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Manos y ojos creativos

A Figueroa siempre le ha apasionado perpetuar im谩genes de los pueblos y sus partes m谩s antiguas.


Pero la vida de esta mujer no estaría llena sólo de este arte, sino también del de la fotografía: “Me la pasaba en las escuelas porque mi madre era la directora. Un día descubrí un cuarto oscuro que estaba abandonado, y me llamó tanto la atención que insistí mucho para que lo habilitaran, y se logró”.
Para Figueroa, ambas actividades son una sola, pues ha estado tan íntimamente ligada a ellas que le sería imposible separarlas. La artista, quien estudió para maestra de educación primaria en Guerrero, su estado natal, recuerda su acercamiento con el pincel y la cámara, herramientas que, con el paso del tiempo, se convirtieron en sus compañeras inseparables.

De la mano del arte
A los 12 años, la guerrerense, quien lleva más de 25 residiendo en Morelos, descubrió, por medio de un taller que tomó en la Ciudad de México, que con los pinceles podía “crear un mundo onírico”.
“Los colores, las texturas y las brochas estaban en mi cabeza. No las saqué de ahí hasta que me inscribí, a los 15 años, en un taller de artes plásticas en el Instituto Regional de Bellas Artes de Cuernavaca”, expresa.
Armando Kramsky fue su maestro de acuarela, pastel y óleo; y Alejo Jacobo, de dibujo de desnudos. Ambos artistas le dieron clases, durante nueve veranos. “Son recordados como catedráticos experimentados y dedicados que dejaron una huella en el ámbito cultural. De ellos aprendí todo lo que sé”, asegura.

La fotografía
Su madre, la maestra María de la Luz Zamilpa Leyva, fundó cerca de 10 escuelas Normales en Iguala, Guerrero. Fue en una de éstas donde Maricela descubrió el encanto de capturar imágenes. Y así, cuando ella descubrió el cuarto oscuro en una de las instituciones, inició su viaje en la foto: “Contratamos a Kodak para que nos diera un curso de fotografía y, una vez que terminó, inicié un taller en donde tuve a más de 100 alumnos. Tenía 16 años”.
Para la artista, capturar imágenes y revelarlas era delirante. La cautivó ver cómo aparecían siluetas en un papel; desde entonces, la cámara se convirtió en un “amigo único, capaz de perpetuar momentos que no se vuelven a repetir”.

Clic, clic, clic...
Su archivo incluye imágenes de pueblos que ya no existen; por ejemplo, El Balsas, adonde había una vía de tren que funcionaba como puente volado, y otro donde estaba el Puente de la Mano del Diablo; ambos, en Guerrero. “El primero ya no existe porque ahora funciona como presa, y el segundo fue incendiado, provocado por actos vandálicos”, explica.
Los pueblos negros de la Costa Chica de Guerrero son tema recurrente en su trabajo, pues su folclor, lenguaje y  baile la han atrapado.


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