La caja de frutas

En la periferia del mercado Adolfo López Mateos se estampan los pincelazos más coloridos de la ciudad. Los albores de abril y las primeras gotas de sol caen sobre el asfalto, mientras los vendedores acomodan sus mercancías.

De entre la multitud, se asoma la figura delgaducha y morena de Hugo. El niño recién ha terminado de acomodar, en forma de pirámide, la última pila de mangos.
—¿Ya puedo ir a jugar, mamá?
—¡No, Hugo, no!
El olor a trueque se respira en las banquetas. Cada bocanada de aire trae consigo una mezcla de olores indefinibles. Hay ocasiones en que el cielo se pinta de guayaba, las gargantas saborean la lluvia de los tamarindos y las bolsas se impregnan de cilantro y nopal. Hay otras, quizá las más, en que los desperdicios y las entrañas de los animales caen sobre los charcos.
—¿A qué hora? —insiste el pequeño.
—¡Hoy no, hijo!
Ante la negativa, Hugo aprovecha la primera distracción para abandonar la vigilancia del puesto de fruta. Corre a la bóveda principal del mercado. Cruza los locales donde se venden yerbas para el mal de ojo, veladoras que garantizan el éxito del negocio y aceites capaces de atraer a la persona amada.
Al llegar al pasillo de las verduras detiene su marcha y piensa en la mejor forma de decir “Hola”. Luego de ensayar tres veces, sale de los mariscos y las carnes para topar, al fin, con la cremería de don José Velázquez, el padre de Lupita.
—¿Jugamos?
—No puedo —responde Lupita—, no me deja mi papá.
Motivados por el ímpetu de las travesuras, los infantes cruzan la calle. Hugo se abre paso entre la clientela y llega al escondrijo donde se almacenan las cajas de cartón. Bajo la tabla que soporta los montoncitos de fruta se ha liberado una avenida imaginaria con suficiente espacio para diez autos.
—¡Súbete, Lupe, vamos a dar una vuelta!
Apenas se instala la nueva copiloto en el fondo de la caja, estalla el bramido de un motor de 300 caballos de fuerza que, sin rumbo fijo, despega con tiempo récord.
El cartón, en un principio barnizado al uso del café con leche, tarda un par de segundos en adquirir el fulgor del rojo metálico.
—¡Vámonos para Acapulco, Lupe! —grita el niño.
Fuera de órbita, Hugo pisa el acelerador a fondo y un rugido se escapa del convertible.
—¡Es un Mustang! —asegura  (orgulloso por haber memorizado el nombre impreso en una revista automotriz).
—No, Acapulco no me gusta, ¡mejor vamos por unas nieves!    
Influenciado por el sentido de la amabilidad inesperada, Hugo trata de sorprender a su amiga con el gesto de un caballero:
—¡Oye, Lupita, yo puedo ser tu chofer!
Encantada, la niña asiente dichosa: “A Tepoz, Huguito, por favor”. El chofer gira el volante y sonríe. Pero, apenas toma la autopista se dibuja, a lo lejos, una silueta familiar. Hugo la advierte y ruega al cielo por que no sea el padre de la niña. “Mejor que sea mi mamá”, suplica. No obstante la ola de pregones, sus sospechas se materializan en cuanto reconoce el bigote, las patillas y el mandil con el letrero: “Cremería Velázquez”.
—¡Ya es hora de bajarnos! — sentencia Hugo.
—Pero, ¿por qué? —
—Es que… ¡ya se acabó la gasolina!
Luego de estacionar la caja, Hugo siente el jalón en la camiseta y descubre que su amiga, copiloto y amor secreto al mismo tiempo, lo ha abandonado. Don José la lleva bien prendida del cabello. Hugo sale del vehículo con el suficiente coraje como para defenderla. El superhéroe está decidido. Sin embargo, apenas logra seis pasos, siente cómo la oreja izquierda acusa el intrépido pellizco de su madre, quien lo conduce, entre lamentos y forcejeos, al lugar de las ventas.
 Con la cara triste y un caminito de mugre en la mejilla, el guardián más pequeño de los puestos de fruta vuelve donde las pilas de mangos. Suelta algunos sollozos, limpia su nariz  y, por último, sonríe: Joel, el vecino, tiene una caja de jitomates. El sonido del motor arranca en el pecho de Hugo. La ferocidad del Mustang refulge junto al  nombre de Lupita.
 


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