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Atzimba: Una interpretación dentro de otra interpretación

El viernes pasado, viendo la ópera desde el balcón 4 del Teatro Ocampo, no pude dejar de pensar en la noción de interpretación, porque nos tocó presenciar varias al mismo tiempo.
La primera, la más evidente, fue la de los actores y cantantes desempeñándose como profesionistas de bel canto, sabiendo que esa noche tenían que mostrarse como soldados españoles o indígenas tarascos, enfrentados entre sí por sus diferencias culturales (época de la Conquista) y el amor imposible, trágico, entre Atzimba (princesa tarasca) y Jorge (capitán español), que los convocaba. Para eso se aprendieron textos, marcaron movimientos escénicos y ensayaron frente al director de la orquesta, Enrique Barrios, las horas necesarias. Como todo les salió limpio, perfecto, los maestros Jesús Suaste (Compañía de Ópera de Morelos), Antonio Salinas (director escénico) y Christian Gohmer (coro), asesorados por el gran maestro Luis de Tavira, se sintieron complacidos. La palabra concierto tiene mucho sentido cuando pensamos en la cantidad de diversos esfuerzos que hay que compaginar.
Pero más allá de esta interpretación, no dejé de pensar en que todos los presentes en el Teatro Ocampo estábamos, asimismo, frente a un pastiche, y lo digo sin ánimo de demeritar el trabajo -más bien todo lo contrario-; lo digo porque lo que estábamos viendo era la interpretación, desde el siglo XIX, de la historia prehispánica.
Resulta que a Ricardo Castro, el autor, le tocó entender el mundo de la conquista española, del mestizaje, a través de la lente estética que estaba de moda en su momento (neoclásico) y por eso los personajes parecían más romanos que indígenas, no sólo en vestimenta (Estela Fagoaga, diseñadora), sino en cosmovisión y lenguaje. Indígenas y españoles, además, traducían el gusto del autor Ricardo Castro por las obras de Shakespeare.
Me queda claro que cuando uno va a la ópera debe centrarse en el protagonismo que implican las voces trabajadas para narrarnos una historia, pero las consideraciones estéticas provenientes de la historia del arte no dejan de estar presentes en los montajes escénicos y, cuando resultan tan complejos, como en este caso, más aprendizaje nos dejan.
Muy bien montada, Atzimba es una obra que va a seguir su gira por primera vez completa, porque no existía todo el segundo acto, obra actual del maestro Arturo Márquez (primero se vio en Durango).
Desde luego, hoy se me antoja preguntarle a él qué opina, como creador del siglo XXI, sobre esta interpretación de la historia del siglo XVI, que hizo desde el XIX Ricardo Castro. Parece un juego de cajas chinas. O de espejos (tal vez por eso el plafón de cristal sobre los actores). Lo es. FIN.


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