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Las damas vs. las ratas

Los días martes, la afluencia de visitantes en los reclusorios norte y oriente del Distrito Federal es vasta; los internos y visitantes la llaman “martes tepiteño”, porque, en su mayoría, la visita a los reclusos es del barrio bravo de Tepito, y en este día los comerciantes descansan, previo acuerdo con las autoridades de la ciudad capital.
Uno de estos martes, relata el “Jordan”, amigo interno que da clases de historia en el “Reno” (dicen los más temibles que aquí es “Reno Aventura, donde la diversión nunca termina”), yo estaba en el Centro de Observación y Clasificación (C.O.C.) y bajé temprano al patio para ganarme unos pesos  instalando tres “cabañas”, esto es: cobijas amarradas por las esquinas y sujetas al piso mediante cables de nylon para formar un cuarto: una cobija de techo, tres como paredes y una más como puerta.
Estas cabañas son la “zona hotelera” del reclusorio. Se paga a 100 pesos por día ó 50 por un rato, de una a tres horas. A las 10 de la mañana, yo ya había terminado y la visita ya ingresaba cargando sus bolsas con mandado, detergentes, comida y hasta escobas y trapeadores que nos exigen al llegar a cada sección del reclusorio.
Puedo jurarles que nunca me había reído tanto, pues me di cuenta que los rufianes, malandrines, hampones y homicidas no son tan malos, también tienen miedo. Y como lo he mencionado antes, en su corazón maldito existe un resquicio, aunque minúsculo, donde se alojan la bondad y los buenos sentimientos; que pocos lo enseñan, pero no así el miedo que lo afloran espontánea e involuntariamente.
Sucede que en el penal abundan las ratas, y cuando las familias ya habían instalado sus viandas, ya sea en una improvisada mesa o en el suelo, aparecieron dos ratas de tamaño descomunal, les aseguro que parecían conejos pequeños. ¡Y dio inicio una estampida!, gente corriendo hacia la puerta principal, muchos no se dieron cuenta, pero esto es el motivo de mi risa: la mayoría de los que buscaban escapar, ¡eran hombres!, las mujeres correteaban a las ratas con palos de escoba, zapatos de tacón y con lo que tuvieran a la mano. En la parte trasera del patio de C.O.C., existe una área donde hay plantas y hierba y hasta allá se fueron a refugiar los roedores huyendo de las fieras damas tepiteñas. Calmada la tempestad, vinieron los reclamos.
-¡Eres un pin… pu...!, decía una joven señora a su marido, quien lucía un rostro demacrado, fastidiado por viejas contusiones, cicatrices y algún tipo de droga que probablemente consumía.
-No, mi amor, lo que pasa es que fui a buscar algo para pegarles a esas ratas, ¡estaban muy grandes!
-Ajá..., respondió acremente la dama, ¡y mis ovarios son del tamaño de los aguacates!
No fue el único, otros compañeros internos también fueron insultados por sus respectivas esposas. Les digo: las ratas no son tan malas, y también tienen miedo.


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