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Morelos desconocido: Poetas que se van

•Poetas que se van
•Axochiapan: cultura ancestral

Mientras escribo estas líneas, aparece un mensaje que me envía mi amiga, la poeta Frida Varinia, y que a continuación les comparto: “Cuando muere un poeta, los demás mueren un poco también. Cuando muere un poeta en todos renace su palabra y su transparencia se hace grande, serena, universal. Somos la carne del verso, su autor la savia infinita que circula cada vez que se dice, cada vez que se habla suenan campanas en el desierto. Se consagra la palabra del poeta, somos ahora un poco autores por haber sido parte de la poesía. El poeta nos incorpora al mundo como sello de agua, sobre el papel de la vida diaria, marca de fuego en el tatuaje de las permanencias sagradas.
Y señala, el camino del regreso…”, acaba la cita. De José Emilio Pacheco, que falleció el pasado fin de semana, leí un pequeño verso de él en torno a una gota de agua que es una belleza y que, tontamente, en ese tiempo, lo dejé ir. Por favor, si alguno de ustedes identifica ese pequeño gran verso, envíenmelo por email, se los voy a agradecer. Aún recuerdo el espléndido homenaje que le hizo Alexis Cinta, hermano de Valeria e hijo de Víctor y de Chela, al narrar para DDM un encuentro juvenil con José Emilio Pacheco. Pasaron por el poeta a su casa de la colonia Condesa y, luego de mostrarles sus lugares favoritos de la Ciudad de México, fueron a cenar. La larga conversación que sostuvo Pacheco con esos dos jóvenes y brillantes universitarios dejó huella permanente en Alexis, uno de los dos. Imagínense le herencia que nos deja en sus libros a todos sus lectores. Y bueno, no puedo avanzar sin narrarles mi enorme encuentro con la cultura en Axochiapan, sí, en Axochiapan, llamada la Siberia morelense por su lejanía con la capital del estado. En este poblado de origen olmeca y tlahuica, ciertamente no hay un  museo y, si usted pasa veloz en su auto por el pueblo rumbo al estado de Puebla, tal vez ni siquiera voltee a mirarlos. Pues bien, ni se imagina siquiera toda la cultura que emana de sus tradiciones. Y es en sus festejos, los más importantes en San Pablo Axochiapan y Telixtac ,dedicado a María Magdalena, donde se entra en contacto con su historia. Supuestamente en el primer caso, los festejos son debido a la conversión al cristianismo del apóstol Pablo, fiestas que duran desde el 8 de enero hasta el 25 del mismo mes, que es el día principal. 17 días para festejar esa conversión como que a mí no me cuadraba. Les confieso que he ido a Axochiapan en varias ocasiones, antes, en giras oficiales, pero hace un par de años acudí de nuevo invitada por mi amiga Cecilia González Arenas, para visitar a sus dos grandes amigas allí, doña Emilia y su hija Carmen Ávila, propietarias de una bien surtida tienda de abarrotes y una agencia de viajes, ahora amigas mías también. Pasados los saludos y al escuchar distintas tonadas a lo lejos, nos apresuramos a caminar rumbo a la iglesia, avanzando por el tiangüis que ocupa las principales calles del centro, a falta de un buen mercado y sobre todo bien ubicado. Y lo que me encontré al entrar al atrio de la iglesia de San Pablo, fundada por Fray Juan de Alameda, en 1542, a nombre del emperador Carlos V,  el que decía orondo “en mi reino no se pone el sol”, fue algo que jamás olvidaré: cientos de ceras enormes, las más de un metro de altura, todas adornadas  primorosamente con miles de flores de cera también, prendidas en pleno día, dentro y fuera de la iglesia, de donde salen los distintos grupos ya bendecidos, portando sus propios diseños y ocupando sus sitios. En el amplio atrio, hasta siete u ocho grupos cada uno con su propia vestimenta y conjunto musical que les acompaña, danzan durante horas, concentrados en lo que están haciendo, sin perder su propio paso. Sus semblantes, orgullosos de ser contemplados por sus propias familias, vecinos del lugar y poblados cercanos, como Atlacahualoya o Marcelino Rodríguez, en bailables que practican todo el año. Noté pocos visitantes de lejos, creo que Ceci y yo éramos las únicas de Cuernavaca. Preguntando aquí y allá me respondían “Es que no hay difusión de nuestra feria, seño, que es, junto con la de Tepalcingo, el municipio vecino, las dos ferias más importantes de todo Morelos. Por favor, ponga en el periódico que sentimos que Axochiapan no existe para los de Cuernavaca y que nunca ha existido para el gobierno, que nos han abandonado a nuestra suerte. Dígalo, por favor”, me urgían. Allí vi la Danza del Zopilote, todos de negro con máscara de zopilote de largos picos, la del Vaqueritos con los disfrazados de vaqueros y de los animales que van a cazar, la de los Tecuanes, con sus inigualables máscaras de jaguar, la de los Viejitos y los Chinelos, entre otros, todos bailando supuestamente por la conversión de Pablo de Tarso, a quien su caballo tira cuando se le aparece una luz incandescente que representa a Dios reclamando que lo persiga. Esta imagen la portan por doquier en estandartes pintados por distintas manos que en sí, junto con los diferentes modelos de ceras, podrían conformar un pequeño museo local. En todo proceso de evangelización del siglo XVI fueron destruidos templos dedicados a distintas deidades y levantados en su lugar los que representan a la nueva religión; en Axochiapan no fue diferente. Incluso existen vestigios arqueológicos que podrían acrecentar el orgullo municipal si se exhibieran. Los vecinos conservadores aseguran que las fiestas sí son por la conversión, pero platicando con dos o tres capitanes de danzas aztecas, mencionan que la deidad ancestral de la región era Tláloc y a que él le danzan pues el mero día de los festejos, el 25 de enero, todo el día. Formidables grupos de danzantes prehispánicos, majestuosos portando unos penachos dignos de lucir, ocupan todo el atrio. Yo me pellizcaba de atestiguar, junto con mi amiga Ceci, ese sincretismo de la conquista evangélica y de cómo pervive la memoria por lo suyo, tan antiguo que se pierde en la noche del tiempo, que pasa de siglo en siglo hasta nuestros días y que, en pleno siglo XXI, sigue viva. Va esta modesta crónica, desde Axochiapan, vía Diario de Morelos, hasta Minnesota y San Paul, donde se encuentran miles de axochiapequenses que año tras año siguen con su festejo en aquella remota frontera con Canadá, a quien sabe cuántos grados bajo cero estén, pero con su corazón henchido por la añoranza y la nostalgia por su tierra. Ya nos contará nuestro querido amigo Raúl Sánchez, oriundo de Quebrantadero, el pueblo vecino al que no ha podido volver desde hace tiempo, pero que sigue presente en él su familia y su tierra. Todos ellos nos han sabido trasmitir su orgullo y el apego que miles de migrantes oriundos de este lugar sienten por el lugar que los vio nacer. Hasta el próximo miércoles.

Presidenta del Seminario de Cultura Corresponsalía Morelos 


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