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Historias carcelarias

Tijeras homosexuales

Desde que llegué a la cárcel tenía una dolencia en la espalda, relata “El Pillo”, nuestro informante, tal vez era por el frío, pues era diciembre y todos los internos tenían que salir de su celda y pasar lista en el patio de ingreso; los paraban en un lado y, al escuchar su nombre, pasaban al muro contrario. Se nos había advertido que aquél que bajara con “beyona” (cobija) a pasar su lista, se le decomisaría. Claro que lo hacían. Y por la noche, el interno ayudante del custodio pasaba a vender las cobijas acumuladas, que no eran pocas, a 10 pesos cada una.
Una vez, ya estaba en C.O.C. y tuve que ir al servicio médico (aquí le dicen el “servicio méndigo”) porque el dolor no me dejaba y me sentía mal. Esa tarde me recetaron unas ampolletas que me tenían que aplicar cada 24 horas. Bueno, pues, a la segunda inyección estaba esperando mi turno y un tipo maquillado y depilado de las cejas, pero feo hasta decir basta, se me acercó y con tijeras en mano me ofreció arreglarme el cabello. Le dije que no, pero el insistió y, casi a la fuerza, empezó a cortarme el pelo. Total que lo dejé, y en cinco minutos ya había terminado. Carajo, pensé, ese corte debe ser barato: le daré unos 10 pesos y me desharé de él. De hecho, es un terror salir de C.O.C. al área de población: es un secreto a voces que los de “pueblo” te asaltan en cuanto pones un pie fuera de tu dormitorio.
Pasé mi mano por la bolsa trasera del pantalón y mi cartera no estaba. De inmediato deduje que el peluquero homosexual, que ya se retiraba, la había sustraído. Lo alcancé, lo sujeté por el cuello, lo repegué a una malla metálica y le  abrí una bolsita de ixtle que cargaba en el antebrazo. Ahí estaba mi cartera con 100 pesos, algunas monedas de 10 pesos y tres tarjetas telefónicas de 30 pesos —dos no eran mías, pero ya eran botín de guerra.
¡Te las voy a hundir si no me regresas lo que me robaste, desgraciado!, me gritó  con un gesto en ese rostro tan horrible que sentí pavor, juro que nunca había estado en ese estado de pánico.
En la recepción del servicio médico estaba un custodio chaparrito, a quien le decían el “Choche”. Cuando lo vi, corrí hacia él con el homosexual tras de mí empuñando amenazante sus tijeras. Después me enteré que este sujeto ya había asesinado a dos internos y dejado a muchos malheridos.
Señor custodio, ese pin... pu... me asaltó, recuperé mi cartera, y ahora quiere que le regrese mis cosas. ¿Qué hacemos?
A mí no me metas, respondió el de negro, mejor dale lo que te pide, porque si no, te va dar sable.
¡Nomás que me pague el corte de pelo y que me regrese lo que me robó este maldito ratero!, se defendió el homosexual, y me tiró un piquete al estómago.
 Mi interior soltó una risita de impotencia y rabia: resultó que el ratero era yo, con un señor autoridad como testigo. Saqué mi cartera, le di 30 pesos que exigió por el corte y le di las tres tarjetas telefónicas con tal que me dejara en paz. Regresé a mi celda sin inyectarme, tal vez más tarde lo haría. Me recosté en mi camarote pensando en lo difícil que sería la vida cuando me pasaran a “población”. ¿Qué tal si me vuelvo a encontrar al homosexual?


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