir a niños vecinos y de escuelas. La donación que pretendía hacer el Embajador de su casa ya no se realizó porque falleció en Engelwood, NJ, el 5 de octubre de 1935. Poco después, llegó su esposa a pasar unos días a su casa de Cuernavaca, y el ayuntamiento decide poner el nombre de Morrow a la primera y segunda calle de Arteaga. En 1954, tras casi 20 años de ausencia, Elizabeth C. de Morrow regresa a Cuernavaca y, al visitar las pinturas de Diego Rivera en el Palacio de Cortés, donó 150 mil pesos más al Instituto de Bellas Artes para efectuar la restauración, que fue hecha por Sánchez Lemus, quien llegaba de Roma de estudiar restauración. Elizabeth C. de Morrow murió tiempo después en Estados Unidos. Termino este relato que en buena parte me refirió mi padre don Vicente Estrada Cajigal, y que escribió ella en sus memorias de puño y letra
“Al doblar la esquina, miré hacia atrás para ver por última vez nuestra calle de Cuernavaca. La hermosa iglesia estaba al fondo colgando sobre las pequeñas casas como una bendición, en primer plano, el grupo de niños contentos llenaba el empedrado de un arroyo a otro, cada uno con un juguete en la mano, saludando con la otra mano y gritando ‘Adiosito, embajador. Adiosito, embajadora’”.


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