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Fallece la última hija de Emiliano

Cuernavaca, MORELOS.- Ayer, a las 2 de la tarde fue incinerada en la ciudad de Cuernavaca, despedida por su familia, -tuvo 14 hijos-, vecinos y amigos, doña Carlota Zapata, la última hija del General Emiliano Zapata Salazar.
Desde la entrada, en el pizarrón blanco donde aparecen los ocupantes de las distintas salas, de inmediato destaca el nombre CARLOTA ZAPATA  con grandes letras. Subo la escalera, ya con mi grabadora en mano. En cuanto me ve, el doctor Ganem me introduce con la señora Verónica  Martínez Zapata, que está de luto riguroso al igual que su hija Rachel y otros familiares.

 


Y al saber que tenemos los minutos contados, le pregunto a Verónica.
-¡Cuénteme!, ¿Cómo era su señora madre?
“Carlota, mi madre, era muy determinante, creemos que en eso se parecía mucho a su papá porque en cuanto se le abría la oportunidad de recibir alguna pensión del gobierno, ella tajante respondía a pesar de que éramos muchos de familia: ‘Cómo aceptar limosnas del mismo gobierno que mató a mi padre y me privó de la felicidad de tratarlo’. Y nunca aceptó ningún encuentro y a pesar de que fuimos 14 hermanos, mi padre, panadero de profesión y gran admirador de su… podríamos llamarlo suegro, nos sacó a todos adelante con su panadería llamada ‘El Faro’ que la instaló en varias direcciones, donde podía. Por eso todos mis hermanos que le ayudaban, aunque tienen sus carreras, de corazón, todos somos panaderos. Y déjeme decirle, que si hubo una persona que admiró a mi abuelo Zapata, ese fue mi padre, aunque panadero desde ese entonces, pero zapatista de corazón”.
A pesar de las prisas, Verónica, accedió a platicar acerca de su madre y lo que recuerda de su abuela, doña Agapita Sánchez, la mujer que a los 16 años le robó el corazón al General Zapata con el que tuvo tres hijos, Carlota, Elvira y Gerardo, los dos menores fallecidos con anterioridad.
“Mi madre nació en 1913 en el poblado de Huitzilac, cerca de un lugar que conocían como El Mesón”.
“A la pregunta que le hago a Verónica Zapata acerca de cómo era Agapita Sánchez, su madre cuando joven, interviene su bisnieta Rachel Ulloa, hija de Verónica y responde: ‘Era alta, delgada, de piel morena y un pelo largo muy negro, precioso que se peinaba con una gruesa trenza. Y bueno, como dicen que mi abuelo era muy enamoradizo no fue difícil que sucumbiera a los encantos de mi abuelita que además tenía un carácter precioso y sabía cocinar muy bien. Desde entonces todas las mujeres de la familia somos excelentes cocineras, se lo heredamos a nuestra querida Agapita”.
Sigue doña Verónica hablando: “La infancia de mi madre transcurrió en plena revolución en un medio precario. Mi abuela Agapita, conoció al general en la pequeña fonda en una hacienda que había cerca del pueblo que era donde en ocasiones comían los zapatistas. Ella ayudaba a su madre a cocinar y a servir. Y de su padre, el general, sólo recordaba que cuando visitaba a su madre y a sus pequeños hijos, el ruido de varios caballos anunciaba su llegada. Mi abuela, salía corriendo a su encuentro, feliz de verlo y Carlota, mi madre que era la mayor de sus hijitos, detrás de ella. Tenía poco más de cinco años cuando mataron a su padre en Chinameca en 1919. Y desde ese entonces sintió que el gobierno le había arrebatado la oportunidad de ser feliz.
“Reservada, tímida y excelente cocinera, doña Carlota que tenía los ojos del general, vivió pobremente de un lado al otro con Agapita su madre y sus pequeños hermanos. Siempre se escondieron, durante y al término de la contienda armada. Subían a un tren, bajaban en la siguiente estación, realmente fueron tiempos muy duros que les tocó a mi abuela y a mi madre vivir. Nosotros, los nietos de doña Agapita, aún no nacíamos. Pero ellas siempre andaban con el temor que al saber que era una mujer con hijos de Zapata, los mataran también. Sufría mucho mi abuela, así su belleza se fue transformando en una nueva madurez pero eso sí, nunca se repuso por su pérdida ni mi mamá Carlota tampoco”.


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