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Les dan su baño de gloria

Era viernes de Semana Santa por la tarde, casi a punto de oscurecer, relata nuestro viejo amigo “Domingo 7”, desde lo alto de mi dormitorio miré hacia otro contiguo que es el número 6, donde aposentan jóvenes de entre 19 y 25 años, de los llamados “corregendos”, es decir, internos que han estado encarcelados en centros de detención de menores o correccionales.
Un grupo de 6 u 8 internos cavaba con palos de escoba y otros enseres de limpieza en una zona verde de la explanada del mencionado dormitorio. Me detuve a ver durante largo rato, hasta que pareció haber sido terminada una fosa de 2 metros cuadrados por unos 50 centímetros de hondo.
Me pregunté el motivo. No llegué a ninguna hipótesis. Con el proceder y actitud de estos chamacos, se puede esperar todo, desde lo más trágico hasta lo más inverosímil. Llegó la noche, y ahí quedó el socavón lleno de agua que acarrearon en cubetas de plástico de 20 litros.
Esa misma noche, “El Bacteria”, mi alumno del centro escolar, me confió sus inquietudes. El vivía en el dormitorio 6.
-No manches, profe, en mi celda éramos un chin… y parió la burra.
-¿Por qué? -pregunté sonriendo al escuchar la trillada frase.
-Pues porque éramos 40 y anoche mandaron a 10 más.
-No digas, las estancias son para 6 personas, ¿en dónde van a meter a 50?
-Pues en mi celda. Vente, vamos para que veas.
La “misión”, como dicen en prisión, fue fácil, pues el joven era ayudante del custodio y cargaba llaves de las zonas y estancias. Me condujo hasta la estancia 1 de la zona 3 y lo que vi fue increíble: seis jóvenes amarrados de las rejas (los “gárgolas”); otros sentados, formando un espiral de aproximadamente 25 personas; otros, en “la moto”, que es una pequeña barda de un metro con 20 centímetros de alto por 25 de ancho, te debes subir y simular que manejas una moto hasta quedar dormido. Y en los camarotes había hasta 4 internos. En efecto, sí era la cantidad de internos que me había confiado “El Bacteria”, y los recién llegados a ese dormitorio serían las víctimas ya designadas por los más antiguos para el “aquelarre” programado.
Al día siguiente, antes de las 8 de la mañana, era un alboroto en todo el penal. Varios internos escondidos en el ‘6’ sorprendían a sus compañeros, los sujetaban de brazos y pies y los lanzaban al hoyo construido un día atrás, que ya estaba convertido en un charco de lodo. Quien oponía resistencia o reclamaba, bastaba que le indicaran con una seña hacia donde se encontraba otro compañero que mostraba una filosa punta de acero. Me di cuenta que allí la gloria empieza a las 7 de la mañana y la fiesta a las 9, porque, ya enlodados, mojados y  algunos golpeados por resistirse al baño de gloria, corrían por todo el pasillo donde se instalaban vendedores y los despojaban absolutamente de sus mercancías.
Mirando de lejos, por temor al asalto, me encontré con un amigo, a quien yo le aseguraba que un buen trato a los delincuentes en prisión redundaría en una mínima reincidencia de los mismos. El ingeniero me preguntó: “¿Así quieres que se les trate bien a estas bestias?, y agregó: como decía un prólogo del libro de Aldous Huxley, “Un Mundo Feliz”, a estos imberbes hay que inyectarles droga desde pequeños para tenerlos quietos.”


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