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Morelos desconocido •El sádico último segundo •Los pulques de “La Rosita”

Hoy miércoles es un día crucial en la vida del morelense Édgar Tamayo Arias. Si cuando salga esta edición aún no ha sido conmutada su ejecución, su muerte, anunciada a él desde hace 20 años, tendrá en vilo a miles de paisanos de allá y de acá. Ejecución que hasta un segundo antes de ocurrir puede ser suspendida con una llamada telefónica, que sonaría dentro de la cámara donde recibiría la inyección letal, si así lo decide el gobernador de Texas. Aunque casi nunca suena el teléfono. En realidad, esa práctica sádica del último segundo agranda la crueldad del momento. ¿Por qué esperar y tener al condenado en la incertidumbre hasta el fin? Desde mi escritorio, donde me encuentro escribiendo esta columna que deberé enviar mañana martes antes del mediodía para que aparezca el miércoles, yo tampoco sé qué va a pasar con Tamayo Arias. Como decía acertadamente la cabeza de la nota a ocho columnas de DDM del lunes pasado: “Sólo un milagro puede salvar a Édgar”.
En esto estoy cuando nuevamente recibo otra llamada, desde Las Vegas, de Pablo Castro Zavala, informándome que el presidente municipal de Miacatlán, primo de Édgar, salió ya a Texas para acompañar a la familia, pues ayer martes, se llevaría a cabo una audiencia en una corte federal donde a la abogada de Édgar, Sandra Babckoc, se le daría la oportunidad de ser recibida y escuchada por un juez, también federal, en una corte en Houston. Como podrán ver, la defensa sigue trabajando a todo vapor, día y noche, a favor de Tamayo. Las cadenas de oración de todas las noches a las diez en punto, que en Miacatlán se hacían notar con el repique de todas las iglesias, continúan hasta el momento. Y con razón, porque un poderoso juez federal tiene el poder de ordenar al gobernador Rick Perry que suspenda la ejecución, lo cual será difícil, aunque no imposible. Qué duro que en la carta de despedida en tres cuartillas escrita por Édgar de puño y letra, dura, pero a la vez conmovedora por su preocupación acerca del pago de sus funerales, deje bien en claro que no quiere ninguna contribución económica de parte del Consulado de México en Houston, porque en realidad lo abandonaron estas dos décadas, como abandonados están los otros 51 mexicanos condenados a muerte sin la firme denuncia del titular de la SER, en la sede de Naciones Unidas, sobre las violaciones de las autoridades de Texas a acuerdos internacionales. Pero el apoyo que no tuvo consularmente, Édgar lo recibió en las miles de oraciones que ha sumado a su favor, en las incontables peticiones de perdón, en las movilizaciones en Miacatlán, Cuernavaca y en E.U. que se han efectuado, en las numerosas puertas tocadas, en el apoyo de todos los medios nacionales y estatales a su caso. Me decía Pablo que el presidente municipal de Miacatlán, primo de Édgar, salió ya a Houston para acompañar a la familia en estos últimos y dramáticos momentos. Pero hoy, martes por la mañana, me quedo con la esperanza del perdón y con las palabras que desde Las Vegas me dijo Castro Zavala, hombre de profunda fe y uno de los invitados de Édgar a presenciar la ejecución: “Lya, se está haciendo lo humanamente posible, si no se logra la suspensión de la ejecución, Dios salvará a Édgar de seguir en el infierno en el que ha vivido la mitad de su vida”. Mientras lo escuchaba conmovida, pensé: ‘Palabras con luz, amigo’. En fin, que la llama de la esperanza acompañe estos modestos renglones. Y a otro tema. El sábado pasado, apoyado por el grupo Identidad Morelos, el chef Ricardo Campos, inspirado en el más puro espíritu de Diego Rivera y Frida Kahlo, que sobre todo esta última amaba tanto la vida, organizó un importante evento  llamado “La Pulquería Cultural”, en el antiguo Hotel Moctezuma, en Matamoros y Degollado, donde se hospedaba el general Emiliano Zapata y lo usó de cuartel cuando llegaba a Cuernavaca, y en el que hoy día a día se afianza ese agradable espacio cultural, uno más, tan necesarios en Cuernavaca. Se repartieron pequeños vasitos con curados de varios sabores y tamalitos morelenses de flor de tzompantle (de colorín) y por el estilo. No tengo que decirles, queridos lectores, que fue un éxito la reunión. Y es que el fenómeno del maguey y el pulque, muy apreciado desde tiempos prehispánicos, por ser de origen milenario, ha sido muy enriquecido culturalmente a lo largo del tiempo. Las bebedurías, como llamaban antiguamente a las pulquerías, se transformaron, con el correr de los siglos, en centros de convivencia mencionados desde la Colonia por viajeros, como la marquesa Calderón de la Barca y el mismo barón Alejandro von Humboldt, que lo aprendí escuchando y leyendo la formidable tesis del historiador y escritor José Iturriaga de la Fuente, con la que el próximo miércoles obtendrá su flamante título de maestro en Historia, mientras avanza en su doctorado en el CIDHEM. Desde aquí, felicidades al amigo y notable hombre de letras. Sin lugar a dudas, una de las más famosas pulquerías, en pleno siglo XX, fue “La Rosita”, que se encontraba a sólo una cuadra de la casa donde Frida nació y murió. Aunque casada con Diego vivió en distintos lugares, siempre volvía a su casa de Coyoacán, una y otra vez, ahora llamada Casa Azul y convertida en el Museo de Frida Kahlo, quien, por cierto, fue una de las notables fundadoras del Seminario de Cultura Mexicana, en 1942. Su casa, ubicada en la calle Londres 147, actualmente es uno de los museos más visitados de la Ciudad de México; no se pierdan la visita, vale la pena. Y fue, precisamente, en la pulquería de uno de sus más cercanos amigos, que estaba a sólo una cuadra de distancia de su casa, donde Frida y Diego auspiciaron y apoyaron el que los llamados “Fridos”, alumnos de la pintora en la Escuela La Esmeralda, a los que invitaba a vivir y pintar la vida callejera, como la llamaba, fuera de las aulas académicas, realizaron murales internos y externos que hicieron notable el lugar. Bueno, con decirles que la inauguración congregó a la crema y nata de la intelectualidad de ese entonces, 1948, entre ellos a Salvador Novo, Dolores del Río y tantos más que eran habituales concurrentes. Pulquería que fue demolida en 1958, cuatro años después de la muerte de la Kahlo. Y para despedirme de hoy, les cuento que el domingo pasado tuve la grata sorpresa de una invitación a desayunar del siempre amigo y periodista, el guerrerense Simón Hipólito, que vino unos días a Cuernavaca, pues aquí vive su hijo Gonzalo. Notable migrante con vida de película, cuando joven lo acusaron de robar un banco para el Ejército del Pueblo de Lucio Cabañas y, ya preso, lo liberó el libro que escribió en prisión publicado en Europa y la intervención de Amnistía Internacional y de don Sergio Méndez Arceo. Al salir de la cárcel,  luego de un merecido descanso, lo contrató Uno más uno, como corresponsal. Simón, triste todavía por la muerte de su querida esposa Susana, ocurrida en San Francisco, donde buscó refugio al sentir que su vida y la de los suyos corría peligro, me platicaba, entre otros temas, que le llevaba flores al panteón dos veces por semana, porque los venados se las comían. Y en esa pequeña y netamente cuernavacense fondita del centro donde nos vimos, tuve una regresión a mi infancia. Una enfermera de mi abuela Sara, llamada Carmen, me llevó dos o tres veces de niña a desayunar a ese lugar en la esquina de Aragón y León con Matamoros. Y que voy viendo en la carta los huevos Miguelito, que eran los que yo pedía ¡¡¡uhhhhy!!!, hace ya tanto tiempo. Deliciosos. Al salir le pregunto a mi amigo: ‘¿A dónde vas ahorita? Y me contesta: “Al panteón”. ‘Ahora, ¿a qué muertos vas a visitar, Simón?’. “Tengo aquí enterrada a una hija y otros parientes”. Y con su sonrisa de viejo triste, pero que le ilumina toda la cara, se despidió de mí, prometiendo volver a nuestra ciudad. Qué profunda es la cultura de la muerte tan arraigada en el mexicano. Y hasta el próximo miércoles.     
 
Presidenta del Seminario de Cultura Mexicana
Corresponsalía Morelos


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