Los domingos son días de fiesta en los reclusorios –relata Domingo, amigo interno-; los días de visita son también los martes, jueves y sábados, pero los domingos es cuando los visitantes aumentan en un 100 por ciento. Regularmente, los internos esperan a su visita en la reja que divide las oficinas y pasillos de entrada y el “comal”, que es la explanada general, principalmente de los reclusorios Norte y Oriente del D.F.
Un domingo de éstos, “El Tokes” —quien era un tipo fuerte, de carácter serio, de semblante irritable, pero en el fondo buena persona, era respetado en su dormitorio, y quien no lo conociera a fondo le temería a simple vista— recibió a su familia en la reja mencionada, su esposa y su madre llegaron cargando grandes bolsas con despensa, entre lo que se cuenta detergentes y jabones para baño, leche en polvo, desinfectantes y comida para degustar en la sala de visita y darle a quienes la necesiten, y de esos hay muchos en la cárcel, los que se autonombran “franceses”, porque no tienen visita y tienen que pedir y prestarse a “misiones” sucias para sobrevivir en prisión.
Ese medio día, llevó a su familia a la sala de visita, y tomó dos pesadas bolsas con despensa para llevarlas a su celda y regresar a comer con los suyos. Nunca falta el compañero que se ofrece a ayudar a cambio de unas monedas, pero tampoco faltan los 2 ó 3 tipos que se dedican a observar a la visita en la entrada; el tipo de vestimenta, los rasgos faciales y la cantidad de bolsas que cargan; su vista es tan aguzada que localizan ropa y lo más preciado y cotizado para vender en el penal: tenis de marca.
“El Tokes” aceptó la ayuda del joven que se ofreció y ambos llevaron la carga a la celda del primero, quien gustoso llevaba el peligro en una de las bolsas: un par de tenis “Jordan” con un costo aproximado de 1500 pesos. Todo parecía normal e ingresaron al dormitorio pasando la aduana de la caseta, pagando la “lista” de 10 pesos para que de esa manera no tuviera que regresar a la 1 ó 2 de la tarde a pagarla, so pena de recibir un fuerte castigo.
A esa hora los pasillos de las zonas lucen casi desiertos, porque todos los internos conviven con su visita o están en la reja de entrada, muchos aunque no tengan visita, se van a “taquear”, esto es, excitarse al ver a las damas que llegan a visitar a sus familiares.
El terreno era propicio para la tropelía. De momento aparecieron tras “El Tokes” tres tipos y le pusieron una cobija en la cabeza, pero él era hábil y fuerte, fácilmente se deshizo de la cobija y buscó reconocer a sus atacantes, pero en un descuido visual uno de ellos tiró un navajazo que le atizó en pleno vientre e hizo caer inerme el impetuoso y fortachón tipo. Para rematarlo, el asaltante armado le dio otros piquetes a la altura del fémur; el atracador sabía que por las heridas en esa zona, el cuerpo se vaciaría de sangre rápidamente.
“El Patas”, el joven que le ayudó a cargar las bolsas, se tiró en el charco de sangre simulando un desmayo y cuando llegaron los custodios le preguntaron por los culpables.
No supe, respondió “El Patas” fingiendo azoramiento, a mi me “chinearon” y me desmayaron.
La madre y esposa del “Tokes” no lo volvieron a ver vivo; inconsolables, no podían creer lo que les informaron. “El Patas”, por 20 pesos, me confesó todo, quiénes habían sido los asesinos y que por 50 él se había prestado al amaño, “y si quieres que sigamos viviendo, mejor haz de cuenta que no te conté nada, hazte el occiso”.
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