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Emiliano Zapata Salazar

Del estudio fotográfico al libro de arte
Hace tiempo que comencé un viaje por el imaginario colectivo, el mismo me ha llevado de los libros de arte a las plazas públicas del país, de los museos a los talleres de artista, de los muros grafiteados a las bibliotecas, de los murales a los puestos de suvenires, y de su casa natal, hoy Museo de Sitio en Anenecuilco, al ciberespacio. El viaje ha sido un tanto enloquecedor, pero ayudada por ciertas teorías y lecturas he podido ir armando un plan de vuelo coherente.
Mi punto de llegada es la imagen de quien ha sido considerado el máximo héroe de la Revolución Mexicana: Emiliano Zapata Salazar. En cuanto me lo encuentro, ahí me estaciono y trato de entender las diferencias entre las diversas propuestas artísticas e icónicas. A mí, como a muchos de sus seguidores, me sorprenden algunas cualidades de su imagen, debe de haber algo más allá -me digo-, algo que lo haga vestirse de diversas maneras, a gusto de quien se apropia del moreno rostro o de la figura a caballo vestida de charro.
Las fotografías más importantes de Zapata fueron capturadas en estudios profesionales. En ellas posa ante la cámara, consciente de algo que lo yergue y lo hace mirarnos desafiante. ¿Tendría idea en aquellos momentos del papel que desempeñaría como líder social? Dichas fotografías han sido difundidas hasta la saciedad, en ellas se ha basado la mayoría de los artistas que lo tomaron como motivo pictórico, sin embargo su identidad es un tanto elusiva.
El primero en repetir la famosa fotografía atribuida a Hugo Brehme, en la que Zapata posa vestido de charro con fusil y sable, fue José Guadalupe Posada, el padre del arte moderno y nacionalista. Pero cosa curiosa, siendo hombre del pueblo, Posada, lo retrató con cierta mala fe. Lo difundió en una hoja volante en la que se imprimió un texto que hablaba sobre las tropelías cometidas por los zapatistas. Y es que de “roba vacas” y “asalta haciendas” no bajaban a los zapatistas en los medios impresos de la época.
Las caricaturas de la época no abundan, pero alcanzan a dar cuenta de cómo interpretaba la gente la amenaza de los comunicados de estos campesinos e ideólogos, que anunciaban que se harían justicia por mano propia si no se les tomaba en cuenta dentro del plan que se construía para el país que resurgía más vivo que nunca.
¡Quién los viera, en diciembre de 1914 en el Sanborn’s de (hoy calle) Madero tomando café en la barra o pidiendo un taco en las casas cerradas a piedra y lodo por su entrada en la ciudad.
El contraste entre estas fotografías de los zapatistas en la cafetería, las crónicas que narran su doloroso paso por la ciudad y las películas y fotografías del movimiento armado es tan particular, que no podemos más que pensar en la imperiosa necesidad de recurrir a la imagen, cuando de interpretar la historia se trata.
Pincelados y pixeleados
Iniciada la década de los 20, en el contexto de la Escuela Mexicana de Pintura, los muralistas se encargaron de interpretar las imágenes fotográficas publicadas en los diarios o revistas de época según sus intenciones particulares. Ya fuera con la idea de darnos una lección de la gloriosa historia del país, ya fuera para exaltar nuestras raíces indígenas y en la mayoría de los casos para animar al pueblo a sentirse parte de una comunidad unida llamada Patria, los pintores se encargaron de retratar a Zapata vivo, en acciones de guerra, enarbolando el Plan de Ayala y hasta muerto.
Llama la atención, en este último caso, el fresco ejecutado en Chapingo por Diego Rivera, porque lo retrató enterrado a la manera prehispánica, bajo una parcela de maíz floreciente: por él la tierra es madre y sustento de nuevo en México, parece decirnos.
La composición recuerda además lo aprendido por Rivera en Europa, ya que se inspira en el trabajo de Piero della Francesca, del mismo modo que al pintarlo en Cuernavaca, en el Palacio de Cortés, se inspira en la bondad y perfección del indígena y las batallas de Paolo Uccelo.
En cambio, el cubismo picassiano será el ideal estilístico a seguir en el “Paisaje zapatista” de 1915, una pieza excelsa del mismo artista pintada en Europa, en la que el zapatismo es alegoría de un nuevo paisaje mexicano esplendente.
Arnold Belkin y Alberto Gironella hicieron del personaje muerto a traición en 1919 -porque ya para estas fechas Zapata era casi un súper héroe- un tema singular de la historia de la pintura mexicana. El primero, obedeciendo a las influencias de quien había sido su maestro, me refiero al David Alfaro Siqueiros muralista, representa a Zapata como una especie de potentísima máquina de la historia.
Pintados con pincel de aire, los Zapata de Belkin aparecen de carne y hueso literalmente hablando, al tiempo que también son geometría pura. La doble lectura nos hace entender a Zapata como hombre y como abstracción de la historia.
Gironella, por su parte, convierte a Zapata en motivo del arte pop, que le tocó a él reinterpretar en México por medio del collage al que fue afecto. Las etiquetas y las corcholatas, al igual que la pintura chorreada, no hacen más que hablar de un Zapata que se ha convertido en un ícono popular de la historia del país.
Las corcholatas se convierten en balas y la pintura roja en sangre en sus trabajos, mientras que la fotografía del Sub-Marcos es en la obra de Gironella a la vez que un homenaje al líder social del EZLN, el recuerdo de la importancia de la reforma agraria originada por Emiliano Zapata en nuestro país.

Del Panteón Nacionalista al espacio público y cibernético
Sin duda, el hecho de haber pedido a la oligarquía porfirista la devolución de las tierras a los campesinos y el haberse levantado en armas le garantizó a Zapata un lugar en la historia oficial.  Nace así el Zapata urbano de bronce y piedra, el que habiéndose criado en un ambiente rural, se convierte en símbolo nacionalista en muchas plazas y parques públicos del país.
Me atrevo a afirmar que no hay población mexicana que no cuente con una calle llamada Emiliano Zapata, y si nos seguimos por la vía de los nombramientos-homenaje, llegaremos al capítulo bares, restaurantes y hasta zapaterías  “Zapata” allende las fronteras.

Zapata símbolo,
Zapata re-loaded
Tratándose de un héroe de tal envergadura y dado que su rostro se repite en infinidad de obras artísticas y no artísticas, hay que irse con pies de plomo y sopesar algunas otras variables. ¿Qué tal su aspecto físico?
De su rostro se han destacado algunos rasgos que de tanto repetirse se han convertido en base de su iconografía, me refiero al bigote, la tez morena, los ojos pestañosos y cejudos. De su imagen de cuerpo completo, se han destacado en cambio el sombrero, las cananas y el traje de charro.
El lema “Tierra y libertad”, por su parte, que no fue lema zapatista pero que se ha difundido como tal, también se repite hasta la saciedad en el mundo real y en el ciberespacio. El anhelo de justicia nos mueve.  En el discurso político suena hueco y ya no se escucha, pero en el discurso popular cobra fuerzas y enciende de mil maneras el ánimo de la gente.
Tazas, playeras, chamarras, bolsos, plumas, libretas, estampas, cajas de diversos materiales y para diversos usos, así como las propias fotografías que se venden al por mayor en las calles y en los museos dedicados a su figura, dan cuenta del muy difundido y diverso culto del héroe revolucionario. El lema “Zapata vive y vive entre nosotros” no lo deja morir, y repetido en camisetas le confiere al quien lo porta una dignidad especial.
Baste decir que a veces sólo se repiten el mostacho o el sombrero y las cananas como símbolos del personaje histórico, para testimoniar la fe que se le tiene al morelense.


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