Y cómo son las cosas de Dios. Héctor Rodríguez juraba que nunca sería sacerdote. Sólo le interesaba la filosofía, y, como alumno externo, estudió la licenciatura en el Seminario Diocesano San José. En sus planes nunca estuvo servir a Dios; sin embargo, ahora está a un año y medio de concluir los estudios sacerdotales.
“Yo tenía una frase que repetía mucho en el Seminario cuando estudiaba filosofía: ´Ser sacerdote, ¡jamás!. Si acaso, jesuita´. Y cómo son las cosas de Dios, los jesuitas y un amigo me metió la espinita de estudiar el pre seminario. Sutilmente, hubo un soplo que me inquietó el corazón”, dice.
Él confiaba que nada pasaría. Al contrario, quería convencerse de que el seminario no era un lugar para él, y que el servicio al Señor no era lo que buscaba.
No obstante, luego de que terminó la licenciatura, pasaron cuatro años y medio y regresó a su segundo pre seminario.
Y fue entonces cuando tuvo que decidir si integrarse a una orden de sacerdotes jesuitas o de diocesanos. “Fueron varios meses de espera. Ya no dormía, busqué refugio con las hermanas y les pedí que oraran por mí. La presión era tanta, que acudí a un grupo de neuróticos anónimos”, recuerda.
Héctor tenía que decidir. Ya no había tiempo y eligió estar con los diocesanos, aun sin conocer si sería aceptado. La promesa de una vocación distinta a lo que conocía o había escuchado, fue el motivo que lo impulsó.
“Todos nos hablaron de un sacerdocio que se tenía que renovar, que tenía que ser puesto al servicio. Algo que yo no pensaba del sacerdocio diocesano. Yo tenía la concepción de que es un cuate que nada más busca su parroquia, su coche, da la misa y ya.”
Pero hoy, para el seminarista, la visión y realidad es otra. “Las claves para mí han sido los jesuitas, primero, por una incidencia social. Y esto que yo decía que no quería, resulta que Dios me puso aquí; mi objetivo era ser predicador, pero los caminos del Señor son misteriosos”.
Comentarios
Enviar un comentario nuevo